
Vivimos en un siglo más sutil; pero no parece que los argumentos básicos cambien jamás. La torpeza del índice craneano fue reemplazada por la complejidad de los tests de inteligencia. Los signos de criminalidad innata ya no se buscan en notorios estigmas anatómicos, sino en criterios propios del siglo XX: en los genes y en delicadas estructuras cerebrales.

A mediados de la década de 1960 empezaron a publicarse artículos donde se establecía una relación entre una anomalía cromosómica de los varones denominada XYY, y la conducta violenta y criminal. (Los varones normales reciben un solo cromosoma X de sus madres y un cromosoma Y de sus padres; las hembras normales reciben un solo cromosoma X de cada uno de sus padres. Puede suceder que un niño reciba dos cromosomas Y de su padre. Los varones XYY se parecen a los varones normales, pero su altura suele ser un poco superior a la media, su piel presenta ciertos defectos y, en promedio -aunque sobre esto no existe consenso-, tienden a obtener resultados algo inferiores en los tests de inteligencia.) Sobre la base de un reducido número de observaciones y relatos anecdóticos acerca de unos pocos individuos XYY, y de la elevada presencia de dicha clase de individuos en instituciones mentales concebidas para la reclusión de delincuentes con deficiencias mentales, se urdió una historia acerca de unos cromosomas que determinarían la conducta criminal. La historia saltó al dominio público cuando los abogados defensores de Richard Speck, asesino de ocho estudiantes de enfermería de Chicago, intentaron atenuar su condena afirmando que se trataba de un XYY. (En realidad, es un varón XY normal.) La revista Newsweek publicó un artículo titulado "Criminales congénitos", y la prensa difundió innumerables notas acerca de la última reencarnación de Lombroso y sus estigmas. Entretanto, la investigación académica recogió el tema, y hasta el momento se han escrito cientos de artículos sobre las consecuencias comportamentales de ser un XYY. Un grupo bienintencionado, pero, en mi opinión, ingenuo, de médicos bostonianos empezaron a desarrollar un vasto programa de selección entre niños recién nacidos. Esperaban poder probar la existencia, o inexistencia, de una vinculación entre el hecho de ser un XYY y el de comportarse en forma agresiva, basándose en una vigilancia del desarrollo de una amplia muestra de niños dotados de dicha constitución cromosómica. Pero, ¿la predicción misma no asegura su propio cumplimiento? Porque los padres estaban al corriente, y las precauciones experimentales más extremas son incapaces de hacer frente a los informes de la prensa y a las inferencias que los padres preocupados extraen del comportamiento agresivo que de vez en cuando todo niño manifiesta. Y qué decir de la angustia de los padres, sobre todo si la correlación entre ambos fenómenos resulta falsa, como todo parece indicar.

En la actualidad, ha quedado en evidencia el carácter mítico de la historia de la constitución cromosómica XYY como estigma de criminalidad (Borgaonkar and Shah, 1974; Pyeritz et. al., 1977). Estos dos estudios revelan los defectos metodológicos elementales de que adolecen la mayoría de los trabajos que afirman la existencia de una vinculación entre la constitución cromosómica XYY y la criminalidad. El número de varones XYY internados en instituciones mentales para delincuentes parece ser mayor que el normal, pero no hay pruebas seguras acerca de una eventual presencia elevada de los mismos en las cárceles comunes. Un máximo del 1% de los varones XYY norteamericanos pueden pasar parte de su vida en este tipo de instituciones mentales. Sumándole la cantidad de dichos individuos que pueden ser internados en cárceles comunes con la misma frecuencia que los varones XY normales, Chorover (1979) calcula que un 96% de los varones XYY llevan una vida ordinaria y nunca atraen la atención de las autoridades penales. ¡Vaya porción relativamente elevada de individuos XYY en instituciones mentales para delincuentes guarde relación alguna con la existencia de niveles elevados de agresividad innata.

Otros científicos han atribuido la conducta criminal al mal funcionamiento de áreas específicas del cerebro. Después de los grandes disturbios ocurridos en los ghettos negros durante el verano de 1967, tres médicos escribieron una carta al prestigioso Journal of the American Medical Association, en la que decían lo siguiente (citado en Chorover, 1979): Es importante advertir que sólo un pequeño número de entre los millones de habitantes de los barrios bajos participaron en los disturbios, y que sólo una fracción de los mismos cometieron actos incendiarios, lanzaron disparos y perpetraron asaltos. Ahora bien, si la única causa y factor desencadenante de los disturbios fuesen las condiciones de vida en esos barrios, ¿cómo la amplia mayoría de sus habitantes podría resistir entonces la tentación de la violencia desenfrenada? ¿Acaso hay algo en el violento que lo distingue de sus vecinos pacíficos?
