domingo, 8 de noviembre de 2009

Un gran poeta ateo y materialista del siglo XI

Hace nueve siglos vivió Omar Khayyám, poeta que atravesó las edades y hoy está tan vivo como cuando vivió. Extraordinario por la lógica con que desbarata las ilusiones en Alá Dios y en el paraíso, este astrónomo, matemático y gran poeta es una de las mayores voces materialistas de la historia. Es el más reconocido cultivador de los llamados "rubaíes" o "rubaiatas", que caracteriza a la poesía persa.




El cazador eterno
preparó cuidadosamente su emboscada
y atrapó la incauta víctima.

Lo pensó, lo pensó
y dió a esa presa
el nombre de Adán.

Tras causar grandes males
y proporcionar también
alguno que otro beneficio,
tras crear el bien y el mal,
lo bello y lo feo
y todo

lo que en este mundo existe,
imaginad un poco lo que hizo:

determinó que todos proclamaran
único responsable
del pecado original

al mismo Adán,
¡pobre!,
el que cayó en la celada...





Cuando Alá
procedió al montaje caprichoso,
paradójico
de los caracteres,
lo hizo burdamente:
salieron, unos,
con exceso de vicios,
y otros,
cargados de virtudes.

Si los hay malos,
la culpa es Suya.
Y a los buenos, los perfectos,
¿por qué los destruye Él?





Ya existía la noche
y el día
ya existía
antes que tú vinieras
y antes que yo viniera.

Giraban los planetas
en sus órbitas,
giraban,
giraban desorientados
en busca de su destino,
en la extraordinaria emoción
de los espacios siderales.

¡Sé prudente, amigo!
Mide tus pasos,
camina mansamente
por el dorso de la tierra.

Quizás el polvo
que estás pisoteando
haya sido párpado
en los ojos de la mujer amada...




Cuando Alá,
comprimiendo un poco de barro,
modeló nuestra existencia,
conocía,
en todos sus detalles,
los menores,
los más insignificantes actos,
ocultos o aparentes,
que fatalmente
tendríamos que practicar.

Si ésa es la verdad,
¡y lo es!
ninguno de los pecados
de los que, por ventura,
nos hagamos culpables,
será contrario
a sus leyes
o a su voluntad.

Entonces,
¿por qué habrá Él de tostarnos
en las parrillas eternas,
en cuanto llegue
ese famoso día
llamado de la Resurrección?



Corazón,
¡mi corazón!
Nadie ha visto
la celeste morada
llena de excitantes huríes,
ni
el terrífico reino
de Satanás.

Corazón,
¡mi corazón!
¡Muéstrame
un recién llegado,
uno sólo,
de esos parajes!

¿Dónde está él?
¿Cómo vive?
Corazón,
¡mi corazón!
- Esperanza,
codicia,
vanidad,
creencia,
temor,
la angustia de la espera...
- eso todo ha nacido
de algo sin consistencia
de cosa que no tiene nombre,
figura,
forma,
espacio,
¡existencia!






¡Oh bien amada!

Secreto,
y de los más grandes,
quiero transmitirte.

Verdad
de las más trascendentales,
que prefiero
resumir en dos palabras:

con tu amor
entraré en el barro,
y, con tu amor,
del barro saldré...


viernes, 16 de octubre de 2009


16 de octubre: día mundial de la alimentación

Como docentes, muchas veces olvidamos una fecha tan importante como el Día mundial de la alimentación. Y prueba de esta poca consideración es que durante el año escolar no supervisamos de manera consistente los alimentos que consumen nuestros alumnos en casa o en la hora del recreo. Educar no sólo es impartir conocimientos dentro de las cuatro paredes del establecimiento escolar, sino transmitir a nuestros alumnos conocimientos que puedan poner en práctica y que les permitan sostener una relación armoniosa con sus congéneres y con el medio natural que los rodea.



Una dieta adecuada comprende seis componentes básicos: glúcidos, grasas y proteínas, que proporcionan energía y renuevan los tejidos, y vitaminas, minerales y agua, que son parte esencial de los sistemas químicos. En una alimentación equilibrada el aporte calórico de proteínas debe ser de 10 a 15%, el de glúcidos (harinas, almidón, etc.) del 33 al 50%, y el de grasas del 20 al 30%, aunque estas proporciones óptimas varían según la actividad física o laboral que cada persona realiza y el clima en que vive. El correcto consumo diario es de 2000 a 4000 calorías por persona. Por debajo de las 2000 calorías existe una desnutrición crónica.

