miércoles, 28 de julio de 2010

El misterio de la mente (VI)


Qué sabemos del cerebro

El premio Nobel de Fisiología lo recibieron este año tres investigadores del cerebro. El Dr. Arvid Carson de Suecia descubrió que la dopamina es un neurotransmisor. Los doctores Paul Greengard y Eric Kandel, ambos de Nueva York, dieron pasos cruciales para el entendimiento de los sinapses y los procesos de aprendizaje y memoria. Gracias a ellos, y muchos otros, hoy el estudio del cerebro ha entrado en una nueva etapa.

Aunque hoy nos parezca evidente, recién en el siglo II el cerebro fue identificado -por Galeno- como el órgano del pensamiento. Pasaron 14 siglos hasta que Thomas Willis publico la "Anatomía del Cerebro", un tratado ilustrado por Christopher Wren, considero el primero de su índole. Casi 130 años más tarde, Luigi Galvani, experimentando con patas de rana, demostró la relación entre la electricidad y la acción de los nervios. A principios del siglo XIX se planteó que diversas regiones del cerebro desempeñan funciones específicas. En el año 1898, cerca de Vermont, en el noreste de los EE.UU., un joven capataz del ferrocarril, Phineas Gage, sufrió un accidente: una barra de acero le atravesó la cabeza perforándole el cerebro de lado a lado. La barra fue extraída y Gage sobrevivió, aparentemente ileso, pero cambió totalmente de personalidad. De ser una persona afable con gran sentido de responsabilidad, sin perder sus facultades intelectuales, se volvió irresponsable y violento. El caso de Gage fue estudiado por los científicos más eminentes de su época y dio lugar a una serie de especulaciones en cuanto a las funciones del cerebro.



No había duda de que el cerebro está íntimamente ligado a la conducta y al conocimiento, pero no había indicios sobre cómo funcionaba. Recién a principios de este siglo el genial anatomista español Santiago Ramón y Cajal abrió el camino al conocimiento del cerebro. Ramón y Cajal identificó células individuales del cerebro, que llamó neuronas, capaces de enviar mensajes a través de uniones llamadas sinapses, con lo que dio inicio a la neurología moderna.

También a principios de siglo se descubrió que las neuronas tienen potencial eléctrico, el que se altera por el paso de iones (átomos con carga eléctrica) de potasio, sodio y cloro. Esta serie de descubrimientos dieron a los neurólogos la esperanza de eventualmente entender cómo opera el cerebro a nivel celular. En los años 40 se pudo explicar el movimiento de los iones a través de las membranas celulares, pero la transmisión de mensajes entre neuronas también tiene un componente químico, lo que fue demostrado recién en los años 50. En las siguientes dos décadas los investigadores identificaron que son los neurotransmisores los responsables de los mensajes interneuronales. Durante esos años fueron identificados diversos aminoácidos y otras moléculas como transmisores químicos. Además de la acetilcolina, se descubrió la glicina, serotonina, glutamato, GABA, dopamina y la norepinefrina. Hoy se conocen unas 100 moléculas que actúan como neurotransmisores. También se descubrió que no todas actúan directamente, que algunos neurotransmisores modifican la acción de otros y en ciertos casos el mensaje final es eléctrico.


Otro aspecto del cerebro, basado en el descubrimiento de Ramón y Cajal y que había quedado sin respuesta, era la forma en que las neuronas desarrollan sus conexiones. Miles de millones de conexiones cumplen funciones específicas y no son producto de un crecimiento casual. La primera idea de esto proceso la obtuvieron los científicos en los años 40 estudiando el sistema visual de ranas y salamandras. Descubrieron que los nervios del ojo, cuando son cortados, se regeneran y los axones (brazos de las neuronas) encuentran sus conexiones originales.

Mientras los biólogos moleculares iban descifrando la actividad electroquímica de las neuronas, los neurólogos trataban de ubicar las funciones del cerebro. A partir del accidente de Phineas Gage, y el estudio de otros pacientes con lesiones cerebrales, se llegó a la conclusión de que ciertas funciones mentales están ubicadas en zonas específicas del cerebro. En 1957, un paciente identificado con las iniciales H.M. permitió a la Dra. Brenda Milner ubicar ciertas funciones de la memoria en el lóbulo temporal. Al año siguiente neurólogos suecos descubrieron que la enfermedad de Parkinson está ligada a la dopamina y ubicaron su origen en una región determinada del cerebro.



Una serie de experimentos con monos, gatos y ratones permitieron asociar directamente zonas específicas del cerebro con la percepción visual. Para sorpresa de los neurólogos se descubrió que la visión está dividida en funciones, y que diversas formas se registran en lugares especificos del cerebro. Los electroencefalogramas ayudaron a ubicar regiones de la actividad cerebral, pero recién en 1990 cuando Segi Ogawa logró crear imágenes de la actividad mental por resonancia magnética (PET), pudo estudiar el cerebro en actividad sin invadirlo. A partir de entonces se aceleró la identificación de las funciones de diversas regiones del cerebro.

El conjunto de estos descubrimientos, principalmente en la segunda mitad de este siglo, nos ha dado una visión del cerebro que nadie soñó alcanzar en la época de Ramón y Cajal. Paralelamente, los genetistas han descubierto la causa de ciertas enfermedades neurológicas en los genes defectuosos, como en la enfermedad de Huntington.



Al acabar el siglo XX, los neurólogos cuentan con un mapa parcial de las funciones cerebrales y con conocimientos de biología molecular sobre el funcionamiento de su inmensa red de conexiones. Sin embargo, a medida que se descubren nuevas funciones y mecanismos, resulta evidente la asombrosa complejidad del sistema. Tal vez el aspecto menos conocido y más importante es la capacidad del cerebro de modificarse, adquiriendo información, guardándola en la memoria para luego recabarla y darle uso. Este es el proceso de aprendizaje y alteración de la conducta de acuerdo a las circunstancias, que distingue a los seres pensantes y que estamos aún muy lejos de entender.

PET: Positron Emission Tomography (Tomografía por Emisión de Protones)


Unger, T. Qué sabemos del cerebro. En El Comercio, 17.12.2000
Imágenes: espacial.org., pichicola.com, lynuz.org., tecmente.comuf.com, periodistadigital.com,

martes, 27 de julio de 2010

El misterio de la mente (V)




Poco después de realizar el primer trasplante de corazón del mundo, Christian Barnard declaró que el trasplante de cerebro era inverosímil, en un futuro próximo, pues la naturaleza del tejido del sistema nervioso central (que incluye el cerebro) hacía virtualmente imposible tal operación. Añadió el famoso cirujano que ni siquiera el caso de que fuera técnicamente factible podría hablarse realmente de trasplante del cerebro humano, pues lo que se haría en realidad sería proporcionar al cerebro un cuerpo nuevo. En consecuencia, tal operación sería un trasplante de cuerpo, no un trasplante de cerebro.

Esta distinción semántica indica claramente el puesto único del sistema nervioso entre todos los demás componentes del organismo humano. Representa el "yo" del individuo, mientras que los demás sistemas sólo representan funciones biológicas. Un cirujano puede cambiar el corazón, el hígado o el pulmón de un individuo, o hacerle un trasplante óseo o epidérmico, sin alterar su naturaleza esencial. Pero no puede decirse lo mismo en el caso de trasplante de cerebros. El receptor se consideraría, sin duda alguna, como el donante equipado con un cuerpo nuevo.

