jueves, 3 de enero de 2019

Vikingas

 


 
En el siglo XIX, Islandia, Finlandia, Noruega y Dinamarca otorgaron a la mujer derecho al voto. La participación política femenina en esos lugares ha sido determinante. La razón la explica la historia.

La frase "A furare normannorum liberanos, Domine" (de la furia de los hombres del norte líbranos, Señor) recorrió toda la cristiandad. El saqueo del monasterio de Lindisfarne, en la costa oriental de la región inglesa de Northumbria, el 8 de junio del 793, marcó oficialmente el inicio de la era vikinga. Las crónicas escritas por los aterrorizados monjes de Lindisfarne y de otros monasterios dieron a los vikingos la imagen de temerarios guerreros, pero olvidaron escribir sobre las mujeres.

Las sagas les hicieron justicia. Son antiguas narracinoes cuya acción transcurre antes y después del año 1000, entre la época de la colonización de Islandia y la conversión al cristianismo. Consideradas como las primeras novelas europeas, influyeron decisivamente en la creación del género de novela histórica atribuido a Walter Scott, que fue un lector insaciable de sagas. Están escritas en prosa, conservando una forma muy cercana al estilo oral. Actualmente, la crítica literaria las coloca a la latura de la "Iliada" de Homero y las obras de Shakespeare. Aunque principalmente se basan en aventuras y empresas de hombres, las mujeres desempeñan un papel activo en algunos relatos y, en el fondo, suelen ser la causa de muchos conflictos. Se afirma que algunas de ellas fueron creadas por mujeres juglares, porque dibujan un panorama muy activo de sus heroínas.

En las sagas vikingas de Islandia aparecen mujeres de carácter fuerte y gran colorido. Broka Aubur, una de las legendarias heroínas, atacó hace diez siglos a su infiel esposo con una espada y desafió las tradiciones sociales usando pantalones. Otra mujer islandesa, Gudrid Porbjarnadottir, fue una de las dirigentes de la tercera expedición vikinga a América del Norte a principios del siglo XI y dio a luz al primer niño europeo en el Nuevo Continente.

Esta situación femenina que era comparativamente más elevada que en la Europea cristiana, se refleja en una mitología repleta de figuras poderosas y activas en todos los planos, incluido el bélico. Es el caso de las valkyrias, guerreras que montadas en caballos alados recogen las almas de los caídos en combate para llevarlos al Valhala. Con la expansión vikinga mejoró el status de la mujer. Como el hombre se ausentaba por periodos largos, ella se veía forzada a ser más independiente. Era valiente y fuerte, en señal de autoridad llevaban colgada de la falda las llaves de la casa. Tenía derecho a pedir divorcio y, casada o soltera, poseía tierras y riquezas propias.



La historia recoge las hazañas de aquellas que partieron a la conquista. William de Jumiege, en su "Gesta Noramannorum Ducum", menciona mujeres combatientes entre los que asolaron Francia. En 1900 se descubrió en Noruega una cripta femenina con armas y un caballo, como otras halladas en Inglaterra.  Freydis Eiriksdottir en su lucha contra los pieles rojas norteamericanos tomó la espada e hizo frente a los atacantes exhibiendo sus pechos desnudos y profiriendo tales alaridos que los puso en fuga. Como ésta hay muchas narraciones.

Cuando los maridos volvierona casa debido al cese de la expansión vikinga, la libertad fáctica de la que disfrutaban las mujeres se redujo. La difusión del cristianismo hizo otro tanto; sin embargo, hay que reconocer que ellas conquistaron el territorio que hoy ocupan las mujeres en las regiones nórdicas, cuando aprendieron a conducir su propia libertad.




Castro Obando, Patricia. Vikingas. El Comercio, suplemento Luces. 15.01.2000


jueves, 20 de diciembre de 2018

Las musas
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Impusieron horrendos castigos a aquellos que buscaron interferir o competir con ellas. Cuando los Piéridas trataron de ganarles en el canto a las musas, los convirtieron en urracas, patos y otros pájaros que graznan. Cuando las sirenas declararon cantar mejor, las musas las desplumaron y con las plumas se confeccionarion coronas. El juglar Tamiris fue cegado y enviado al Hades por haberse ufanado de cantar mejor que las musas. Y, un poco menos cruel, tuvieron la última palabra cuando Prometeo proclamó que fue él, y no ellas, quien creó las letras del alfabeto. Esto pudo haber sido tema de disputa si las musas no hubieran inventado todos los cuentos, incluido el de Prometeo.

Las musas no tenían un hogar permanente: bailaban en el monto Olimpo; el monte Helicón era también su guarida. Y no se sentaban o caminaban, volaban, ya que de tal manera viajaban usualmente las diosas. Cuando el rey Píreo de Daulis trató de violarlas, pereció cuando brincó el pináculo de una torre al tratar de seguir a las musas voladoras que se escapaban de él.


Scott, J.W. (2004). La historia del feminismo.

lunes, 30 de julio de 2018

Mujeres

Creciente y recurrente noticia de los últimos años han sido los feminicidios perpetrados en numerosos países dle mundo "desarrollado y subdesarrollado". Pero los ataques a las mujeres no solo han implicado la muerte física, sino también violaciones, asedios, misoginia, discriminación, etc., a tal punto que en Latinoamérica se han generado masivos movimientos de rechazo a estas agresiones bajo la consigna de "Ni una menos". Y en Norteamérica se ha desatado una serie de denuncias sobre agresiones sexuales a mujeres en el mundo de la política, de sectas cristianas y de Hollywood. En todos los casos son agresiones y asesinatos perpetrados por hombres en contra de mujeres. Y cuando se dan explicaciones a esta enfermiza tendencia siempre se habla del machismo y del patriarcalismo presentes en la cultura humana desde hace miles de años. Pero poco se habla de que en el mundo donde impera la propiedad privada, el varón considera que la mujer es de su propiedad, y de que a medida que avanza el conocimiento humano se va sabiendo que la mujer es más fuerte que el hombre en muchos aspectos, y que en el crucial aspecto sexual, tan manoseado por el negocio capitalista, la mujer tiene mayores posibilidades y capacidades que el varón. Además, la mujer es la única capaz de garantizar la legitimidad de la descendencia.
Quizá para nivelar todo este desbalance y asimetría que no le favorece y le genera inseguridad, el varón recurre a la violencia y a la instauración de una cultura que le da primacía y privilegios frente a la mujer. Aunque también es cierto que muchas mujeres que toman conciencia de las ventajas naturales que tienen, hacen gala de ellas ante sus parejas varones generando un clima de competencia y no de complementación, que puede incubar la violencia.
A continuación presentamos artículos y noticias que muestran a mujeres en diversos roles protagónicos que desdicen aquello de que constituyen el "sexo débil" y de menor nivel intelectual.


La nueva mujer de la Edad del Hielo

La Venus Negra de Dolní Vestonice, una pequeña y resquebrajada  figurita sensualmente moldeada en arcilla, es una emisaria de un mundo olvidado. Tiene curvas suaves, senos como almohadillas gigantes y la cara cubierta. Tallada hace 26.000 años, se encuentra entre los retratos de mujer más antiguos de la humanidad. Para generaciones de investigadores ha sido un poderoso símbolo de las costumbres sexuales de la Edad del Hielo (glaciaciones).

Los excavadores desenterraron a la Venus Negra de una ladera cercana a la población checa de Dolní Vestonice en 1924, junto a unos cuantos huesos rotos y chamuscados de mamut y herramientas de piedra. Pese a su nombre, la Venus Negra es, en realidad, rojiza. Debe este apelativo a la ceniza que la cubría al momento de ser hallada.