En América, los países con un consumo por encima de 3200 son EE.UU., Canadá y Argentina; México, Cuba y Puerto Rico están por encima de las 2800 calorías, Venezuela, Brasil, Colombia, Chile y Uruguay superan el promedio de 2400 calorías diarias; Perú, Bolivia y Ecuador, están en el límite con un promedio que está entre 2000 a 2300 calorías diarias. Sin embargo, en muchas zonas del Perú la desnutrición es crónica.

El hambre, que azota o asedia a la mayoría de la humanidad es causada, no por el aumento de la población, sino por la pobreza. El mundo tiene muchísima comida, pero no está equitativamente distribuida. Esto indica que no hay capacidad económica en la mayoría de la población mundial, para comprar abundante comida. Como es lógico los pobres no pueden generar demanda de los alimentos que tanto necesitan.



Pero el problema de la alimentación no tiene que ver solamente con los que comen poco, también tiene que ver con los que comen en exceso y con los hábitos alimenticios. Por ejemplo, los países que mejor se alimentan son esencialmente carnívoros: a mayor riqueza mayor consumo de carne. Esto hace que se destinen amplias extensiones de terreno para el cultivo de forrajes de animales; y dentro de esta absurda tendencia se destruyen miles de hectáreas de selva para producir alimentos destinados al ganado. El irracional consumismo de las sociedades opulentas genera depredación y daño ecológico.

Si los habitantes de los países ricos adoptaran una dieta más vegetariana, las tierras destinadas a la producción de forrajes serían menos y habría más espacio para sembrar plantas directamente utilizables en la alimentación humana. Y así el beneficio sería doble pues se favorecería a la salud de las personas y se conservaría el medio natural.




Calendario Cívico Escolar (sucinto). Mayo 2002
Imágenes: forodefotos, voltaire.net, cronicaviva.com

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Relatos populares en El mundo es ancho y ajeno (II)


El zorro y el conejo



Una vieja tenía una huerta en la que diariamente hacía perjuicios un conejo. La tal vieja, desde luego, no sabía quién era el dañino. Y fue así como dijo: "Pondré una trampa". Puso la trampa y el conejo cayó, pues llegó de noche y en la oscuridad no pudo verla. Mientras amanecía, el conejo se lamentaba: "Ahora vendrá la vieja. Tiene muy mal genio y quién sabe me matará". En eso pasó por allí un zorro y vio al conejo. "¿Qué te pasa?", le preguntó riéndose. El conejo le respondió: "La vieja busca marido para su hija y ha puesto trampa. Ya ves, he caído. Lo malo es que no quiero casarme. ¿Por qué no ocupas mi lugar? La hija es buenamoza". El zorro pensó un rato y después dijo: "Tiene bastantes gallinas". Soltó al conejo y se puso en la trampa. El conejo se fue y poco después salió la vieja de su casa y acudió a ver la trampa: "¡Ah!, ¿conque tú eras?", dijo, y se volvió a la casa. El zorro pensaba: "Seguramente vendrá con la hija". Al cabo de un largo rato, retornó la vieja, pero sin la hija y con un fierro caliente en la mano. El zorro creyó que era para amenazarlo a fin de que aceptara casarse y se puso a gritar: "¡Sí me caso con su hija! ¡Sí me caso con su hija!". La vieja se le acercó enfurecida y comenzó a chamuscarlo al mismo tiempo que le decía: "¿Conque eso quieres? Te comiste mi gallina ceniza, destrozas la huerta y todavía deseas casarte con mi hija... Toma, toma...". Y le quemaba el hocico, el lomo, la cola, las patas, la panza. La hija apareció al oír el alboroto y se puso a reír viendo lo que pasaba. Cuando el fierro se enfrió, la vieja soltó al zorro. "Ni más vuelvas", le advirtió. El zorro dijo: "Quien no va a volver más es el conejo". Y se fue, todo rengo y maltrecho.




Días van, días vienen... En una hermosa noche de luna, el zorro encontró al conejo a la orilla de un pozo. El conejo estaba tomando agua. "¡Ah" -le dijo el zorro-, ahora caíste. Ya no volverás a engañarme. Te voy a comer"... El conejo le respondió: "Está bien, pero primero ayúdame a sacar ese queso que hay en el fondo del pozo. Hace rato que estoy bebiendo y no consigo terminar el agua". El zorro miró, y sin notar que era el reflejo de la luna, dijo: "¡Qué buen queso!". Y se puso a beber. El conejo fingía beber en tanto que el zorro tomaba el agua con todo empeño. Tomó hasta que se le hinchó la panza, que rozaba el suelo. El conejo le preguntó: "¿Puedes moverte?". El zorro hizo la prueba y, sintiendo que le era imposible, respondió: "No". Entonces el conejo fugó. Al amanecer se fue la luna y el zorro se dio cuenta de que el queso no existía, lo que aumentó su cólera contra el conejo.