La explicación de Christian Barnard expresa algo que pocos estamos dispuestos a aceptar: que la masa de materia gris, húmeda y gelatinosa llamada cerebro es una y la misma cosa que nuestro yo consciente. Es a la vez mente y cuerpo, el órgano más importante del organismo vivo.


La neurona, unidad básica del sistema nervioso, es quizá la más interesante de todas las células vivas. Es, por una parte, una unidad eléctrica que (en la mayoría de los casos) o está conectada y en acción, o desconectada, sin presentar estados intermedios, y que produce su propia corriente a partir de un potencial de energía constantemente disponible. Cuando actúa, la neurona conduce un impulso eléctrico, el "impulso nervioso", a lo largo de una fibra llamada "axón". Por otra parte, la neurona es una unidad química, y cuando se transmite un impulso nervioso de una célula a otra célula (o a un músculo o una glándula), la transmisión momentánea constituye de modo general un fenómeno químico más que un fenómeno eléctrico. La actividad química tiene lugar en un complejo órgano de contacto, la "sinapsis" entre el axón de la célula transmisora y el cuerpo o una "dendrita" de la célula receptora. Las dendritas son las diversas prolongaciones (además de la neurita, axón o cilindroeje) del cuerpo celular. Lo que ocurre en la sinapsis determina el desarrollo del importantísimo proceso de comunicación entre las neuronas.

Con escasas excepciones, las células nerviosas, muy variadas, son microscópicas, a pesar de que en algunos casos sus neuritas ultrafinas llegan a medir varios decímetros. Estas minúsculas dimensiones se hacen patentes si pensamos que el cerebro humano de diez a doce mil millones de neuronas, todas las cuales están envueltas en otro tipo de células, las células "neuróglicas", que las superan en número. Incluso un nervio que corre a lo largo del cuerpo consiste en un manojo de fibras de células nerviosas, axones, y en un nervio único, que puede imaginarse como una línea telefónica principal, puede haber 100.000 fibras, siendo cada una de ellas la extensión de una neurona.

Todas estas células, que suman tres o cuatro veces el número de habitantes de la tierra, funcionan en armonía para dirigir el mecanismo electroquímico de un sistema infinitamente complejo de información y de control que decide lo que cada ser humano es en conjunto. Su poder más notable y misterioso es algo que todos aceptamos despreocupadamente: el poder de almacenar una asombrosa cantidad de información y recordarla a voluntad. El maravilloso proceso de la memoria puede verse en el hombre de ochenta o noventa años que relata los detalles de una experiencia vivida a los seis. Estremece, por ejemplo, el caso de un albañil que fue capaz, bajo hipnosis, de describir todas las muescas y vetas de un ladrillo que había colocado en una pared hacía veinte años. Hace varias décadas, los científicos estimaban que en setenta años de vida el cerebro humano, solo en estado de vigilia, recibe, y posiblemente almacena, unos quince billones de "bitios" de información (un bitio es la unidad más pequeña de información de un aparato de registro, como, por ejemplo, un computador). Pero esto no es más que un simple dato estadístico que difícilmente puede reflejar la naturaleza mágica de la memoria, cuyas funciones apenas hemos empezado a comprender, a pesar de que es primordial para todas las capacidades humanas.

Los investigadores descubrieron que las células nerviosas no se ajustan a ninguna descripción, sino que adoptan una amplia variedad de complejas formas geométricas y dimensiones. Sin embargo, hay características comunes. Toda célula tiene un cuerpo central, el "perikarion". Dentro de él se encuentra el centro metabólico que proporciona lo necesario para el propio mantenimiento de la célula y para satisfacer sus necesidades funcionales. Muchos de los elementos internos, los "organículos", que realizan el trabajo, son estructuras que se hallan en otros tipos de células vivas: las mitocondrias y los complejos de Golgi son dos ejemplos. Una de las principales tareas del perikarion es la síntesis de carbohidratos, líquidos, y, sobre todo, proteínas. "El significado biológico de las proteínas no necesita subrayados", explica un libro de texto de bioquímica. "Si podemos considerar a los carbohidratos y a los lípidos los combustibles del horno metabólico, debemos considerar que las proteínas forman no sólo el aparato estructural, sino también los mecanismos y palancas de la maquinaria operadora. De hecho, arriesgándonos a llevar a extremos la analogía, debemos considerar a las hormonas proteínicas (que actúan como reguladoras del metabolismo), como la alta dirección que proyecta la política de la empresa".



En resumen, la misión de recepción y transmisión de una célula nerviosa puede ser algo muy complejo. Como acabamos de ver al analizar las entradas celulares, cientos o miles, con mensajes bien inhitorios, bien excitatorios, pueden incidir en una sola célula cuya misión es a su vez inhibitoria o excitatoria. Si se activa un impulso en la célula receptora, la actividad eléctrica recorre el axón y es distribuida a través de sus ramas. Cada una de estas llega luego a una sinapsis entre varias otras (inhibitorias y excitatorias) que forman las entradas de otra célula, que es también por su parte inhibitoria o excitatoria. Tal complejidad desafía la capacidad de comprensión si se recuerda que el sistema nervioso central del hombre contiene suficientes conexiones sinápticas como para ligar diez o doce mil millones de células nerviosas. Incluso zonas funcionales independientes como el ojo, desafían cualquier intento de imaginar el intrincado circuito. La retina depende de unos 130 millones de células receptoras, y las fibras que conducen al cerebro son aproximadamente un millón.






Stevens, L. (1974). Exploradores del cerebro. Barcelona: Barral
Imágenes: piuravirtual.com, javifan.blogspot.com, mononeurona.org., tvplayvideo.com

sábado, 12 de junio de 2010


El misterio de la mente (IV)



El hemisferio derecho, el cerebro artístico

Hacia el año -400, Hipócrates escribió sobre la posible dualidad del cerebro humano, pero fue en 1684 cuando un inglés, sir Thomas Browne, sugirió que cada una de las dos mitades del cerebro podría tener ciertas preferencias y especializaciones en el gobierno de la conducta humana, con lo cual el significado de la observación de Hipócrates aparecía claro. La idea de Browne, que consideraba que cada una de las dos mitades del cerebro tenía funciones totalmente distintas, no alcanzó difusión ni empezó a considerarse hasta 1874, en que John Hughlings Jackson introdujo la idea de que el cerebro ténía un hemisferio "dirigente".


Sin embargo, a partir de 1942, las investigaciones han demostrado definitivamente que el hemisferio derecho tiene la misma importancia que el izquierdo, y que es el principal responsable de las facultades viso-espaciales, de la capacidad artística y de la comprensión y apreciación de la música.

(...)