Desde mediados del siglo XIX, los expertos habían descubierto más de una docena de estatuillas similares en cavernas y yacimientos arqueológicos, desde Francia a Rusia. Todas estaban desnudas o semidesnudas, sepultadas en capas de tierra y rodeadas por armas de piedra y hueso, artesanías de marfil y restos de animales extintos de la Edad del Hielo. Se les llegó a conocer como las figulinas (estatuillas de arcilla u otra tierra cocidas) Venus, por su parecido a otra figura antigua de mujer desnuda: la Venus de Milo.

Orientados por los estereotipos sexuales predominantes, los expertos interpretaron  el significado de estas imágenes con bastante libertad. Los campamentos que produjeron este arte fueron dominio de cazadores muy activos y de aisladas mujeres que pasaban sus días ociosas como esclavas de esos harenes que eran tan populares en el arte del siglo XIX.

En los seis decenios siguientes, los arqueólogos checos ampliaron las excavaciones de Dolní Vestonice, e inspeccionaron con sumo cuidado el lugar metro a metro. A mediados de esas décadas desenterraron miles de artefactos de hueso, piedra y arcilla y determinaron 19 fechas radiocarbónicas del carbón de madera que cubría los pisos de las viviendas. Con ese material delinearon un perfil de la vida en la Edad de Hielo.

Hace entre 29.000 y 25.000 años, grupos nómadas pasaban los meses fríos del año en Dolní Vestonice. Armados con lanzas de corto alcance, los hombres parecían haber sido especialistas en la caza de encolmillados mamuts y otros poderosos animales salvajes, los cuales acumulaban grandes cantidades de carne para alimentar a sus mujeres y a sus hijos. En las noches se reunían para comer trozos asados de mamut, alimentaban sus fogatas con los huesos y nutrían sus fantasías sexuales con pequeñas figuritas de mujer talladas en marfil y arcilla.. Este era el mundo del hombre por antonomasia.




¿O tal vez no? En los últimos meses, un pequeño equipo de arqueólogos estadounidenses ha planteado serios cuestionamientos a esas conclusiones. Basándose en pruebas contundentes y previamente desestimadas de Dolní Vestonice y el vecino yacimiento arqueológico de Pavlov, Olga Soffer, James Adovasio y David Hyland exponen ahora que todos los residuos humanos que fueron encontrados allí tenían muy poco que ver con aquellos hombres dominantes que arrojaban lanzas contra enormes animales salvajes.

En cambio, observa Soffer, una de las principales autoridades en grupos de cazadores y recolectores de la Edad del Hielo y arqueóloga de la Universidad de Illinois en Champaign-Urbana, dependían de las mujeres, las plantas y una técnica de caza invisible: la red. "Esta no es la imagen que siempre he tenido de los individuos machos del Paleolítico Superior, que mataban de cerca y con gran destreza personal", explica. "La caza con red es una actividad comunal e involucra tanto a mujeres como a niños".

Muchas de estas implicaciones resultan incómodas para sus colegas conservadores, debido a que plantean serios interrogantes sobre lo que ha sido el punto de interés de estudios previos.

La mayoría de los estudiosos descartó por razones biológicas toda posibilidad de que las mujeres fueran cazadoras. Las mujeres adultas se dedicaban a amamantar y atender a los bebés. "Los bebés humanos siempre han sido inmaduros y dependientes", expresa Soffer. "Si las mujeres están involucradas en la reproducción biológica y la crianza de los hijos, entonces tienen que ver restringido su ámbito de acción. Su misión es asegurar el porvenir del niño. Sin embargo, para los padres, esa actividad es opcional".

Para probar las teorías sobre la vida en el Paleolítico Superior, los expertos utilizaron la etnografía, que es la descripción científica de los grupos culturales modernos e históricos. Aun cuando la vida de los cazadores modernos no es una réplica exacta de la de los antiguos, proporcionan referencias valiosas para una conducta humana universal.


"No se debe utilizar la etnografía para copiar el pasado", señala Soffer. "Las personas han tenido que resolver los problemas que las agobian, pues las relaciones naturales y sociales les presentan dificultades. Aplicamos la etnografía para plantear algunas hipótesis sobre la conducta humana, para probarlas y, si funcionan, suponer que representan una característica universal de la conducta humana".

Cuando los científicos empezaron a utilizar las descripciones etnográficas de sociedades de caza depositaron su confianza en estudios que estaban incompletos. Al dar por hecho que las mujeres en sociedades de supervivencia eran sólo seres que atizaban los fogones y amamantaban a los hijos, la mayoría de los antropólogos del hombre primitivo dedicó su tiempo a buscar información sobre los machos. Sus publicaciones están llenas de descripciones de hombres que fabrican lanzas y arpones para arrojarlos contra renos, morsas y ballenas. Rara vez mencionan las actividades de las mujeres. La etnografía parecía así respaldar las teorías de cazadores machos de grandes especies salvajes. "Cuando hablaban del hombre primitivo, era de 'él'. El factor 'ella' no existía", comenta Soffer.

Estudios recientes antropológicos revelan cuánto habían soslayado los colegas de Soffer. Al observar a las mujeres en las pocas sociedades cazadoras y recolectoras y al rebuscar las versiones históricas de grupos tribales, los antropólogos se percataron de lo importante que fue la mitad femenina de la población para la supervivencia. Mujeres y niños tendían celadas, tensaban trampas, avistaban a los animales y participaban en su arreo y rodeo, todas ellas formas de caza que no ponían en riesgo a las madres ni a sus hijos. Ellas buscaban raíces feculentas y recolectaban otros carbohidratos vegetales esenciales para la supervivencia. Incluso cazaban, en ocasiones, con los instrumentos afilados y arrojadizos que se consideraban típicos del hombre. "Descubrí referencias de mujeres inuit (es el nombre con que los esquimales se designan a sí mismos) que llevaban arcos y flechas, especialmente las flechas mochas usadas para cazar aves", manifiesta Linda Owen, arqueóloga de la Universidad de Tubingen, en Alemania.

Las revelaciones dieron lugar a una oleada de nuevos estudios. En América del Norte, Soffer y su equipo hallaron muestras de aperos de caza preferidos por las mujeres de las sociedades históricas. En Europa, los arqueobotánicos analizan los fogones del Paleolítico Superior en busca de evidencia de restos de plantas recogidas por mujeres y niños, mientras que los especialistas trabajan con herramientas de piedra para detectar indicios de sus usos. Los resultados están remoldeando el modo en que entendemos la sociedad de la Edad del Hielo.

Las famosas figulinas de las Venus, según los arqueólogos de la nueva escuela, nunca fueron juguetes pornográficos masculinos. En su lugar, formaron parte clave de rituales que tenían como centro a la mujer. Este tipo de descubrimiento, que apunta hacia un papel más significativo de la mujer de los tiempos paleolíticos de lo que se pensaba hasta ahora, ha despertado serías dudas entre los investigadores.




Como algunos de sus colegas, Soffer está entusiasmada con el cuadro emergente de la vida del Paleolítico Superior. "La vida entonces era más igualitaria de lo que fue en las sociedades campesinas posteriores", declara. "Por supuesto, las mujeres del Paleolítico tenían que ganarse el sustento de alguna manera".