Días van, días vienen... El zorro encontró al conejo mientras éste se hallaba mirando volar a un cóndor: "Ahora sí que te como", le dijo. El conejo le contestó: "Bueno, pero espera a que el cóndor me enseñe a volar. Me está dando lecciones"... El zorro se quedó viendo el gallardo vuelo del cóndor y exclamó: "¡Es hermoso! ¡Me gustaría volar!". El conejo gritó: "Compadre cóndor, compadre cóndor..." El cóndor bajó y el conejo le explicó que el zorro quería volar. El conejo guiñó un ojo. Entonces el cóndor dijo: "Traigan dos lapas". Llevaron dos lapas, o sea dos grandes calabazas partidas, y el cóndor y el conejo las cosieron en los lomos del zorro. Después, el cóndor le ordenó: "Sube a mi espalda". El zorro lo hizo y el cóndor levantó el vuelo. A medida que ascendía, el zorro iba amedrentándose y preguntaba: "¿Me aviento ya?". Y el cóndor le respondía: "Espera un momento. Para volar bien se necesita altura". Así fueron subiendo hasta que estuvieron más alto que el cerro más alto. Entonces el cóndor dijo: "Aviéntate". El zorro se tiró, pero no consiguió volar sino que descendía verticalmente dando volteretas. El conejo, que lo estaba viendo, gritaba: "¡Mueve las lapas! ¡Mueve las lapas!". El zorro movía las lapas, que se entrechocaban sonando: trac tarac, trac, tarac, trac; pero sin lograr sostenerlo. "¡Mueve las lapas!", seguía gritando el conejo. Hasta que el zorro cayó de narices en un árbol. Esto impidió que se matara aunque siempre quedó rasmillado. Vio en el árbol un nido de pajaritos y dijo: "¡Ahora me los comeré!". Un zorzal llegó piando y le suplicó: "¡No los mates! ¡Son mis hijos! Pídeme lo que quieras, pero no los mates"... Entonces el zorro pidió que le sacara las lapas y le enseñara a silbar. El zorzal le sacó las lapas y sobre el silbo le dijo: "Tienes que ir donde el zapatero para que te cosa la boca y te deje sólo un agujerito. Llévale algo en pago del trabajo. Después te enseñaré..." El zorro bajó del árbol y en un pajonal encontró una perdiz con sus crías. Atrapó dos y siguió hacia el pueblo. La pobre perdiz quedó llorando. El zapatero, que vivía a la entrada del pueblo, recibió el obsequio y realizó el trabajo. Luego, según lo convenido, el zorzal dio las lecciones necesarias. Y desde entonces el zorro, muy ufano, se pasaba la vida silbando. Olvidó que tenía que comerse al conejo porque la venganza se olvida con la felicidad. Se alimentaba de la miel de los panales. El conejo, por su parte, lo vía pasar y decía: "Se ha dedicado al silbo. Y con la boca cosida no podrá comerme". Pero no hay bien que dure siempre. La perdiz odiaba al zorro y un día se vengó del robo de sus tiernas crías. Iba el zorro por el camino silbando como de costumbre: fliu, fliu, fliu... de pronto, salió volando por sus orejas, a la vez que piaba del modo más estridente: pi, pi, pi, pi, pi... El zorro se asustó abriendo tamaña boca: ¡guac!, y al romperse la costura quedó sin poder silbar. Entonces recordó que tenía que comerse al conejo.





Días van, días vienen... Encontró al conejo al pie de una peña. Apenas éste distinguió a su enemigo, se puso a hacer como que sujetaba la peña para que no lo aplastara. "Ahora no te escapas", dijo el zorro acercándose. "Y tú tampoco", respondió el conejo. "Esta peña se va a caer y nos aplastará a ambos". Entonces el zorro, asustado, saltó hacia la peña y con todas sus fuerzas la sujetó también. "Pesa mucho", dijo pujando. "Sí -afirmó el conejo-, y dentro de un momento quizá se nos acaben las fuerzas y nos aplaste. Cerca hay unos troncos. Aguanta tú mientras voy a traer uno". "Bueno", dijo el zorro. El conejo se fue y no tenía cuándo volver. El zorro jadeaba resistiendo la peña y al fin resolvió apartarse de ella dando un ágil y largo salto. Así lo hizo y la peña se quedó en su sitio. Entonces el zorro comprendió que había sido engañado una vez más y dijo: "La próxima vez no haré caso de nada".