Se comprobó así mismo que el hemisferio derecho gobernaba tantas funciones especializadas como el izquierdo, y lo que era quizá más importante, que la forma de elaborar la información era, obviamente, diferente en cada uno de los hemisferios. El hemisferio derecho no utiliza los mecanismos convencionales para el análisis de los pensamientos que utiliza el hemisferio izquierdo. En lugar de ello, el hemisferio derecho, centro de las facultades viso-espaciales no verbales, concibe las situaciones y las estrategias del pensamiento de una forma total. El hemisferio izquierdo elabora la información en fases lógicas y analíticas, usando como investigador y mediador el poder del lenguaje, mientras que el hemisferio derecho integra rápidamente varios tipos de información y acto seguido los transmite como un todo. El método de elaboración utilizado por el hemisferio derecho se ajusta al tipo de respuesta inmediata que se requiere en los procesos visuales y de orientación espacial.



El lóbulo frontal derecho y el lóbulo temporal derecho parecen los encargados de ejercer las especializadas actividades no verbales del hemisferio derecho. Esto se corresponde, en muchos aspectos, con las funciones de control del habla que ejercen el lóbulo frontal y el lóbulo temporal del hemisferio izquierdo. Los otros dos lóbulos del hemisferio derecho, el parietal y el occipital, tienen al parecer menos funciones. Sin embargo, como resultado del estudio de pacientes con el cerebro dividido (seccionado), o con pacientes que padecen lesiones en el hemisferio izquierdo, se ha detectado un pequeño grado de comprensión verbal en el lóbulo pariental derecho, que tiene la capacidad de comprender una selección de nombres y verbos simples. Y recíprocamente, el lóbulo parietal izquierdo parece que tiene ciertas funciones espaciales limitadas. Por lo tanto, aunque el hemisferio derecho está, sin duda, especializado en las funciones no verbales, concretamente en las viso-espaciales, no resulta fácil discernir la diferencia entre los dos hemisferios.

El hemisferio derecho está considerado, de cualquier modo, como el receptor e identificador de la orientación espacial, el responsable de nuestra percepción del mundo en términos de color, forma y lugar. Utilizando las facultades del hemisferio derecho, somos capaces de situarnos y orientarnos; podemos saber por qué calle estamos caminando mirando simplemente la arquitectura de los edificios que hay a uno y otro lado de ella, esto es la forma y aspecto de las fachadas, de los tejados y de las puertas de entrada. Si vamos caminando por la calle y reconocemos un rostro, la identificación de dicho rostro corre a cargo también de la memoria visual del hemisferio derecho. El nombre que corresponde a la persona que posee dicho rostro conocido lo proporciona, en cambio, el hemisferio izquierdo.



(...)

Otras investigaciones de tipo especulativo sugieren que la preferencia que muestra una persona al girar la cabeza está relacionada con sus preferencias en la elección de trabajo. Si la cabeza gira normalmente hacia la izquierda, existe una tendencia hacia las actividades no verbales, regidas por el hemisferio derecho, como por ejemplo la música y la pintura. Si la cabeza se gira habitualmente hacia la derecha, parece que existe una preferencia por las actividades en las que intervienen el lenguaje o la lógica.



Rayner, C. (1985). La mente humana. Buenos Aires: Orbis
Imágenes: iesdavinci.sytes.net, librodenotas.com, profejuani.blogia.com, supermanublog.blogspot.com

martes, 18 de mayo de 2010

El misterio de la mente (III)




Vivimos en un siglo más sutil; pero no parece que los argumentos básicos cambien jamás. La torpeza del índice craneano fue reemplazada por la complejidad de los tests de inteligencia. Los signos de criminalidad innata ya no se buscan en notorios estigmas anatómicos, sino en criterios propios del siglo XX: en los genes y en delicadas estructuras cerebrales.




A mediados de la década de 1960 empezaron a publicarse artículos donde se establecía una relación entre una anomalía cromosómica de los varones denominada XYY, y la conducta violenta y criminal. (Los varones normales reciben un solo cromosoma X de sus madres y un cromosoma Y de sus padres; las hembras normales reciben un solo cromosoma X de cada uno de sus padres. Puede suceder que un niño reciba dos cromosomas Y de su padre. Los varones XYY se parecen a los varones normales, pero su altura suele ser un poco superior a la media, su piel presenta ciertos defectos y, en promedio -aunque sobre esto no existe consenso-, tienden a obtener resultados algo inferiores en los tests de inteligencia.) Sobre la base de un reducido número de observaciones y relatos anecdóticos acerca de unos pocos individuos XYY, y de la elevada presencia de dicha clase de individuos en instituciones mentales concebidas para la reclusión de delincuentes con deficiencias mentales, se urdió una historia acerca de unos cromosomas que determinarían la conducta criminal. La historia saltó al dominio público cuando los abogados defensores de Richard Speck, asesino de ocho estudiantes de enfermería de Chicago, intentaron atenuar su condena afirmando que se trataba de un XYY. (En realidad, es un varón XY normal.) La revista Newsweek publicó un artículo titulado "Criminales congénitos", y la prensa difundió innumerables notas acerca de la última reencarnación de Lombroso y sus estigmas. Entretanto, la investigación académica recogió el tema, y hasta el momento se han escrito cientos de artículos sobre las consecuencias comportamentales de ser un XYY. Un grupo bienintencionado, pero, en mi opinión, ingenuo, de médicos bostonianos empezaron a desarrollar un vasto programa de selección entre niños recién nacidos. Esperaban poder probar la existencia, o inexistencia, de una vinculación entre el hecho de ser un XYY y el de comportarse en forma agresiva, basándose en una vigilancia del desarrollo de una amplia muestra de niños dotados de dicha constitución cromosómica. Pero, ¿la predicción misma no asegura su propio cumplimiento? Porque los padres estaban al corriente, y las precauciones experimentales más extremas son incapaces de hacer frente a los informes de la prensa y a las inferencias que los padres preocupados extraen del comportamiento agresivo que de vez en cuando todo niño manifiesta. Y qué decir de la angustia de los padres, sobre todo si la correlación entre ambos fenómenos resulta falsa, como todo parece indicar.
En teoría, la única base para suponer la existencia de una vinculación entre el hecho de ser XYY y tender a la agresividad criminal ha sido la idea notablemente simplista de que, como los varones son más agresivos que las hembras y poseen un cromosoma Y que las hembras no tienen, dicho cromosoma Y ha de ser la sede de la agresividad, y una dosis doble entraña una duplicación de esta última. En 1973, un grupo de investigadores (Jarvik et. al., págs. 679-680) declaró lo siguiente: "El cromosoma Y es el que determina la masculinidad; por tanto, no debe sorprender que la presencia de un cromosoma Y adicional pueda producir un individuo dotado de un alto grado de masculinidad, que se revela en características como la altura inusual, la mayor fertilidad... y unas poderosas tendencias agresivas".



En la actualidad, ha quedado en evidencia el carácter mítico de la historia de la constitución cromosómica XYY como estigma de criminalidad (Borgaonkar and Shah, 1974; Pyeritz et. al., 1977). Estos dos estudios revelan los defectos metodológicos elementales de que adolecen la mayoría de los trabajos que afirman la existencia de una vinculación entre la constitución cromosómica XYY y la criminalidad. El número de varones XYY internados en instituciones mentales para delincuentes parece ser mayor que el normal, pero no hay pruebas seguras acerca de una eventual presencia elevada de los mismos en las cárceles comunes. Un máximo del 1% de los varones XYY norteamericanos pueden pasar parte de su vida en este tipo de instituciones mentales. Sumándole la cantidad de dichos individuos que pueden ser internados en cárceles comunes con la misma frecuencia que los varones XY normales, Chorover (1979) calcula que un 96% de los varones XYY llevan una vida ordinaria y nunca atraen la atención de las autoridades penales. ¡Vaya porción relativamente elevada de individuos XYY en instituciones mentales para delincuentes guarde relación alguna con la existencia de niveles elevados de agresividad innata.