Después de explorar todas las características de la Edad del Hielo durante casi dos décadas, Soffer presenta -abrumando a sus colegas varones- un nuevo enfoque sobre la idea del poderoso cazador de mamuts. "Pocos arqueólogos son cazadores", manifiesta, de manera que nunca se les ocurrió echar una mirada a los pormenores de cazar peligrosos animales de grandes colmillos. Sencillamente, aceptaron las ideas que heredaron del pasado.

Pero los detalles de la caza inquietó a Soffer. Antes del siglo V a.C. ninguna tribu de cazadores de Asia o África se arriesgó a buscar el sustento matando elefantes. Las enormes bestias constituían una amenaza demasiado grande para ello. Con el advenimiento de la Edad del Hierro en África, la situación registró un cambio. Las nuevas armas permitieron a los africanos cazar elefantes y comercializar marfil con los griegos y los romanos. Hace una década, deseosa de entender cómo los grupos prehistóricos cazaban mamuts, Soffer comenzó a estudiar los depósitos arqueológicos del Paleolítico Superior en las planicies de Rusia y Europa Oriental.

Para su sorpresa, los famosos lechos de huesos de mamut estaban repletos de grandes partes del cuerpo, como cráneos de 150 kilos, que fueron abandonadas por cazadores sensatos. Más aún, los huesos presentaban diversos grados de conservación, como si hubieran estado allí durante distintos periodos. Sin embargo, para Soffer, esto resultaba sospechoso, ya que parecía indicar que los cazadores del Paleolítico Superior acamparon cerca de lugares donde los paquidermos perecieron de forma natural -como lamederos de sal- y rapiñando los huesos en busca de materia prima.

Soffer analizó la información sobre promedios de sexo y edad de los mamuts encontrados en los yacimientos arqueológicos del Paleolítico Superior. Descubrió animales jóvenes, un pequeño número de hembras adultas y alguno que otro macho adulto. La distribución era similar al patrón de muertes que otros investigadores observaron en abrevaderos africanos, donde los animales más débiles perecieron en lugares próximos al agua y los más fuertes en sitios más distantes.

"Imaginemos la peor época del año en África, que es la de la sequía", explica Soffer. "No hay agua y los elefantes la necesitan en grandes cantidades. Los animales más débiles, los enfermos y las crías van a tener dificultad para llegar a esa fuente de agua antes de morir. Su estando es tan precario que no tienen energía para ir a ningún lado. Los que tenían mejores condiciones de salud recorrían una distancia corta y terminaban cayendo. La muerte era sólo cuestión de tiempo".

Para Soffer, las implicaciones de este estudio eran claras. Los grupos del Paleolítico Superior establecieron sus campamentos cerca de recursos críticos, como antiguos lamederos de sal o abrevaderos. En ese lugar los hombres pasaban más tiempo rescatando huesos y marfil de los cadáveres de los mamuts, que en faenas riesgosas atacando con pequeñas lanzasa un paquidermo de tres toneladas. "Si uno de estos individuos del Paleolítico Superior mataba a un mamut, y de vez en cuando alguno lo hacía", admite Soffer con sequedad, "posiblemente no se hablaba de otra cosa durante 10 años".

Cuando volvió a casa mandó a revelar la película. Y una noche, llevada por un impulso, preparó una muestra de diapositivas para mostrarlas a un colega visitante, Jim Adovasio. Mirando las imágenes proyectadas sobre el refrigerador de Soffer, Adovasio, arqueólogo del Mercyhurst College, de Pensilvania, y experto en tecnología de fibras antiguas, de inmediato reconoció las impresiones de fibras vegetales. En algunas, incluso pudo discernir una trama de fibras entrelazadas: era un tejido.

Sin duda, según Adovasio, lo que estaban observando eran textiles o cestería. Eran lo más antiguos, en casi 7000 años, descubiertos hasta la fecha. De qué manera estos tejidos quedaron impresos en arcilla era algo que él no podía descifrar. "Es posible que gran parte de estos materiales fueran encontrados sobre suelos de arcilla", apunta Adovasio. "Cuando las moradas se quemaron, lo que estaba en el suelo quedó fundido con el suelo de arcilla".



Soffer y Adovasio tomaron medidas rápidas para regresar a la República Checa. En la división de Dolní Vestonice, del Instituto de Arqueología, Soffer revisó cerca de 8400 piezas de arcilla quemada y eliminó lo que resultaría inútil. Adovasio hizo variados positivos de arcilla de 90 de ellos. De vuelta a Pensilvania, él y David Hyland, su colega del Mercyhurst College, examinaron los moldes bajo una ampliación por estereomicroscopio y midieron los tejidos y las tramas. Cuarenta y tres revelaron impresiones de cestería y textiles. Algunos eran tejidos con finos acabados como los de un mantel de lino moderno.

Pero cuando Hyland observó cuatro de las muestras, vio algo más fascinante aún: impresiones de cordaje que llevaban nudo de tejedor, técnica que permite unir dos extremos de una cuerda y que es usada para hacer redes de malla segura. Parecía el pequeño trozo de una bolsa de red, o tal vez una red de caza. Encantada, Soffer amplió el estudio. Pasó seis semanas en el Museo de Moravia, en Brno, inspeccionando el resto de las colecciones de Dolní Vestonice. A fines del año pasado, Adovasio descubrió la impresión reveladora de la red de la Edad del Hielo en uno de los nuevos moldes.

La red, que medía cinco centímetros de largo, es demasiado delicada para que haya sido empleada en la caza de venado u otra presa aún mayor. Pero los cazadores de Dolní Vestonice pudieron usar redes de este tamaño para capturar grandes liebres -se calcula que cada una de ellas con tres kilos de carne- y otros animales de piel, como el zorro ártico y el zorro rojo. Como, en efecto, se descubrió, los huesos de liebre y zorro están desperdigados en los depósitos arqueológicos de Dolní Vestonice y Pavlov. De hecho, estos pequeños cánidos representan el 46 por ciento de los restos de animales recogidos en Pavlov. Soffer no descarta la posibilidad de encontrar trozos de red incluso más grandes. En una ocasión, consumados tejedores de América del Norte fabricaron una red con la cual capturaron un alce de 450 kilos y un carnero cimarrón de 130 kilos."Cuando los guardabosques tienen que trasladar ovejas al oeste lo hacen con redes", agrega. "Se tiran las redes y las ovejas quedan quietas en el suelo. Es una forma segura de caza".

En muchas sociedades, las mujeres desempeñaron un papel clave en la cacería con red, ya que la técnica no requiere de fuerza bruta ni ponía a las mujeres en peligro físico. Entre los aborígenes australianos, por ejemplo, tanto mujeres como hombres tejían las redes y tardaban hasta dos a tres años para terminar una de punto fino. Entre los nativos de América del Norte, las mujeres ayudaban a tender su labor manual en diversas partes del valle. Después, todos unían fuerzas para buscar y aporrear a la presa. En una labor de barrido por el valle, hombres, mujeres y niños por igual saltaban y gritaban para asustar al animal y dirigirlo así hacia donde estaban las redes.

"Todo el mundo podía participar en la cacería", cuenta Soffer. "Algunos golpeaban, otros gritaban o sostenían la red. Una vez que caía la red sobre los animales, estos quedaban inmovilizados. No se requería de fuerza bruta. Solo golpear de la forma que fuera posible".


La gente rara vez retornaba a su casa con las manos vacías. Investigadores que vivieron entre los miembros de la tribu mbuti de cazadores con redes señalan que los aborígenes siempre capturan animales salvajes cada vez que tienden sus trampas tejidas, que conservan hasta un 50 por ciento de los animales capturados. "Las redes son un instrumento mucho más valioso entre los artefactos para conseguir alimentos, en comparación, que los arcos y las flechas", explica Adovasio. Estas trampas son tan letales que los mbuti generalmente acumulan más carne de la que pueden consumir, comercializando el sobrante entre sus vecinos.