Días van, días vienen... El zorro no conseguía atrapar al conejo, que se mantenía siempre alerta y echaba a correr apenas lo divisaba. Entonces resolvió ir a cogerlo en su propia casa. Preguntando a un animal y otro, llegó hasta la morada del conejo. Era una choza de achupallas. El dueño se hallaba moliendo ají en un batán de piedra. "Ah -dijo el zorro-, ese ají me servirá para comerte bien guisado". El conejo le contestó: "Estoy moliendo porque dentro de un momento llegarán unas bandas de pallas. Tendré que agasajarlas. Vienen 'diablos' y cantantes. Si tú me matas, se pondrán tristes y ya no querrán bailar ni cantar. Ayúdame más bien a moler el ají". El zorro aceptó diciendo: "Voy a ayudarte por ver las pallas, pero después te comeré". Y se puso a moler. El conejo, en un descuido del zorro, cogió un leó que ardía en el fogón cercano y prendió fuego a la choza. Se sabe que las achupallas son unas pencas que arden produciendo detonaciones y chasquidos. El zorro preguntó por los ruidos y el conejo respondiole: "Son las pallas. Suenan los látigos de los 'diablos' y los cohetes". El zorro siguió moliendo y el conejo dijo: "Echaré sal al ají"... Simulando hacerlo cogió un poco de ají y lo arrojó a los ojos del zorro. Este quedó enceguecido y el conejo huyó. El fuego se propagó a toda la choza y el zorro, que buscaba a tientas la puerta, se chamuscó entero mientras lograba salir. Estuvo muchos días con el cuerpo y los ojos ardientes por las quemaduras y el ají. Pero una vez que se repuso, dijo: "Lo encontraré y comeré ahí mismo". Se dedicó a buscar al conejo día y noche. Después de mucho tiempo pudo dar con él. El conejo estaba en un prado, tendido largo a largo, tomando el sol. Cuando se dio cuenta de la presencia del zorro, ya era tarde para escapar. Entonces continuó en esa posición y el zorro supuso que dormía: "Ah, conejito -exclamó muy satisfecho-, el que tiene enemigo no duerme. El zorro olió y muy decepcionado dijo: "¡Huele mal! ¡Cuántos días hará que ha muerto!" Y se marchó. Desde entonces, el conejo vivió una existencia placentera y tranquila. Hizo una nueva choza y se paseaba confiadamente por el bosque y los campos.

Días van, días vienen... días van, días vienen... El zorro lo distinguía por allí comiendo su yerba. Entonces se decía: "Es otro". Y seguía su camino...





Imágenes: barbastella.org, acertijosymascotas.blogspot.com, e-nimals.com, paginabierta.com, calacorral.com, nanudulce.blogspot.com

martes, 22 de septiembre de 2009

Relatos populares en El mundo es ancho y ajeno (I)

Como toda literatura de carácter universal, El mundo es ancho y ajeno recoge y plasma de manera genuina las costumbres y el sentir de un pueblo, de una cultura. En esta novela, además de las canciones populares que ya hemos reseñado, aparecen varios relatos característicos de los Andes peruanos.  Presentamos uno de ellos.



Un sapo estaba muy ufano de su voz y toda la noche se la pasaba cantando: toc, toc, toc... y una cigarra estaba más ufana de su voz y se pasaba toda  la noche y también todo el día cantando: chirr, chirr, chirr... Una vez se encontraron y el sapo le dijo: "Mi voz es mejor".  Y la cigarra le contestó: "La mía es mejor". Se armó una discusión que no tenía cuándo acabar.  El sapo decía que él cantaba toda la noche. La cigarra decía que ella cantaba día y noche.  El sapo decía que su voz se oía siempre.  Se pusieron a cantar alternándose: toc, toc, toc...; chirr, chirr, chirr... y ninguno se convencía.  Y el sapo dijo: "Por aquí, a la orilla de la laguna, se para una garza.  Vamos a que haga de juez.  Y la cigarra dijo: "Vamos".  Saltaron y saltaron hasta que vieron a la garza. Era parda y estaba parada en una pata, mirando el agua.  "Garza, ¿sabes cantar?", gritó la cigarra.  "Sí sé", respondió la garza echándoles una ojeada.  "A ver, canta, queremos oír cómo lo haces para nombrarte juez".  "¿Y quiénes son ustedes para pedirme prueba? Mi canto es muy fino, despreciablese gritones.  Si quieren, aprovechen mi justicia; si no, sigan su camino".  Y con gesto aburrido estiró la otra pata.  "Cierto -dijo el sapo-, nosotros no tenemos por qué juzgar a nuestro juez".  Y la cigarra gritó: "Garza, queremos únicamente que nos digas cuál de nosotros dos canta mejor".  La garza respondió: "Entonces acérquense para oírlos bien".  El sapo dijo a la cigarra: "¿Quién sabe nos convendría más no acercarnos y dar por terminado el asunto".  Pero la cigarra estaba convencida de que iba a ganar y, dominada por la vanidad, dijo: "Vamos, tu voz es más fea y ahora temes perder".  El sapo tuvo cólera y contestó: "Ahora oirás lo que es canto".  Y a grandes saltos se acercó a la garza seguido de la cigarra.  La garza volteó y ordenó al sapo: "Canta ahora".  El sapo se puso a cantar, indiferente a todo, seguro del triunfo y mientras tanto la garza se comió a la cigarra.  Cuando el sapo terminó, dijo la garza: "Ahora, seguirá la discusión en mi buche", y también se lo comió.  Y la garza, satisfecha de su acción, encogió una pata y siguió mirando tranquilamente el agua...