Otros científicos han atribuido la conducta criminal al mal funcionamiento de áreas específicas del cerebro. Después de los grandes disturbios ocurridos en los ghettos negros durante el verano de 1967, tres médicos escribieron una carta al prestigioso Journal of the American Medical Association, en la que decían lo siguiente (citado en Chorover, 1979): Es importante advertir que sólo un pequeño número de entre los millones de habitantes de los barrios bajos participaron en los disturbios, y que sólo una fracción de los mismos cometieron actos incendiarios, lanzaron disparos y perpetraron asaltos. Ahora bien, si la única causa y factor desencadenante de los disturbios fuesen las condiciones de vida en esos barrios, ¿cómo la amplia mayoría de sus habitantes podría resistir entonces la tentación de la violencia desenfrenada? ¿Acaso hay algo en el violento que lo distingue de sus vecinos pacíficos?

Todos tendemos a generalizar partiendo de nuestras respectivas áreas de especialización. Los médicos que escribieron esa carta son psicocirujanos. Sin embargo, ¿por qué la conducta violenta de algunas personas desesperadas y desalentadas tendría que indicar la existencia de algún desorden específico en su cerebro, si en el caso de la corrupción y la violencia de ciertos miembros del Congreso y ciertos presidentes no se elabora una teoría similar? Las poblaciones humanas presentan una gran variabilidad en todos los aspectos del comportamiento; el mero hecho de que unos hagan algo y otros no, no constituye prueba alguna de que el cerebro de los primeros padezca de alguna patología específica. ¿Hemos de concentrarnos en el desarrollo de una hipótesis carente de toda base, acerca de la violencia de unos pocos -hipótesis acorde con la filosofía determinista que consiste en culpar a la víctima-, o, al contrario, hemos de tratar de empezar por eliminar la opresión que construye ghettos y mina la moral de sus pobladores en paro?




Stephen Jay Gould (1988). La falsa medida del hombre. Buenos Aires: Orbis-Hyspamerica
Imágenes: unaplagadeespias.blogspot.com, desdelalma.net, curtispublishing.com, sinergia.wordpress.com, plataformasinc.es

viernes, 9 de abril de 2010


El misterio de la mente (II)


Con el afán de encontrar pruebas que ratificaran el prejuicio de la superioridad intelectual de la "raza blanca", hasta los más connotados científicos desbarraron: los argumentos más descabellados se dieron lugar para acomodar los "objetivos" datos numéricos a estos juicios a priori. A continuación, el evolucionista Stephen Jay Gould escribe acerca del sesudo estudio dedicado a la relación entre forma craneal y superioridad racial. Las conclusiones son sorprendentes.



El índice craneano


Aparte del tamaño mismo del cerebro, las más venerables, y más manipuladas, medidas craneométricas fueron, sin duda, la del ángulo facial (la proyección anterior del rostro y la mandíbula: cuanto menos pronunciada, mejor) y la del índice craneano. Este último nunca había servido demasiado, si bien era muy fácil de medir. Se lo obtenía calculando la proporción entre el ancho máximo y el largo máximo del cráneo. Los cráneos relativamente alargados (proporción de 0,75 o menos) se llamaban dolicocéfalo; los relativamente cortos (por encima de 0,8), braquicéfalos. Anders Retzius, el científico sueco que popularizó el índice craneano, construyó una teoría de la civilización basada sobre el mismo. Estaba convencido de que en la edad de piedra los pueblos europeos habían sido braquicéfalos, y de que posteriormente esa población autóctona y más primitiva había sido desplazada por elementos más avanzados (dolicocéfalos indoeuropeos o arios) que ya se encontraban en la edad de bronce. Alguna estirpes braquicéfalas autóctonas sobrevivirían entre ciertos pueblos atrasados como los vascos, los finlandeses y los lapones.



Broca refutó en forma categórica ese cuento popular descubriendo la existencia de cráneos dolicocéfalos tanto entre restos fósiles de la edad de piedra como en vestigios modernos de estirpes "primitivas". De hecho, Broca tenía buenas razones para desconfiar de los intentos realizados por científicos nórdicos y teutónicos para venerar la dolicocefalia considerándola signo de superioridad mental. La mayoría de los franceses, incluido el propio Broca (Manouvrier, 1899), eran braquicéfalos. En un pasaje que recuerda su descalificación de las tesis de Tiedemann en favor de la igualdad entre los cerebros negros y blancos, Broca caracterizó la doctrina de Retzius como una satisfacción de sus propios intereses egoístas que nada tenía que ver con la verdad empírica. ¿Se le habrá ocurrido alguna vez que él mismo podía incurrir en el mismo tipo de falta?
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Como es obvio, Broca se negó a identificar la braquicefalia con la estupidez intrínseca. Sin embargo, el prestigio de la dolicocefalia era tan grande que Broca se sintió bastante molesto cuando descubrió cabezas alargadas en sujetos cuya inferioridad estaba fuera de duda: suficientemente incómodo como para inventar uno de sus más sorprendentes, e irrefutables, argumentos. El índice craneano había conducido a una dificultad imprevista: los negros africanos y los aborígenes de Australia no sólo eran dolicocéfalos, sino que también resultaron ser la gente con cabeza más alargada del mundo. Para colmo de la humillación, los cráneos fósiles de Cro-Magnon no sólo eran más grandes que los de los franceses modernos, sino que también eran más dolicocéfalos que ellos.


A la dolicocefalia, razonó Broca, podía llegarse por diferentes vías. La dolicocefalia que se interpretaba como signo del genio teutónico derivaba, sin duda, del alargamiento frontal. En cambio, la dolicocefalia existente en pueblos cuya inferioridad era bien conocida debía de haberse desarrollado a través de un alargamiento de la parte posterior: dolicocefalia occipital, según la terminología de Broca. Con un solo golpe, el craneometrista francés dio cuenta de la superioridad craneana y de la dolicocefalia de sus fósiles de Cro-Magnon: "Su capacidad craneana general resultó mayor que la nuestra debido a un desarrollo más pronunciado de la parte posterior del cráneo". En cuanto a los negros, su cráneo habría sufrido un alargamiento posterior y una disminución frontal, lo que explica que su cerebro sea más pequeño en general y exhiba una dolicocefalia (que no debe confundirse con la de estilo teutónico) mayor que la de cualquier otro grupo humano. En cuanto a la braquicefalia de los franceses, no se trata de una ausencia de alargamiento frontal (como afirmaban los partidarios de la supremacía teutónica), sino de un suplemento de anchura en un cerebro ya digno de admiración.