Otros cazadores con redes ahumaban o secaban los productos provenientes de la cacería y los guardaban para cuando vinieran tiempos difíciles. O los consumían de inmediato en grandes festines ceremoniales. Los cazadores de Dolní Vestonice y Pavlov, añade Soffer, festejaban con antiguos rituales. Los arqueólogos no encontraron vestigios de depósitos de almacenamiento en ninguno de los dos yacimientos arqueológicos. Sin embargo, existe evidencia de ceremonias. En Dolní Vestonice, muchas figulinas de arcilla parecen haber sido destruidas en partes aisladas del yacimiento arqueológico.

Soffer duda que los habitantes de Dolní Vestonice y Pavlov fueran los únicos fabricantes de redes de la Edad del Hielo en Europa. En depósitos arqueológicos, que van desde Alemania a Rusia, se ha descubierto un abundante número de huesos de pequeños animales salvajes, desde liebres hasta aves. Por lo menos algunos de sus antiguos moradores tallaron herramientas de hueso parecidas a las leznas y los espaciadores, que eran favoritos de los antiguos fabricantes de redes.

Esos hallazagos, admiten Soffer y Adovasio, revelan lo dudosas que son la mayoría de las ampliamente aceptadas reconstrucciones de la vida del Paleolítico Superior. "Estas interpretaciones imaginarias", explica Adovasio, "de hombres que aguardaban en casa el sustento diario son solo un disparate".

En su casa de las afueras de Munich, Linda Owen encuentra otras debilidades en esta imagen tradicional. Owen, de origen estadounidense, se especializa en el análisis microscópico de instrumentos de piedra. En sus años de trabajo ha observado que muchas de las herramientas fabricadas por los cazadores que deambularon por Europa cerca del final del Paleolítico Superior, hace entre 18 000 a 12 000 años, parecían piedras de aporreo y otros instrumentos para la cosecha y para procesar plantas. ¿Se encargaban las mujeres y los niños de la recolección y almacenamiento de plantas alimenticias silvestres? La mayoría de sus colegas alega que no tiene objeto buscar una respuesta a este interrogante. De hecho, algunos arqueólogos alemanes sostenían que el 90 por ciento de la dieta humana durante el Paleolítico Superior estaba conformado por carne. Pero en cuanto Owen empezó a leer estudios nutricionales, vio que el alto consumo de carne podía acarrear la muerte.

Para cargar los motores celulares del cuerpo, los seres humanos requieren de energía generada por proteína grasa o carbohidrato. De estas fuentes, las proteínas son las menos eficientes. Para quemarlas, el organismo debe incrementar su tasa metabólica en un 10 por ciento, forzando la capacidad del hígado de absorber oxígeno. A diferencia de los animales carnívoros, cuyos sistemas digestivo y metabólico están adaptados a una dieta solo de carne, los humanos que consumen más de la mitad de sus calorías gracias a la carne magra, morirán por envenenamiento proteínico. Es evidente que en el Paleolítico Superior los cazadores trataron de completar su dieta con grasa de origen animal. Pero durante el invierno, la primavera y comienzos del verano, la carne debe haber sido muy escasa. Entonces, ¿cómo sobrevivían?



Owen buscó indicios en relatos antropológicos e históricos de América del Norte subártica y ártica. Esos ambientes son similares a los de la Europa de la Edad del Hielo y representan retos similares para sus habitantes. Incluso en el lejano norte, las sociedades inui cosechaban bayas para almacenarlas en invierno y recolectaban otras plantas para uso medicinal y complementos fibrosos.

Para corroborar si parte de la flora que existió en la Europa del Paleolítico Superior recibió el mismo uso, Owen elaboró una lista de plantas económicamente importantes para las personas que habitaban en las regiones de clima frío de América del Norte y Europa y las comparó con una lista de especies que los botánicos identificaron a partir del polen atrapado en material sedimentario del sur de Alemania. Casi 70 plantas coincidieron en ambas listas.

"Elaboré una lista enorme de plantas que estaban disponibles en esa época. Entre otras, había varios tipos de carrizo utilizados en la fabricación de canastos por los esquimales y los habitantes subárticos en América del Norte. Había muchas plantas de tallos y hojas comestibles. Otras fueron usadas para la confección de medicinas y tintes. Está claro que las plantas formaron parte de la vida antigua".

Los principales recolectores de plantas en las sociedades prehistóricas fueron, indudablemente, las mujeres. "Era un trabajo típico de ellas", declara Owen. "Encontré apuntes de que los hombres en expediciones de caza recolectaban bayas o plantas para su propio consumo, pero ellos no participaban en los trabajos de recolección. Solían ir con ellas, acompañarlas, pero se dedicaban a la caza o a la pesca".

¿Eran las mujeres del Paleolítico Superior quienes recogían las plantas? Los trabajos arqueológicos no hacían mayor referencia al asunto. Pocos arqueobotánicos, según comprobó Owen, estaban interesados en las semillas y los residuos vegetales de los campamentos de la época. La mayoría estaba convencida de que ese tipo de esfuerzo sería inútil en lugares de tanta antigüedad. Sin embargo, en el Colegio Universitario de Londres, Owen conoció a una joven arqueobotánica, Sarah Mason, que analizó una pequeña muestra de restos parecidos al carbón vegetal de un fogón de 26.390 años de antigüedad, en Dolní Vestonice.

La muestra contenía algo más que carbón. Examinándola con un microscopio electrónico, Mason y sus colegas descubrieron fragmentos de raíces con cavidades secretorias típicas: marcas registradas de la familia de las margaritas y asteres, que producían varias especies de raíces comestibles. Es factible que las mujeres de Dolni Vestonice extrajeran las raíces y las cocinaran en alimentos almidonados. También habrían hervido otras plantas.

Mason y sus colegas detectaron una extraña sustancia pulverizada en una muestra chamuscada. Parecía como si las mujeres hubieran molido las plantas hasta convertirlas en harina que después hirvieron para hacer sopa, o majaron hasta convertirla en papilla para sus bebés. De cualquier forma, los resultados son evidentes. Son alimentos carbohidratados.

Owen continúa ahondando en la investigación. "Si se es minucioso", afirma, "se pueden descubrir muchas cosas". A petición  suya, colegas de la Universidad de Tübingen están analizando los fogones paleolíticos en busca de residuos botánicos. Encontraron más plantas, incluyendo bayas, todas ellas preservadas en buen estado durante miles de años. A la luz de esos descubrimientos, Owen sugiere que fueron las mujeres, no los hombres, las que llevaban a casa la mayor parte de las calorías que consumían las familias del Paleolítico Superior. Estima que si las mujeres de la Edad del Hielo recolectaban plantas, huevos de aves, mariscos e insectos comestibles, y si cazaban o entrampaban pequeños animales salvajes y participaban en la caza de animales mayores -como las mujeres del norte lo harían mucho después- su contribución al consumo de calorías de la familia pudo haber llegado al 70 por ciento.



Más aún, algunas mujeres pudieron haber disfrutado de un poder incluso mayor, a juzgar por las más controversiales reliquias de la vida de entonces: las famosas figulinas Venus. Los excavadores recuperaron más de 100 de esas pequeñas estatuillas, que fueron talladas hace entre 29.000 a 23.000 años, de materiales tan resistentes como huesos, rocas, cuernos y marfil, o elaborados en arcilla cocida.