Imágenes: vocesquehablan.blogspot.com, euridice-v.myblog.es


jueves, 10 de septiembre de 2009


BATALLA DE LA LECTURA POR UN MUNDO MEJOR

La preocupación por la lectura ha crecido notablemente en la última década. El motivo: cada vez se lee menos y se está instalando peligrosamente una cultura no-lectora, que no siente remordimiento de ello y más bien celebra la desinformación y la ignorancia. "¿Por qué es importante leer, para qué me sirve?", se preguntarán algunos. O bien: "¿Acaso un ser humano se va a morir si no lee?" Los textos que presentamos a continuación nos ayudarán a comprender mejor la importancia que tiene la lectura en la existencia del ser humano.


La lectura es una función que hay que desarrollar intensiva y extensivamente, ahora y siempre, porque a través de ella el hombre y la sociedad mejoran.

Ella debe ser asumida como una militancia y una fe a seguir, como un apostolado en el cual hay que aplicarn0s si queremos que la ciudadanía en su conjunto viva mejor. Es una consagración por asegurar un futuro digno y un compromiso de valor con nuestro pueblo.
Tenemos que hacer algo por nuestras sociedades, no podemos dejar que se destruyan o se desmoronen; reconociendo como educadores, o como padres de familia que somos, o como ciudadanos en general, que tenemos en la lectura un gran camino por recorrer; un arma y un instrumento eficaz para avanzar por la vía del desarrollo.

Porque la lectura actúa en la sensibilidad, en la razón, en la expresividad; es decir, en lo más central del hombre como es su identidad y su conciencia; no obligando hacia algo sino convenciendo, dejando que la misma persona conduzca su propio descubrimiento y llegue hasta la asunción de sus íntimos principios y actitudes frente a la vida.

Por eso, es importante asumir un compromiso, un desafío y un rol de vital importancia para con nuestra realidad, cual es la promoción del libro y la lectura como una ruta a seguir para que nuestro pueblo eleve sus niveles no solo de educación sino de vida.



Cuando hagamos posible que la gente lea más y mejor, todos vamos a cambiar. Las personas hemos de ser más útiles y eficaces, más abiertas y tolerantes, más democráticas y visionarias; cada quien ha de sentir y pensar mejor y ha de ser más valioso y acrisolado.

Para que ello se produzca, a fin de que surja un nuevo lector se necesita un animador. Porque, así como en el amor no se puede actuar solos, así también en la lectura –que es un acto de amor– los niños y los jóvenes, requieren que ella sea primero un acto compartido.

Por eso, cada uno de nosotros, asumiéndola plenamente está realizando el hermoso y pleno acto humano de construir, a través de la lectura, un hombre nuevo y con él un mundo mejor.



Sánchez Lihón, Danilo. En Niveles de comprensión lectora. Lima: Instituto del libro y la lectura (INLEC).