Stephen Jay Gould (1988). La falsa medida del hombre. Buenos Aires: Orbis-Hyspamerica

viernes, 2 de abril de 2010

El misterio de la mente (I)

La psiquis humana ha sido objeto de interés y de estudio desde la antigüedad. Ya entre los siglos V y IV antes de nuestra era, Hipócrates de Cos, médico griego, había identificado cuatro "humores" que, según él, daban fundamento a la naturaleza humana: flema, sangre, bilis amarilla y bilis negra. Varios siglos después, la psicología retomó esta teoría para establecer una de las tantas tipologías de la personalidad que se han elaborado. A continuación, iniciamos una serie dedicada a la psiquis humana, tan estudiada y tan malinterpretada, pero tan poco comprendida.




La verdad del hipnotismo


El fenómeno del hipnotismo está muy ligado a la histeria y la personalidad múltiple. Fue descubierto en Viena en 1774 por el médico Anton Mesmer. Al saber que algunos médicos ingleses trataban ciertas enfermedades con imanes, Mesmer dio a beber a una paciente agua que contenía hierro y entonces aplicó imanes en algunas partes de su cuerpo, con lo que sus síntomas se aliviaron. Durante el tratamiento, la paciente relató que creía notar un líquido misterioso que fluía por su cuerpo, y Mesmer creyó que este líquido misterioso, responsable de la curación de su paciente, estaba presente en todo el Universo, incluido el hombre. Así pues, pensó que no era necesario beber agua con hierro ni utilizar imanes para efectuar una curación, y que podría aliviar los síntomas de sus pacientes con sólo tocarlos, mirarles a los ojos o mover su mano sobre la parte del cuerpo afectada. Mesmer creía que lograba estos resultados por su propio "magnetismo animal", con el que dirigía el líquido misterioso por el cuerpo de sus pacientes.


Mesmer se trasladó a París en 1778, donde durante varios años causó sensación curando a cientos de pacientes, creando un culto y afanándose en vender su descubrimiento al Gobierno francés. El resultado fue que en 1784 el rey nombró una comisión para que investigara el asunto, y terminó prohibiendo la práctica del magnetismo animal.


En la década de 1780, uno de los seguidores de Mesmer, el marqués de Puységur, se dio cuenta de que el "magnetismo animal" era debido al efecto psicológico que tenía sobre el paciente la autoridad y el poder de persuasión de la persona que "magnetizaba". A este fenómeno se le llamó "hipnotismo", nombre dado por el inglés James Braid en 1840. A pesar de que hasta aproximadamente 1880 la profesión médica lo vio con recelo y en tres ocasiones la Academia francesa de Ciencias negó su legitimidad como técnica, en algunos casos se reconocía su eficacia, como en el tratamiento de Estela llevado a cabo por Despine. El hecho de que la Academia reconociera el hipnotismo en 1882 fue un triunfo personal de Charcot, resultado de sus trabajos.


Mientras aumentaba la fama de la Salpetriere, en Nancy se formaba una escuela rival de hipnotismo bajo la dirección del médico Hippolyte Bernheim. Contrariamente a Charcot, que creía que el hipnotismo era una condición patológica responsable de la aparición de la histeria por autosugestión y que podía ser utilizada en su tratamiento, Bernheim opinaba que el hipnotismo era un fenómeno general, un estado muy fuerte de sugestionabilidad (éste es el punto de vista actual). Bernheim empezó utilizando la hipnosis para tratar diversas alteraciones, aunque con el tiempo la sustituyó por la sugestión en estado de vigilia.


Bernheim sostenía que los resultados obtenidos en la Salpetriere eran meros artificios, y, de hecho, algunos de los ataques epilépticos más espectaculares allí observados resultaron ser simulados. Charcot murió en 1893, y poco tiempo después se supo que algunos de los miembros de su equipo preparaban a los pacientes más importantes para complacer al maestro sin que éste tuviera noticia de ello. Y , lo que quizás es más importante, los mismos enfermos, debido a la dependencia que crea el hipnotismo y la relación médico-paciente y también por haber observado ataques genuinos de epilepsia, producían estos síntomas sin ser conscientes de ello. (...) Después de la muerte de Charcot, el equipo de la Salpetriere se apartó de las teorías del maestro y de la hipnosis. Aparte de los artificios antes descritos, que podrían disculparse, la utilización de la hipnosis para ordenar o sugerir que los síntomas histéricos desaparecieran (el método de Charcot) no solían dar resultado...






Winson, J. (1987). Cerebro y psique. Barcelona: Salvat
Imágenes: sites.google.com, eleterokartya.hu, hypnos.co.uk

sábado, 13 de marzo de 2010


Jotos y mujeres en la literatura mexicana

En México se denomina joto al homosexual y también al afeminado. Lo que sigue es un texto de 1934 publicado en el libro México de Frente y de Perfil del boliviano Tristán Marof. Estamos en plena época de acomodo posrevolucionario y en la literatura oficial mexicana "brillan" féminas y afeminados.


El viajero o el observador, desde el primer instante se sorprende en México del abuso literario de la palabra "joto". Cualquiera se imagina que se trata de algún nombre consagrado. El encanto se desvanece rápidamente, pues los señores literarios "jotos" son tristes y desvaídos burócratas, que desempeñan servicios inferiores en la administración mexicana. Ni siquiera constituyen una banda pintoresca de "pillos" o de "boleros". Trátase de un Salvador Novo o de un Villaurrutia, o de un Genaro Estrada, o de otros, el desencanto es igual. Estos señores pretenden una sutilidad y una mundanidad que sólo dan los viajes y la sabiduría. Salvador Novo o Bobo, es festejado por Xavier Villauretra. Los versos de Genaro Estrada, poeta cuyas nalgas pesan cerca de ciento cincuenta kilos, los leen únicamente él y sus camaradas diplomáticos después de sorber dos docenas de ostras. No tienen ni imaginación. Salvador Novo es autor de un libro sedante, jactancioso y para ciertas mujeres lesbias. Genaro Estrada ha compuesto su "Pero Galín", editado maravillosamente a costa del erario público en México. En este libro el autor relata aventuras cinematográficas e inverosímiles, de pésimo gusto provinciano. Yo me burlé finamente de Genaro Estrada diciéndole que su obra era lo mejor que se había escrito en América Latina desde hacía veinticinco años. Subrayé la palabra mejor y Genaro me escribió conmovido una carta. ¡Yo era entonces en esa época para él un gran artista y un fino crítico! Pero meses después su descontento fue terrible, debido a una crónica que publicó el "Diario de la Marina", de la Habana, sobre la verdadera realidad intelectual mexicana. Aunque el artículo iba firmado por el pintor Diego Rivera y no tenía sino una líneas de exordio mías, "Genaro y su grupo" sospecharon ingenuamente que yo pudiera ser el autor. En el comentado artículo, y que circuló en México de mano en mano, Diego Rivera hablaba de Estrada deliciosamente. Lo llamaba Pontífice de las letras y reaccionario de vieja escuela, pues el poeta en otro tiempo había pertenecido a la redacción de un periódico porfiriano "El Mañana". Contaba Rivera, además, una aventura muy singular que le sucedió al bardo estridentista mientras hacía la digestión tendido en una cama "estilo medicis". Parece que una lámpara de bastante peso, rompiendo sus cadenas cayó sobre su vientre, interrumpiéndole la inspiración.