Las figulinas comparten una extraña mezcla de abstracción y realismo. Muestran senos prominentes, pero carecen de pezones. Sus cuerpos son minuciosamente detallados en las líneas ondulantes de sus columnas vertebrales y los discretos rollos de carne debajo de los omóplatos, pero los rostros con mucha frecuencia carecen de ojos, boca y expresión.

Durante años, los investigadores las tomaron como una forma de arte masculino. Los primeros antropólogos, después de todo, observaron a cazadores machos tallar las piedras, el marfil y otros materiales duros. Se pensaba que las mujeres carecían de la fuerza necesaria para emprender esa clase de labores. Además, solo los hombres adoptarían ese tipo de interés amoroso hacia el cuerpo de una mujer. Sorprendidos por la voluptuosidad de los pequeños cuerpos, algunos investigadores sugirieron que eran muestras eróticas de la Edad del Hielo, destinadas a ser tocadas y acariciadas por hombres. La idea todavía prevalece. En la década de los años 80, Dale Guthrie, el conocido antropólogo estadounidense, escribió un artículo académico en el que compara las figulinas con las poses provocativas de las modelos de Playboy.

Pero la mayoría de los expertos descarta en la actualidad esos argumentos. La búsqueda esmerada de Owen en fuentes etnográficas reveló que las mujeres de las sociedades árticas y subárticas trabajaban en el labrado de piedras y marfil. Existe poca razón para afirmar que las figulinas representan erotismo masculino. La Venus Negra, por ejemplo, parece haber pertenecido a un mundo secreto de ceremonias y rituales bastante alejado de la vida sexual cotidiana.

La evidencia, explica Soffer, se encuentra en la materia prima usada para darle forma a la Venus Negra. Los objetos de arcilla algunas veces se rompen o estallan al ser cocidos al fuego, un proceso llamado ruptura por choque térmico.

Estudios realizados por Pamela Vandiver, del Instituto Smithsonian, demostraron que la Venus Negra y otras figulinas humanas y de animales descubiertos en Dolní Vestonice -así como casi 2.000 bolitas de cerámica halladas en el lugar- fueron hechas de arcilla resistente al choque térmico. Muchas de las imágenes, incluyendo la célebre Venus Negra, despliegan las distintivas bifurcaciones del astillamiento causado por este choque, detalle que no se observa en las bolitas.

Llena de curiosidad, Vandiver hizo una réplica del antiguo proceso de cocido de arcilla. Un análisis de los pequeños hornos de calcinación de Dolní Vestonice reveló que fueron cocidas a temperaturas de alrededor de 787 grados centígrados, similar a la de un fogón ordinario. Entonces Vandiver preparó figulinas de tierra local y las calcinó en un horno parecido al fogón, que un grupo de arqueólogos construyó en los alrededores. Para producir el choque térmico, colocó los objetos mayores de un centímetro en la parte más caliente del fuego; más aún, las piezas tenían que ser tan húmedas que casi no podían conservar su propia forma.



Para Vandiver y Soffer, el experimento -repetido varias veces en el Instituto Smithsonian- sugiere que el choque térmico no fue un accidente. "Lo que se pone al horno puede explotar de manera natural o se puede hacer explotar", advierte Soffer. "¿Cuál de esos casos ocurrió en Dolní Vestonice? Jugamos con ambas ideas. O estamos frente a los artesanos más inútiles, gente con dos manos izquierdas, o lo hacían a propósito. Rechazamos la idea de que esos individuos fueran ineptos, porque los otros materiales no hicieron explosión. Entonces, ¿cuáles eran las probabilidades de que esto pasara sólo con una categoría en particular de objetos?".

Estas figulinas que estallaban podrían haber desempeñado alguna función en los rituales, idea que es respaldada por la ubicación de los hornos. Estos estaban lejos de los enclaves de vivienda, como lo están las construcciones para los rituales. Aun cuando la naturaleza de las ceremonias no es clara, Soffer cree que pueden haber servido como ritos de adivinación para discernir qué depararía el futuro. "Algunos de los objetos iban a estallar. Otros no. Es evocativo, como deshojar una margarita: 'me ama, no me ama'".

Las figulinas de Venus de otras procedencias fueron usadas también en ceremonias. "No eran sólo algo hecho para parecer bello", explica Margherita Mussi, arqueóloga de la Universidad de Roma-La Sapienza, que estudia las figulinas del Paleolítico Superior. Mussi hace notar que varias pequeñas estatuillas de la Cueva Grimaldi del sur de Italia -considerada uno de los mayores tesoros de figulinas de la Edad del Hielo de Europa Oriental- fueron hechas con materiales raros, que los artistas obtuvieron con gran dificultad, algunas veces a través del comercio o tras largos viajes. Las estatuillas fueron laboriosamente talladas y pulidas y después cubiertas con ocre, un pigmento que tuvo importancia ceremonial, lo que sugiere que fueron reservadas para eventos especiales como, por ejemplo, las ceremonias rituales.

La naturaleza de estos rituales es motivo de investigación. Pero Mussi está convencida de que las mujeres tomaban parte en ellos y algunos arqueólogos consideran que tuvieron un papel central. Uno de los indicios más valiosos, manifiesta Mussi, se encuentra en una figulina de reciente descubrimiento en Grimaldi, conocida como la Bella y la Bestia.

Esta estatuilla serpenteada, de color amarillo verdoso, presenta dos cuerpos arqueados y de espaldas, unidos por la cabeza, hombros y extremidades inferiores. Uno de ellos es el típico de una figulina Venus. El otro, una extraña criatura que combina la cabeza triangular de un reptil, la cintura ajustada de una avispa, pequeños brazos y cuernos. Evidentemente, no es una criatura de este mundo", sostiene Mussi.

El emparejamiento de una mujer y una bestia sobrenatural, agrega Mussi, es muy significativo. "Considero que estas mujeres estuvieron relacionadas con la facultad de comunicarse con un mundo distinto", expresa. "Pienso que se creía que ellas eran la puerta a una dimensión diferente".

Al poseer poderes que sobrepasaban los de otros miembros de sus comunidades, esas mujeres pudieron haber formado parte importante de una elite espiritual, al estilo de los brujos de la antigua Siberia. Como intermediarios entre los mundos real y espiritual, se atribuía a los chamanes siberianos la capacidad de curar enfermedades e interceder en nombre de otros por el éxito de la caza. Es posible que las mujeres del Paleolítico Superior realizaran similares servicios para sus seguidores.

Aunque el ámbito total de sus actividades nunca será conocido con absoluta certeza, existe una buena razón para creer que las mujeres de la Edad de Hielo desempeñaran una serie de funciones protagónicas desde recolectoras de plantas y tejedoras, hasta cazadoras y guías espirituales. Las investigaciones que tienen a corroborar esas tareas están cambiando con gran rapidez nuestra imagen del pasado.



Pringle, Heather. La nueva mujer de la Edad del Hielo. Discover en español. Mayo 1998.

domingo, 1 de octubre de 2017



Soledad III

A lo mejor sí estamos solos


Resultado de imagen para vía láctea


En las últimas décadas, cada vez más astrónomos han incitado la visión de que civilizaciones alienígenas podrían estas dispersas entre las estrellas como granos de arena, aisladas unas de otras por el vacío del espacio interestelar. Sólo en la galaxia a la que la Tierra pertenece, la Vía Láctea, expertos han estimado la existencia de un millón de sociedades avanzadas.