Por encima de todo, la verdad es que la televisión es la primera escuela del niño (la escuela divertida que precede a la escuela aburrida); y el niño es un animal simbólico que recibe su imprint, su impronta educacional, en imágenes de un mundo centrado en el hecho de ver. (...) Por el contrario, desde el otro punto de vista, el niño no lee y, por tanto, la mayoría de las veces, es un ser "reblandecido por la televisión", adicto de por vida a los videojuegos.
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¿Este niño se convierte algún día en adulto? Naturalmente que sí, a la fuerza. Pero se trata siempre de un adulto sordo de por vida a los estímulos de la lectura y del saber transmitidos por la cultura escrita. Los estímulos ante los cuales responde cuando es adulto son casi exclusivamente audiovisuales. Por tanto, el vídeo-niño no crece mucho más. A los treinta años es un adulto empobrecido; educado por el mensaje: "la cultura, qué rollazo", de Ambra Angiolini (l'enfant prodige que animaba las vacaciones televisivas), es, pues, un adulto marcado durante toda su vida por una atrofia cultural.
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El mensaje con el cual la nueva cultura se recomienda y se auto-elogia es que la cultura del libro es de unos pocos -es elitista-, mientras que la cultura audiovisual es de la mayoría. (...) ¿Es tal vez mejor que todos seamos incultos a que haya unos pocos cultos? ¿Queremos una cultura en la que nadie sepa nada? En definitiva, si el maestro sabe más que el alumno, tenemos que matar al maestro; y el que no razona de este modo es un elitista. Esta es la lógica de quien carece de lógica.



Sartori, G. (1998). Homo videns. La sociedad teledirigida. Buenos Aires: Taurus
Imágenes: juntadeandalucia.es, aquiros.wordpress.com, mirabolivia.com, bibliotecaideset.wordpress.com

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Dos textos de José Martínez Ruiz

Conocido como Azorín, es uno de los mejores prosistas españoles de la última centuria. Fue figura relevante de la llamada Generación del 98, conformada por Pío Baroja, Miguel de Unamuno y otros. Lo que sigue es una valoración de la poco conocida Rosalía de Castro, gran poeta gallega; y del muy conocido Marcelino Menéndez y Pelayo, oceánico erudito español.





Rosalía de Castro

Rosalía de Castro nació en 1837; murió en 1885. Vivió retirada en Galicia. Compuso poesías gallegas y poesías castellanas; escribió también dos novelas. En 1884 -un año antes de morir- apareció, impreso en Madrid, su libro En las orillas del Sar; no se ha publicado en lengua castellana, y durante nuestro siglo XIX, un volumen de más espirituales, delicados, ensoñadores versos. Nadie habló de ese libro. ¿Cómo puede producirse este fenómeno en la vida de un pueblo? ¿De qué manera un acontecimiento capital, de honda trascendencia, en el pensamiento, en la estética de un país, puede pasar inadvertido? Gustaban los españoles de 1885 -y siguen gustando- de la poesía brillante, artificiosa, oratoria; pero aquellos años había entre la generalidad de los escritores, espíritus selectos, delicados; ya en 1884 Leopoldo Alas había publicado dos libros de crítica: uno, La literatura en 1881 -en colaboración con Palacio Valdés-; otro, los Solos. La crítica independiente se había inaugurado. Nadie, sin embargo, reparó en los versos de Rosalía de Castro cuando apareció En las orillas del Sar. Años después, en 1902, al formar don Juan Valera su deplorable Florilegio de poesías castellanas del siglo XIX, no incluyó en esa antología a Rosalía de Castro; hombres anodinos y mujeres insignificantes acoge Valera en su colección; ni de una página puede disponer para uno de los más grandes poetas castellanos de la décimonona centuria; en la introducción a ese repertoriio nombra Valera a Rosalía; la nombra de pasada, a la par de versificatrices vulgares. Hay más, tampoco más tarde, en 1908, logró penetrar Rosalía en la no menos lamentable colección de líricos -Las cien mejores poesías- formada por Menéndez y Pelayo. Y hay todavía más, aunque parezca colmo increíble: Antonio de Valbuena en un trabajo -que figura en uno de sus libros- dedicado al examen de la antología de Menéndez, no se acuerda tampoco de Rosalía al citar diversos poetas olvidados o postergados por el erudito montañés.