¡Sabido es que Genaro Estrada se inspira por el vientre desde antes de la revolución mexicana! Tal es el prosista, poeta y diplomático que sirve incondicionalmente en el Ministerio de Relaciones Exteriores a los generales. He aquí una de sus poesías:

"Quisiera ser mariposa..., quisiera ser mariposa y posarme en las más altas ramas de un árbol frondoso"...

(Un ironista agregó: ¡Ilusiones de un gordo!...)


Me olvidaba agregar que Genaro Estrada desde su espectacular puesto burocrático ejercita también sus "venganzas de poeta!... Que de él se diga que es un pésimo político o un lamentable diplomático, no le interesa; pero que alguien se atreva a dudar de su talento poético, inmediatamente el que esto dice es blanco de sus furias. Le tocó a Paco Zamora, periodista nicaragüense y nacionalizado mexicano, dudar de Genaro Estrada le valió una expulsión del país como ¡extranjero pernicioso! (...) Otro literato purista, sin ser "joto" pero que hace literatura "jota", es el estimable joven Torres Bodet. "Sus obras son más selectas y más complicadas que las de sus amigos. ¡Los demás "jotos" le odian porque es trabajador! Su novela "Margarita la Niebla" es un "caso brumoso, nórdico, delicado", que se desarrolla en México, país de primavera, en uno de los barrios aristocráticos de la capital. El libro "Dama de Corazones", de Villaurrutia, es un trabajo que debe leerse con deleite en los garitos y entre los "marihuanos"...
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Entre el grupo "jotista" y las mujeres existe, en verdad, poca diferencia. ¡Sin embargo, las mujeres, en toda época y en toda circunstancia, siempre son más agradables!... Tienen por lo menos su especialidad. Toda mujer de talento por lo general es fea. Ahí están Madame de Stael, Gina Lombroso, Gabriela Mistral. Las mujeres mexicanas que escriben son agradables. No se puede decir que carezca de belleza la amable escritora Amalia Castillo Ledon. Catalina D'Erzell, a pesar de sus cuarenta años exhibe por todas partes su cuerpo de serpiente. No me explico que estas damas teniendo encantos tan apreciables se de a la pesada tarea de escribir y deleitar a los burgueses. Los señores burgueses prefieren el cuerpo de Catalina D'Erzell a sus obras literarias. María Luisa Ross, a quien ciertamente "su cultura la aproxima a las antiguas épocas griegas", es admirada y festejada por la sociedad burguesa. Ella se sitúa en el Partenón y, tal vez por eso, espíritus demasiado alacres la juzguen una de las mejores ruinas. En cambio María Amalia Castillo Ledon es una delicia como "escritora de la revolución mexicana". Los altos funcionarios y los generales admiran en ella sus ojos garzos, sus piernas de estrella, su voz cándida y suave, la cabellera que se rebela detrás de sus finas orejas, sus caderas que se deshacen en curvas poéticas, su cadencia y ritmo al andar. Con que unción el Licenciado Portes Gil y el ingeniero Marte Gómez supieron escuchar a la escritora cuando recitaba las poesías de Urbina o de Espronceda. ¡Una mujer tan agraciada es natural que produzca una literatura especial! (...) Amalia Castillo Ledon es toda una esperanza para el teatro mexicano. Sobre todo ha demostrado que tiene habilidad y belleza natural para triunfar en cualquier escenario. Otra vez recordamos sus ojos garzos, su voz suave, sus piernas de estrella y tanto que hay que decir en homenaje suyo, según la autorizada expresión de un autor teatral llamado Vargas Rea, el cual no representa sus obras por ser "agrarista calificado". Catalina D'Erzell se preocupa de cuestiones psicológicas... ¡Admírese el lector! Sus obras son de tesis... y para apreciarlas es preciso estar al tanto de Jiménez de Asúa, Freud, Marañón y otros. Catalina D'Erzell se ocupa de los "Hijos de la Otra", un drama suyo que ha sido bastante aplaudido por la prensa mexicana. Es una mujer curiosa que escribe por conquistarse un pedacito de gloria, raro capricho en estos tiempos. Le gustaría ser lo que fue Jorge Sand en Francia. Una anécdota pinta de cuerpo entero a la escritora: Cierta noche fui invitado a una reunión literaria a la que también estaba Catalina D'Erzell. Como es su costumbre, llegó la última y nos contó una aventura pintoresca. El "chaufer" habíale pretendido besarla. El "chaufer", que posiblemente era un asiduo concurrente a los dramas de Catalina D'Erzell, quería darle un beso, lo que no pareció extraño a nadie. Ella se negó al principio, discutió, usó de astucia, pero el "chaufer" quería un beso largo, lleno de saliva, de emoción, de aristocracia, tal como se dan los personajes de Catalina D'Erzell, en el teatro. En tal peligroso trance, ella convino con el "chaufer" el beso, pero a condición de que le permitiese bajarse. El "chaufer" también se bajó, y ésta fue la razón para que llegase tarde a la reunión.


Festejamos la ocurrencia de la escritora y le suplicamos que tomases una copa de coñac, pues se encontraba con cierto desgaste nervioso y medular. Alguien pretendió hablar mayor tiempo con ella pero Catalina se desmayó en sus brazos. ¡Hubo que llamar un espiritista!...



Tristán Marof (1934). México de frente y de perfil. Buenos Aires: Claridad.
Tristán Marof, seudónimo del escritor boliviano Gustavo A. Navarro (1898-1979).
Imágenes: lasiega.org, redescolar.ilce.edu.mx, sre.gob.mx, cache3.asset-cache.net, escritores.cinemexicano.unam.mx
El sexo, antes y ahora

Son pocos los periodistas que escriben bien y con el creciente imperio de lo audiovisual en el periodismo, la "especie" de estos periodistas que hacen buena literatura en sus trabajos, va a desaparecer. Con la muerte de Tomás Eloy Martínez la alianza de periodismo y buena literatura se ha empobrecido irremediablemente. A continuación, reproducimos un texto de don Tomás Eloy a modo de homenaje.




Aun a mediados de los años 1950, dos décadas después de que D.H. Lawrence hubiera publicado El amante de Lady Chatterley y Henry Miller su Trópico de Cáncer, la palabra "sexo" seguía pronunciándose en voz baja.

Se consideraba también ofensivo o de pésimo gusto verla asomar la nariz en diarios y revistas.

Aunque el sexo era inevitable, se vivía como si no existiera. Recuerdo los laberintos teológicos en que se internaban los profesores de religión cuando debían explicar el dogma de Pío IX según el cual María, madre de Dios, fue engendrada sin pecado original. Engendrar, concebir eran vocablos misteriosos en aquella época. Para definirlos, se empleaban sinónimos igualmente oscuros: procrear, reproducir, fecundar, copular. El lenguaje era una lluvia, pero los sentidos seguían siendo un desierto.

En ese mundo de represiones bajo control irrumpió el zoólogo norteamericano Alfred Charles Kinsey, y con sólo dos libros lo puso de cabeza abajo. Los tiempos eran inoportunos, porque la Guerra Fría había creado una paranoia que lo abarcaba todo: primero el comunismo, luego el sexo. La caza de brujas, encabezada por el senador Joseph McCarthy, estaba en su apogeo.