Este credo extraterrestre ha dado lugar no sólo a innumerables libros, películas y programas de televisión -para no mencionar a anfitriones de Klingons, Wookies y Romulans- sino a una cacería científica que utiliza enormes antenas para escanear el cielo en busca de débiles señales de radio enviadas por alienígenas inteligentes.

Ahora, dos científicos prominentes dicen que el conocimiento convencional es erróneo. La búsqueda de los extraterrestres, añaden, tiene muchas probabilidades de fallar.

Sobre la base de nuevos hallazgos en los campos de la astronomía, geología y paleontología, ambos argumentan que los humanos podrían estar solos, al menos en la vecindad estelar, y, tal vez, en el cosmos entero. Indican que la ciencia moderna muestra que la composición y estabilidad de la Tierra son extraordinariamente fuera de lo común. Casi en todos los demás lugares, los niveles de radiación son demasiado altos, los elementos químicos correctos no se encuentran en abundancia, los planetas hospitalarios son muy pocos y la lluvia de rocas asesinas demasiado intensa para que la vida pueda haber evolucionado hacia comunidades avanzadas. Los microbios alienígenas podrían sobrevivir en muchos sitios como una especie de delgada capa cósmica, dicen, pero no como extraterrestres lo suficientemente civilizados con desarrollo tecnológico.

Su libro "Extraña Tierra" ("Rare Earth"), lanzado el mes pasado, ha sido tanto criticado como alabado, por algunos de sus detractores diciendo que los autores han realizado ellos mismos especulaciones simplistas sobre la adaptabilidad de formas de vida y quienes lo alaban lo llaman "brillante" y "valiente".




"Finalmente hemos dicho lo que muchos han pensado desde hace bastante tiempo: que formas de vida compleja son, al menos, poco frecuentes", señaló el Dr. Peter D. Ward de la Universidad de Washington, un paleontólogo especializado en extinciones masivas cuyo trabajo previo incluye "El llamado de los mamuts distantes" (Springer-Verlag, 1997). "Y, para nosotros, la posibilidad de vida compleja podría ser una idea desgastada".

El otro autor del libro es el Dr. Donald C. Brownlee de la Universidad de Washington, un conocido astrónomo, miembro de la Academia Nacional de Ciencias y jefe científico de la Misión Stardust destinada a capturar polvo interplanetario e interestelar, perteneciente a la NASA y con un presupuesto de US$ 166 millones.

"La gente dice que el Sol es una estrella típica", indicó en una entrevista. "Esto no es cierto". El Dr. Brownlee añadió: "Prácticamente todo medio ambiente del universo es terrible para la vida. Es sólo en ciertos sitios paradisíacos como la Tierra donde puede existir".

El Dr. Geoffrey W. Marcy de la Universidad de California, en Berkeley, líder en la investigación de planetas alrededor de otras estrellas, 31 de las cuales han sido halladas hasta el momento, comentó sobre "Extraña Tierra" que probablemente iniciará una revolución en el pensamiento sobre la vida extraterrestre.

"Es brillante", declaró el Dr. Marcy en una entrevista. "Delinea muchas cosas sobre las que he estado pensando pero realiza un trabajo con mucha más credibilidad al enumerar y explicar los distintos temas". Por ejemplo, dijo, muestra cómo los planetas gigantes descubiertos hasta el momento fuera del sistema solar son un mal signo para el desarrollo de vida compleja.

"Es valiente", añadió el Dr. Marcy. "Es poco común dentro de la literatura y la ciencia tomar una actitud que vaya tan en contra de lo establecido".

La idea de que la presencia de civilizaciones extraterrestres es generalizada apareció en términos científicos hace cuatro décadas.



El Dr. Frank D. Drake, entonces un joven astrónomo en un observatorio federal en West Virginia, fue el primero, en 1960, en escanear el cielo en busca de débiles señales alienígenas, a quien pronto se le unieron expertos que compartían sus ideas, incluyendo al Dr. Carl Sagan, entonces un atrevido astrónomo de 27 años. El Dr. Drake presentó sus ideas en 1961, que más tarde se conocerían como la Ecuación Drake. La ecuación realizaba suposiciones con fundamento sobre la frecuencia con que las estrellas se forman, la fracción de estrellas con planetas, el número de esos planetas sobre los que hay vida, y demás, incluyendo el tiempo promedio de vida de civilizaciones con alto desarrollo tecnológico. Según su lógica, la Vía Láctea contaba con alrededor de 10 000 civilizaciones capaces de comunicarse interestelarmente.

Más adelante, el Dr. Sagan revisó los cálculos y aumentó su estimación a un millón de mundos extraterrestres. Dado que el cosmos contiene cientos de millones de galaxias, sobre la base de ese análisis el número total de sociedades extraterrestres podría ser astronómico, con un estimado de 10 trillones.

Nuevos hallazgos, de todos modos, según los autores de "Extraña Tierra", muestran que la Ecuación Drake está llena de suposiciones optimistas ocultas. Su teoría, comentan los autores en el prefacio, es "raramente comentada pero cada vez menos aceptada por muchos astrobiólogos", tal es el nombre con que se conoce a los científicos que estudian la posibilidad de vida extraterrestre.

El Dr. Ward mencionó que llegó al tema a partir de sus estudios sobre extinciones masivas. Cada vez más, los grandes culpables son considerados las rocas que a grandes velocidades golpearon la Tierra causando una gran explosión que hace 65 millones de años mató a muchas plantas y animales, incluyendo a los dinosaurios.

Nuevos estudios, señaló el Dr. Ward, sugieren que pudo haber sido peor. Por ejemplo, la frecuencia de los impactos con la Tierra podrían ser 10 000 veces más frecuentes si no fuera por la presencia de Júpiter, el planeta más grande del Sistema Solar, el cual absorbe a muchas rocas asesinas y desvía a otras hacia el espacio exterior.

"Estamos al borde del abismo", comentó el Dr. Ward, respecto a una mayor frecuencia del bombardeo que probablemente haya evitado el desarrollo de la vida avanzada.

Los recientes hallazgos de planetas del tamaño de Júpiter fuera del Sistema Solar no ofrecen ningún alivio. La mayoría de sus órbitas, dijo, son demasiado excéntricas, lo que, en lugar de proteger a los planetas más pequeños, generaría entre ellos un caos destructivo.

"Todos los Júpiters que actualmente se conocen son malos Júpiters", acotó el Dr. Ward sobre los 31 que se observan hoy en día. "El nuestro es el único bueno que conocemos. Y tiene que ser bueno, sino saldrías expulsado hacia las tinieblas del espacio exterior o hacia el Sol".

El Dr. Marcy, el buscador de planetas, apuntó que estos análisis se añadían a sus dudas sobre la existencia de extraterrestres.

El Dr. Ward indicó que incluso si algunos Júpiters distantes fueran hallados en órbitas estables y circulares, otros factores amilanarían su efecto protector y demolerían todo tipo de vida. Por ejemplo, cerca al centro de la galaxia, donde la población estelar es mucho más densa, el paso frecuente de una estrella al lado de otra generaría cascadas de cometas, de los cuales trillones se piensa que orbitan en los límites helados de la mayoría de estrellas.

"Si te encuentras al interior de una galaxia", señaló el Dr. Ward, "estás bajo constante bombardeo".