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En 1909 se han publicado en Madrid las obras completas de Rosalía de Castro; uno de los volúmenes de esa colección -el primero- lo constituyen las poesías castellanas En las orillas del Sar. Pone un prólogo a la nueva edición el que fue marido de Rosalía: don Manuel de Murguía. Obedecía solo en sus versos Rosalía -escribe el prologuista- a la cadencia; se separó de la métrica usual en su tiempo. "Causó su innovación tanta sorpresa -añade- que su libro En las orillas del Sar fue, por de pronto, mirado, desde este punto de vista, como un atrevimiento indisculpable, por unos; para los más, como un enigma". Cuando se repasan las poesías de este volumen se experimenta una emoción extraña; nos hallamos en presencia, en comunicación con un espíritu que une los fenómenos del mundo exterior a sus propios sentimientos, a sus estados de conciencia, por medio de una ideación, no aparente, no manifiesta, sino oculta, como subterránea. De ahí esa especie de incoherencia ideológica que los críticos superficiales pudieran notar en los versos de Rosalía; pero que es, en el fondo, una coherencia íntima, profunda, de una lógica y de una trascendencia idealizadoras. El poeta, por ejemplo, tiene ante sí la visión de un bosque rumoroso y vasto; es en otoño; las hojas van cayendo y cubren de una alfombra amarillenta la tierra. Una "honda angustia"se apodera de Rosalía; su pecho se siente oprimido. Y en este momento -enlazando, sin decirlo, esta tristeza del otoño y este caer de las hojas con recuerdos y remembranzas que no se nombran-; en ese instante, angustiada por la evocación íntima del pasado, Rosalía pregunta: "¿Por qué me ha concedido el cielo una tan terca, tan fiel memoria?"

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(...) lo verdaderamente inquietante, lo que nos hace experimentar más vaga sensación de angustia -tan maravillosamente expresada en los versos de Rosalía- es que no podamos definir concretamente qué es lo que añoramos en lo pasado, ni podamos tampoco expresar qué es lo que ansiamos. ¿Cómo concretar ante este mar, ante esta montaña, un sentimiento del pasado que nos invade, ni cómo hacer visible con palabras un deseo que ahora, en este momento supremo, llena nuestro espíritu? Sólo hay un algo que ansiamos para mitigar la melancolía que nos producen las cosas: el olvido. A esa ansia del olvido llega lógica, fatalmente Rosalía de Castro; de "las aguas del olvido, que es de la muerte hermano", nos habla el poeta.

La piedad y la comprensión bondadosa de todo se producen en el espíritu colocado en tal posición. Piedad y comprensión manan de los versos de Rosalía. Nada más humano, más alto, más delicado, más supremamente comprensor que su poema Margarita; ni nadie habrá sentido como nuestro poeta al ver desfilar por los caminos de su tierra los míseros labriegos hacia la costa, en donde embarcarán para lejanos países. Cuando sopla un vendaval duro -escribe- y en el hogar arde el fueo, "pasan por mi puerta ellos, hambrientos, desnudos, flacos"; entonces el frío hiela mi espíritu, del mismo modo que debe de helar sus cuerpos; mi corazón, al contemplarlos marchar sin consuelo, "se queda opreso y triste". "¡Cuánto no podrán padecer en ti, oh patria -exclama en otra parte- cuando ya tus hijos sin dolor te dejan!" En esa patria, "siempre oprimida y siempre pasto de la ruindad y la ignorancia", piensa también dolorosamente en uno de sus más bellos poemas.




Amaba ansiosamente Rosalía el mar; en el mar veía un reflejo de su espíritu solitario y en perpetua inquietud. Poco antes de morir quiere ver por postrera vez el mar. "Quería ver el mar antes de morir -dice Murguía- ; el mar, que había sido siempre, en la Naturaleza, su amor predilecto". Algún tiempo después expiraba Rosalía. "Cuando la vi encerrada en las cuatro tablas que a todos nos esperan -escribe el mismo- exclamé: ¡Descansa en paz al fin, pobre alma atormentada, tú que has sufrido tanto en este mundo!".

Hace algunos años, el marido de Rosalía de Castro, este don Manuel Murguía, tan culto, tan afable, vino a Madrid. Pretendía algo a que tenía estricto derecho y en que ampararía en su vejez. Era un viejecito limpio, callado y escrupuloso; un viejecito con un anticuado sombrero de copa, una levita corta, un bigote largo y una romántica perilla. Anduvo el viejecito de un ministerio en otro. Se pasó quince días subiendo escaleras y esperando en las antesalas. Le ponían la mano afablemente en el hombro y le sonreían; pero no le despachaban lo que pedía en justicia. Al fin, este viejecito -el compañero de uno de los más altos poetas españoles contemporáneos- guardó un día su levita raída, puso en una caja su sombrero de copa anticuado y se marchó a su tierra, entristecido, lleno de desconsuelo.



Menéndez y Pelayo




En nuestro país, la historia literaria está todavía por construir; ha habido entre nosotros grandes eruditos, grandes acopiadores, grandes rebuscadores; ha faltado el crítico. Decimos crítico refiriéndonos a un hombre que, dotado de la precisa cultura literaria, tenga a la vez una idea central, un sistema, en virtud del cual, contrayéndolo a esta visión suya de la producción estética, explique lógicamente las obras, haga vivir todo un periodo literario, convierta, en fin, en un todo orgánico, lógico, lo que sin esa idea central, sin ese sistema, serían fragmentos dispersos, acarreos más o menos útiles, acopios de materiales más o menos preciosos. Es decir, que lo que nosotros pedimos y lo que no se ha hecho todavía en España -a no ser parcialmente, acá y allá-, es, no una crítica erudita, sino una crítica psicológica; no una enumeración, sino una interpretación.