Ahora, quizá porque en el horizonte hay turbulencias parecidas, la figura de Kinsey vuelve a ser el centro de otro debate ideológico, tanto más insólito cuanto más se piensa en que los crímenes de medio siglo atrás -la homosexualidad, la masturbación, el aborto- son ya temas de reflexión abierta.




Fiebre Kinsey

En 1997 se había publicado una excelente biografía de Kinsey, escrita por James H. Jones, que destacaba la tortuosa intimidad del propio Kinsey, con episodios de voyerismo, aventuras homosexuales consentidas por su esposa y estímulo a pedófilos para usar esas experiencias en su investigación.

Pero la verdadera marea de obras sobre el tema empezó en el otoño boreal de 2004 con una inteligente novela de T.C. Boyle, The Inner Circle (El círculo íntimo), que recrea los primeros años de Kinsey en Indiana a través del relato de un ayudante ficticio.

El segundo paso, más contundente, lo dio el realizador Bill Condon -autor de una refinada película de 1998, Dioses y Montruos- con su obra Kinsey, en la que el investigador es encarnado por Liam Neeson y su esposa por Laura Linney.

Tanto en la novela como en la película se explican en detalle las técnicas de interrogación empleadas para alentar confesiones, inspirar rápida confianza y no exhibir jamás el menor prejuicio. Aunque las entrevistas se hicieron con el cuidado y rigor que permitía un campo aún inexplorado, la Encyclopaedia Britannica aduce todavía que los datos obtenidos no son por completo dignos de confianza.

El equipo de Kinsey anotaba los resultados en una tabla donde las situaciones estaban escritas en clave, pero más de una vez se revelaban intimidades no previstas. La imaginación sexual del ser humano parecía no tener límites.

La Reina Victoria debió de haberse estremecido en su tumba. Si no lo hizo, decenas de instituciones religiosas y ligas de defensa de la familia tomaron su lugar y pusieron, literalmente, el grito en el cielo.

A Kinsey se le atribuyeron culpas varias: desde haber dado los primeros pasos para la revolución sexual que sobrevino en la década del 60 -en lo que hay algo de razón- hasta tener responsabilidad en los índices crecientes de sida, abusos sexuales a los niños, incesto y pornografía.




Todos contra el científico

La inquina llegó tan lejos que, en vísperas del estreno de Kinsey, la película de Bill Condon, una comentarista de televisión, la doctora Laura Schlessinger, hizo un llamado a un boicot nacional, sin éxito. Quizás alguien le haya advertido que por algún milagro de la esquizofrenia, la obra era una producción de Fox Searchlight, otra de las empresas del magnate conservador Rupert Murdoch, uno de los mayores donantes de las campañas para el aborto y sostén decisivo de George W. Bush en su campaña por la reelección.

Kinsey, la película, corre peligro de desatar pasiones más flamígeras en América Latina y España, donde todavía dura el desconcierto por las persistentes condenas últimas de Juan Pablo II al uso del preservativo -aún en los casos de riesgo severo de contraer el sida- "porque la práctica correcta de la sexualidad supone castidad y fidelidad".

Lo que Bill Condon pone en escena -sin juegos de palabras- es la idea de que el instinto sexual, para la mayoría de la especie, está ligado al placer antes que a la reproducción, y que más bien ésta es consecuencia de aquél.

Un personaje olvidado y marginal de la ciencia, al que la Encyclopaedia Britannica despacha en unas 20 líneas, va así camino de recomenzar el tumulto cultural que provocó con sus dos únicos libros, poco después de la Segunda Guerra.

El primero, Comportamiento Sexual del Hombre, publicado en 1948, tuvo un éxito instantáneo. Aunque es un relato ante todo estadístico, con fragmentos de confesiones intercalados, en los primeros tres meses vendió 200 mil ejemplares.

Cinco años después, el segundo libro, dedicado a las mujeres, levantó una polvareda aún mayor. Indignado, el reverendo Billy Graham declaró que Kinsey se había olvidado de entrevistar, sin duda, "a las cristianas de este país que construyen sus vidas con virtud, decencia y pureza".

Un par de semanas antes del estreno de Kinsey, Bush convocó a los senadores recién electos y les dijo que, si defendían causas como la pena de muerte para las prácticas de aborto y tolerancia cero a los matrimonios homosexuales, había llegado el momento de poner manos a la obra.

Los tiempos que corren son de prohibición y represión, pero la especie humana no acepta que se la prive de los derechos que creía ganados. Mientras el poder va en una dirección, el mundo sigue a pie firme en la dirección opuesta.



La República (Lima-Perú), 03.04.2005
Imágenes: blogs.rtve.es, americanfortruth.com

viernes, 29 de enero de 2010

Eros XV


Y de coraje

Una noche, hace añares, en un cafetín del puerto montevideano, estuve hasta el amanecer tomando tragos con una puta amiga, y ella me contó:

- ¿Sabés una cosa? Yo, a los hombres, en la cama, no los miro nunca a los ojos. Yo trabajo con los ojos cerrados. Porque si los miro me quedo ciega, ¿sabés?



Crónica del perseguido y la dama de noche

Se conocen, de madrugada, en un bar de lujo. A la mañana él despierta en la cama de ella. Ella calienta café; lo beben de la misma taza. Él descubre que ella se come las uñas y que tiene lindas manos de gurisa chica. No se dicen nada. Mientras se viste, él busca palabras para explicarle que no le podrá pagar. Sin mirarse, ella dice, como quien no quiere la cosa:
- No sé ni cómo te llamás. Pero si querés quedarte, quedate. La casa no es fea.

Y se queda.

Ella no hace preguntas. Él tampoco.

Por las noches, ella se va a trabajar. Él sale poco o nada.

Pasan los meses.

Una madrugada, ella encuentra la cama vacía. Sobre la almohada, una carta que dice: "Quisiera llevarme una mano tuya. Te robo un guante. Perdoname. Te digo chay y mil gracias por todo".

Él atraviesa el río con documentos falsos. A los pocos días, cae preso en Buenos Aires. Cae por una boba casualidad. Lo venían buscando desde hace un año.

El coronel lo insulta y lo golpea. Lo alza por las solapas:
- Nos vas a decir dónde estuviste. Vas a decirnos todo.

Él contesta que vivió con una mujer en Montevideo. El coronel no cree. Él muestra la fotografía: ella sentada en la cama, desnuda, con las manos en la nuca, el largo pelo negro resbalando sobre los pechos.
- Con esta mujer -dice-. En Montevideo.

El coronel le arranca la fotografía de la mano y de pronto hierve de furia, pega un puñetazo en la mesa, grita la puta madre que la parió, traidora hija de puta, me la va a pagar, desgraciada, ésta sí que me la va a pagar.

Y entonces él se da cuenta. La casa de ella había sido una trampa, montada para cazar a tipos como él. Y recuerda lo que ella le había dicho, un mediodía, después del amor:
- ¿Sabés una cosa? Yo nunca sentí, con nadie, esta... esta alegría de los músculos.


Y por primera vez entiende lo que ella había agregado con una rara sombra en los ojos:
- Alguna vez tenía que pasarme, ¿no? -había dicho-. Joderse. Yo sé perder.


(Esto sucedió en el año 56 ó 57, cuando los argentinos acusados por la dictadura cruzaban el río y se escondían en Montevideo).