Añadidas a esa furia, comentó, están la intensa radiación y explosión de los interiores galácticos. El cielo lleno de estrellas ofrece una falsa impresión de inmutabilidad. Nuevos estudios muestran que el cosmos, especialmente los centros galácticos, son sitios violentos cargados de ondas de rayos X, rayos gama y radiación ionizada. "Así que no creo que haya nada de vida en los centros", añadió el Dr. Ward.

El Dr. Brownlee, el astrónomo co-autor, dijo que las probabilidades de vida compleja eran igual de malas al final de las galaxias.

El análisis de luz estelar en los bordes muestra su relativa pobreza en elementos como hierro, magnesio y silicona, en parte debido al menor reciclaje de material estelar a través de los miles de millones de años y en parte debido a la poca presencia, en este tipo de regiones, de supernovas, las corrientes estelares que ayudan a crear elementos pesados a través de explosiones extremadamente calientes.

Estos elementos, dijo el Dr. Brownlee, e incluso otros más pesados y radioactivos también creados en supernovas, se presentan como pre-requisitos de la formación de planetas al estilo de la Tierra que tienen la suficiente gravedad para retener océanos, atmósferas y placas tectónicas, cuya energía proviene mayormente del calor de las divisiones radioactivas.

Según el libro, el movimiento lento y el reciclaje de la corteza terrestre hacia el caliente interior del planeta son ingredientes fundamentales para la evolución de formas complejas de vida. Las placas tectónicas, dicen los autores, promueven la biodiversidad al producir cadenas de montañas y otros tipos de ambientes complejos, disminuyen la probabilidad de extinciones, ayudan a mantener las temperaturas planetarias incluso a través del reciclaje de carbón y ofrecen tierra seca sobre la que pueden florecer civilizaciones avanzadas.

"Somos críticamente dependientes de la materia", expresó el Dr. Brownlee. "Ser más grande o pequeño puede estar determinado por las placas tectónicas".

Galaxias enteras son pobres en metales y por eso probablemente desprovistas de vida animal, añadió el Dr. Brownlee. Sólo galaxias espirales como la Vía Láctea y su vecina Andrómeda son ricas en minerales e, incluso en ellas, sólo en las regiones interiores. Por el contraste, las galaxias irregulares y elípticas, apuntó, están vacías.

"Menor abundancia de metales significa que no puedes hacer un planeta tan grande como la Tierra", dijo el Dr. Brownlee. "Parece ser algo que mucha gente no quiere oír".

Los científicos discuten otras características planetarias que probablemente sean poco frecuentes en el universo pero que son cada vez más consideradas como críticas para volver la Tierra tan favorable para la vida compleja. Entre ellas se encuentran las siguientes:

  • Una órbita que mantenga al planeta exactamente a la correcta distancia de su estrella de modo que le asegure que el agua se mantendrá líquida, sin vaporizarse o helarse.
  • Una luna grande a la perfecta distancia para minimizar los cambios en la inclinación del planeta, asegurando la estabilidad del clima.
  • Suficiente carbono para ayudar al desarrollo de vida pero no tanto como para permitir condiciones de tipo invernadero, como ocurre en la extremadamente caliente Venus.




En la conclusión del libro, los autores dicen que la hipótesis de "Extraña Tierra" es probable e incentivan tal intento. Nuevos y potentes telescopios darán nueva luz no sólo a gigantes gaseosos, sino a la abundancia de planetas más pequeños, terrestres, alrededor de estrellas distantes y mostrarán también si es que sus órbitas son estables y protegidas de bombardeo cósmico por planetas más grandes.

Los nuevos telescopios también podrían hallar evidencia de planetas cubiertos de ozono y oxígeno lo que, en concentraciones suficientes, implica la existencia de vida.

Los dos científicos también incentivan la búsqueda de signos de microbios alienígenas en Marte, la luna Titán, de Saturno, y las lunas Europa y Ganímedes. Ese descubrimiento respondería a la pregunta de si la vida es una propiedad inherente a la materia, como muchos científicos creen.

Finalmente, la pareja apoya la búsqueda radial de señales de civilizaciones alienígenas avanzadas, añadiendo, de todos modos, que "es bastante difícil saber" si la búsqueda "es un uso efectivo de los recursos".

Quienes abogan por la búsqueda de inteligencia extraterrestre ven el nuevo libro como un asalto hereje que podría poner en peligro el financiamiento de la cacería. Más de US$100 millones han sido invertidos hasta la fecha, con la mayor parte del dinero proveniente de magnates de Silicon y otros donantes privados.

El Dr. Drake, presidente del Instituto de búsqueda de inteligencia extraterrestre, una agrupación privada de Mountain View, California, que busca civilizaciones alienígenas con una inmensa antena en Arecibo, dijo que el principal error del libro era el excesivo pesimismo respecto a la tenacidad de la vida.

"La principal debilidad de todos esos argumentos", indicó el Dr. Drake, "es que no aluden a la naturaleza oportunista de la vida, su habilidad para acomodarse o alterarse para poder lidiar con los cambios ambientales".

Como en la política, dijo el Dr. Drake, la mayoría de investigadores de inteligencia extraterrestre están más interesados en un debate honesto que en tratar de evitar las críticas por miedo a reducción del financiamiento. "Tal vez somos políticamente ingenuos", agregó. "Pero no tratamos de ocultar este tipo de asuntos".

El Dr. Drake añadió: "La única manera de hallar la verdad es buscar y descubrir ya sea la prevalecencia de vida inteligente o su total ausencia".

Si la hipótesis de la poca frecuencia se vuelve cierta, dice el libro, incrementa en gran medida la pérdida cada vez que una planta o animal se encuentra en extinción y fortalece la responsabilidad de los humanos de cuidar el planeta.

También, el Dr. Ward acotó en una entrevista, si la Vía Láctea está verdaderamente vacía de legiones extraterrestres, tal vez el destino de la humanidad a través de miles de millones de años sea dispersarse entre las estrellas desiertas.

"Si somos tan extraños o poco frecuentes como pensamos que lo somos", dijo el Dr. Ward, "esto sube los obstáculos, intelectual y moralmente".




Broad, William J. A lo mejor sí estamos solos. Página 12 (Lima-Perú). 20.02.2000



domingo, 30 de julio de 2017

Soledad II

Pasajero de la orilla

Desde hace 30 años, Melitón Porras vive en una playa de San Miguel indiferente de las cosas que suceden arriba, en la ciudad. Pesca, come y duerme en el mismo lugar donde -dice- ha de esperar la muerte.





- ¿Volverías a vivir arriba?
- ¿Arriba, para qué? -responde a medias el aludido, dándole la espalda a los acantilados pelados de San Miguel.

En las cimas un manojo de casonas descascaradas es todo lo que la ciudad permite ver. El día recién empieza a clarear en la playa y ya Melitón Quispe está despierto y avanza hacia el mar en pos del desayuno. En un brazo carga la red y en el otro una cámara de llanta con la que pronto cabalgará las olas. Detrás de la neblina espesa y hedionda de la orilla, el hombre va dejando su hogar de toda la vida: una choza atravesada por una columna de humo y siete gatos hambrientos que se calientan alrededor de la leña encendida.

Arriba, ocultos de la visión de Melitón, hay edificios elevados, árboles, parques, tránsito, policías, mercados, hospitales, crímenes, noticias, huelgas, terrorismo. Orden y desorden. Tiempo y premura. Calendarios y obligaciones. Abajo, a los pies de la muralla natural de la Costa Verde, las playas son un desierto sin ojos a la vista. No hay otra ley que la que empuja al mar a llegar a la orilla. Y en los solitarios habitantes de este mundo, ninguna obligación distinta a la de seguir sobreviviendo. Abajo el horizonte es el mismo cada día.