Eduardo Galeano. Días y noches de amor y de guerra. Barcelona: Laia
Imágenes: 2.bp.blogspot.com, vladimirylili.blogspot.com

domingo, 24 de enero de 2010

Eros XIV




Según la tradición cashinahua, Kanáibari, al verse un día solicitado insistentemente por su ganosa nuera para que yaciese con ella, le dijo tajante: "No puedo hacerte el amor. Tengo una pinga tan grande, que si te uso, te voy a desfondar y morirás".


No quiso creerlo la loca peticionaria y siguió instando a su suegro para que la poseyese. Entonces, ante tanta insistencia, él la poseyó.


"Y cuando Kanáibari -dice la historia- se levantó de encima de ella, la sangre escapaba a grandes chorros de su vagina destrozada" (Marcel André d'Ans, La Verdadera Biblia de los Cashinahua. Lima, Mosca Azul, 1975, 338-339).





Marco Aurelio Denegri. De esto y aquello. En Domingo (suplemento dominicial de La República, Lima-Perú), 27.02.2005
Imagen: elcrisolonline.blogspot
Eros XIII

"Cara, mostramelo"

En su libro La Nostalgia es un Error, el escritor español José Luis de Villalonga, que además es uno de los hombres más elegantes de España, cuenta que un día Fellini lo llevó a tomar desayuno a la casa de una bella cuarentona de piel blanquísima y hermoso pelo negro, que los recibió en su dormitorio, recostada en una enorme cama de dosel; las sábanas eran de encaje y de plata el servicio para el desayuno, que por lo abundante hubiese satisfecho a quince invitados.


Concluida la visita, Fellisi besó castamente la frente de la doña y, al llegar a la puerta, voltea y le dice: "Cara, mostramelo" ("Querida, muéstramelo").

Ella entonces abre las sábanas, se vuelve, se alza el camisón y muestra un culo precioso, "uno de los culos más bonitos que he visto en mi vida", dice Villalonga.

"Fellini se quedó contemplándolo, con su dedo pulgar entre los dientes, durante unos minutos que parecieron una eternidad. Finalmente, soltó un 'grazie, cara, a domani' ("gracias, querida, hasta mañana") y nos marchamos".

"Una giornata senza quel culo e una giornata senza sole". ("Una jornada sin aquel culo es una jornada sin Sol"). Ese fue el único comentario de Fellini; solamente dijo eso.

"Después me enteré -refiere Villalonga-, por una actriz que trabajó mucho con él, de que a Federico le gustan mucho los culos de las señoras. En lo que se refiere a la dama del desayuno, a veces acude todos los días a verla; otras, una vez por semana, pero nunca hace nada con ella. Se limita a esa contemplación de esteta que, según parece, le basta, ya que nunca le pone una mano encima".

"Yo tenía ocho años -cuenta Fellini- y cursaba el segundo año de primaria. En aquella época, una mujer enorme, blanca y sucia, vivía solitaria en una choza que había construido con sus propias manos. Al anochecer se entregaba sobre la arena a los pescadores que tenían el valor de acercársele. Le pagaban, autorizándola a rebuscar en el fondo de las barcas lo que quedaba de esas sardinas minúsculas que en Rímini llamamos saraghine. Naturalmente a ella la llamaban 'La Saraghina'. Después de ella, sólo he amado con serenidad a mujeres con grandes culos". (Pasaje del libro Fellini, por José Luis de Villalonga, publicado en España en 1944, por El País-Aguilar. Cf. Vogue - España, 1994, Mayo, Nº 74, 34).




Marco Aurelio Denegri. De esto y aquello. En Domingo (suplemento dominical de La República), 10.07.2005
Imágenes: espormadrid.es
Eros XII

El zorro y la mujer adúltera


Cuentan que antiguamente vivía en la puna una mujer con su marido. Dicen que su perro era un zorro. Cada vez que el marido estaba de viaje, este zorro aprovechaba para hablar con ella.

Una ocasión, el marido salió de viaje con las llamas y dejó a su mujer con el zorro-perro. El zorro dormía siempre afuera, pero cuando el marido se ausentaba en sus viajes el zorro dormía dentro de la casa. Y así fue como el zorro se tiraba cada día a la mujer. ¿Cómo lo hizo? Así: la mujer dijo al zorro:
- Duérmete afuerita. El zorro dijo:
- No mamita, afuera no puedo dormir: "¡Fuera! ¡fuera!" me dirían. Mejor dormiré adentro nomás.
Entonces la mujer dijo: - Duérmete pues en ese rinconcito.
El zorro contestó:
- No, no... "¡Rincón! ¡rincón! me dirían.
- Entonces al lado de la puerta. -No, no... "¡Puerta! ¡puerta! me dirían.
- Entonces al ladito del fogón. -No, no... "¡Fogón! ¡fogón! me dirían.
La mujer, ya impaciente, le dijo: -¿Dónde pues es que te quieres dormir?
El zorro contestó: -Lo que es yo, me sé dormir encimita del puputi de mi mamá. Entonces la mujer dijo:
- Bueno ven pues, duérmete nomás aquí encimita de este puputi(*).
El zorro se acercó muy contento y así empezaron a fornicar todas las noches.



Una noche mientras estaban encamados, se escuchó el ruido de la campanita de las llamas; el marido estaba regresando. Entonces la mujer dijo al zorro: - Levántate, apura, ¡sal! ¡Ya está ahí mi esposo!

Al zorro, por el susto, se le había atracado el sexo entre las piernas de la mujer, era como si se le hubiera hecho una bola, y no conseguía sacarlo. Mientras tanto, el marido ya estaba en el patio: -Ya mujer ¡carajo! ¡apura, levántate! ¡ayúdame a descargar las llamas!

La mujer, asustada, al ver que nada podía hacer, agarró un cuchillo y le cortó el sexo al zorro, quien se quejó diciendo "ñis, ñis" al tiempo que salía huyendo. Ella, con el miembro todavía entre las piernas, salió rápidamente a ayudar a su marido.

Cuando acabaron de descargar las llamas entraron a la casa, y entonces, el zorro, comenzó a pedir insistentemente desde la puerta: "¡Mamita, devuélveme mi oca!

El hombre preguntó a su esposa: -¿Qué oca has agarrado de ese perro? Tanto y tanto pedía el zorro su oca que el hombre, muy amablemente, le preguntó:
- ¿Qué oca se ha agarrado esta mujer? - El zorro; sin poder aguantar el dolor dijo:
- ¡La tiene entre las piernas, papito! ¡La tiene entre las piernas, papito!

Entonces el hombre buscó entre las piernas de la mujer y encontró el miembro del zorro. Se lo arrojó, y el zorro, lamiéndoselo bien, se lo volvió a pegar como lo tenía antes. Entre tanto el hombre le dio una paliza de muerte a su mujer.



Tras esto el zorro desapareció y ya nunca más volvió a ser perro para la gente. Más bien, desde entonces, los perros odian a los zorros.

(*) Ombligo, ombliguito



Andrés Chirinos Rivera y Alejo Maque Capira (1996). Eros andino. Cusco: Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de las Casas

Imágenes: forodeleyydelacoso.blogspot, cotacarvallo.blogspot.com