- Si vuelvo arriba será para morirme de hambre -zanja la sentencia Melitón, con la complacencia de cotidiano afanador de las aguas.

Su cuerpo tiene una extraña semejanza con la robustez de los roperos, su vozarrón opulento domina el ladrido de los perros que lo persiguen. Eso y su labor autosuficiente lo diferencian de toda una hilera de almas que ahora empiezan a levantarse de los colchones de basura. Melitón vive en la playa hace más de 30 años y sabe dominar a los nuevos inquilinos con las maneras de un rey de cualquier fauna. Abajo las leyes no se expresan con palabras. Cuando se quita el polo para entrar al mar es imposible creer su edad. 55. Brazos musculosos. Una columna de cicatrices. Tatuajes de la vida.

La primera vez que Melitón estuvo alejado del agua fue cuando a la muerte de sus padres, en los campos de Sicuani -entonces pescaba truchas en el río y con anzuelo-, un tío policía lo trajo a Lima para tratarlo como a indio. Encerrado. Empleado de la casa. Nada de escuela a los 12 años. Desayuno de golpes. Gripes sin limonada.

- Cuando escapé, de dos cosas me convencí: que estaba solo en una ciudad donde si me moría nadie se enteraba y que en el río Rímac ya no hay peces -antes de lanzarse al mar con la cámara de llanta, el hombre se persigna de memoria. Y en el nombre del pescado frito de más tarde, soporta tres olas continuas que terminan de lavarle el pellejo sucio. El flotador lo lleva treinta metros mar adentro.

- El pelícano es como el pavo -dice un esquelético admirador de las artes del volar y que espera con un plato vacío a que termine la faena del vecino-, un poco duro nomás, pero tiene buen sabor a bistec.



Una escalera invisible cruza los extremos de arriba y abajo. Algunos se dejan resbalar y viven el resto del tiempo padeciendo la caída. Dependiendo de la cosecha ajena. No conocen las palabras elegir, escoger, ni buscar. Pero otros, como el pescador, han convertido esos verbos en los peldaños hacia su nueva vida. Abajo no es el infierno. Tampoco el paraíso. Abajo es el llano. Allí el hombre es otra vez animal y las carencias se suplen cuando se sabe usar las manos.

Desde los doce años el niño Melitón lavó carros a los que nunca subió, lustró zapatos que nunca usó, construyó paredes que nunca habitó, y vendió verduras que nunca comió. A los trece entró a un reformatorio donde nunca aprendió otra cosa que no fuera escribir en sus brazos con tinta china cuando se sentía solo. "Dios y mi madre". Con esas palabras en la piel que no culpaban a los autores de su vida, salió a los 18 a ganarse los frijoles. El joven Melitón tuvo patrones en los mercados que barría, miradas de desprecio sobre su cuerpo alcoholizado, golpes en la nuca del policía que lo levantaba al nuevo día, pesadillas en el trago, golpes en la vigilia, cama en el cemento que es el piso de arriba.

Un día que deambulaba por encima de los acantilados, atraído por el rumor del mar, el todavía joven Melitón -que había pasado su última ebriedad tras las rejas de una comisaría de San Miguel- observó los peldaños de su futuro. Dos amigos que él había conocido en el reformatorio, allá abajo lanzaban anzuelos a la voracidad del mar. Se reían. Comían pescado. Dormían a la sombra de la ciudad. Eran dueños de su vida. Entonces bajó.

Ya no recuerda cuántas llantas ha usado en todos los años que se fueron con las olas. Sus dos amigos, hombres al fin, se dejaron pescar por las jovencísimas empleadas domésticas que los domingos bajaban a la playa a distraer sus días de descanso. Él mismo conserva en sus brazos el recuerdo de la única mujer que le dio besos sin cobrarle. Debajo del tatuaje que dice "Juana", una larga cicatriz es la huella de ese pasado. Ella se buscó un marido arriba. Y Melitón se cortó el brazo para recordarla abajo.

Ahora su única excursión a la cima es el domingo, cuando sube a escuchar misa desde la vereda. El olor del mar distrae la devoción de los que se golpean el pecho y el pescador siente como hincones las miradas intolerantes.

- El destino es para unos estar solo -se resume cuando al salir del agua echa de un costal cuatro chitas y un bagre que compartirá con sus siete gatos-. Pero si de algo me arrepiento es de no haber echado semilla.

Sabe el viejo Melitón que el matrimonio con la soledad no procrea hijos y que el mar abandona a sus muertos en la orilla.

Avilés, Marco. Pasajero de la orilla. El Comercio (Lima-Perú). 22.11.2001
La soledad y la infinita soledad

En Latinoamérica y el habla castellana la más famosa soledad es aquella de los cien años que cuenta García Márquez en su muy difundida novela. Aunque más radical es la soledad de Pedro Páramo en el osario de Comala. Estas son soledades de la imaginación donde los protagonistas están, sin embargo, acompañados de vivos y muertos. Pero hay otras soledades de novela y de realidad sin compañía humana, y soledades absolutas que no tienen ningún remedio.




Soledad I
 
Keshpi abrió la boca y enseñó su fuerte dentadura de lobezno; pero no articuló palabra. No sabía razonar y era impotente para coordinar algunas frases con lógica ilación.
(...)

La montaña y la soledad habian aplastado completamente su espíritu. Jamás se ponía en comunicación con ningún ser dotado de palabra. De tarde en tarde cruzaba por allí algún viajero; pero pasaba de largo, como huyendo de la vecindad de los agentes naturales que allí se ostentaban con toda su grandeza. Y él se quedaba solo con sus pocas ovejas, solo frente a la montaña, solo con sus ruidos, con el viento y la tempestad.

Había cerrado la noche, y una vaga claridad comenzó a dorar las cumbres de los montes sumidos en silencio y oscuridad: era la luna que surgía detrás de un pico del Illimani, rielando en un cielo limpio y tachonado de estrellas. Lejos, en las cuencas de los valles y en la falda de los montes, se encendieron algunos fuegos, como para anunciar la presencia del hombre en esos parajes, cuya grandeza y soledad angustiosa oprimían dolorosamente el corazón.

Los viajeros se dieron a la faena de preparar su merienda.

Uno de ellos, Cachapa, cogió una pequeña chonta que encontró sobre una piedra plana que servía de muela al pastor y, con disimulo, salióse a cosechar en una chacra de patatas que había visto crecer detrás de la casa, a la vera del camino; y a poco regresó llevando en su poncho una buena porción de ellas. Agiali fue en busca de la leña, porque el pastor se mostraba huraño y permanecía de pie a la entrada de su covacha, mirando con gran curiosidad los andares de sus huéspedes.

En uno de ellos, Agiali alargó el cuello en el interior de la vivienda de Mallcu, iluminada por un pabilo puesto sobre grasa en roto cacharro, y dijo en voz baja a sus compañeros:
- Este es más pobre que el Leque. (Era el tal un miserable sin más bienes en el mundo que los andrajos con que se cubría.)

Cachapa, curioso, se asomó al agujero negro.

Casi nada había en la desamparada vivienda. Un poyo de barro de lecho, y encima dos cueros carcomidos y casi pelados, sobre los que el idiota dormía abrazado a su perro; un fogón con una olla desportillada encima, un cántaro con el cuello roto, y, colgados de los muros, una chontilla vieja y dos lazos. Eso era todo...

Arguedas, A. (1945). Raza de bronce. Buenos Aires: Losada