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Cuando se haga un estudio desapasionado de Menéndez y Pelayo habrá que contar sus grandes excelencias, pero habrá que decir otras cosas. Habrá que decir que su estilo es más oratorio, prolijo y redundante que analítico y de menudas pinceladas, sobrio y preciso; que le ha faltado amor a las manifestaciones nuevas de la estética; que, en suma, su crítica ha sido erudita, enumerativa, y no interna, interpretativa, psicológica.




Azorín (1959). Clásicos y modernos. Buenos Aires: Losada
Imágenes: fideus.com, laregion.es, fuenterrebollo.com, enmivida.blogia.com

martes, 1 de septiembre de 2009


Belleza femenina


Contra lo que usualmente se piensa, los criterios de belleza no son inmutables, sino que van cambiando de acuerdo con las épocas y culturas (por ejemplo, de las mujeres exhuberantes de la comunidad primitiva se ha pasado a la mujer rectilínea y casi anoréxica como ideal de la belleza femenina). Por otro lado, la cultura dominante de una época impone sus cánones de belleza física y minusvalora todos aquellos que se alejen de la norma, generando una alienación frente a lo propio: sentimientos de insatisfacción y rechazo se apoderan de varones y mujeres que sufren el falso estigma de no tener los rasgos sindicados como "bellos". Curiosamente, en nuestra sociedad occidental existe un canon que solo representa a la minoría de la población. ¿Esto significa que la gran mayoría de la población es fea o, en el mejor de los casos, no bella? ¿Puede ser esto posible? En el siguiente artículo se muestran criterios "objetivos" y mensurables para establecer la belleza femenina. No nos conformemos con leerlos, sino que a partir de ellos reflexionemos: ¿qué es la belleza en realidad?



Si se tratase de apreciar debidamente la belleza corporal femenina, entonces no bastaría, según es costumbre, pesar a las concursantes y medirles la estatura, el busto, la cintura y las caderas; porque si por belleza femenina se entiende un conjunto de formas atractivas por su armonía y proporción, entonces habremos de tener ciertamente en cuenta otros factores relacionados con la anatomía.

Para lo cual, en primer lugar, habría que exigir a las concursantes que se desvistan completamente; verían así los jueces si las hay, por ejemplo, con pezones semisalientes, retraídos o inversos; descalificaríase por esto solo a la examinanda que los tuviese. Y lo mismo si mostrase pechos cónicos y pendientes, o si no tuviese el centro del cuerpo donde corresponde, a saber, hacia el borde superior del pubis y no, como creía Vitrubio, en el ombligo. El arco del pubis femenino debe ser bajo y romo, y bajo y estrecho el límite del pelo pubiano.

Todo esto hay que examinarlo in situ, o como se dice en jerga televisiva, "en vivo y en directo". Sobra, pues, como se ve, en un verdadero concurso de belleza, la ropa de baño.




La cabeza debe estar contenida siete veces y media en la altura total del cuerpo, y el tronco ha de tener un tercio de dicha altura. (Lo de siete cabezas y media es opinión de Durero, que entendía perfectamente de proporciones y medidas).

Tendrá atributo de belleza la mujer que, estando de pie, con los brazos extendidos y pegados al cuerpo, y extendidos también los dedos, llegue con estos hasta la mitad de los muslos. Será bella, así mismo, si luce hoyuelos sacrales y si son las suyas rodillas redondas y suaves.

Hay proporcionalidad entre la longitud de la mano y la altura de la cara. En la mujer bella, dichas longitud y altura coinciden. Las manos y los pies, y también el rostro, pequeños. Largos, eso sí, dentro de esa pequeñez, el dedo índice y el segundo dedo del pie; el último, en cambio, muy corto. Tal la opinión de Stratz, que dedicó su vida entera al estudio del cuerpo femenino.




El piececito es, pues, según opinan distinguido anatomistas, estetas y sexólogos, y según opinaban antiguamente los chinos, bello y hasta muy bello. Por esta razón, Greta Garbo, que calzaba 41, no era cabalmente bella, por carecer de belleza podal (de podo-, forma prefija del griego poús, podós, pie). Y como además la hermosura no corre a las parejas con las pecas, Catherine Deneuve, que las tiene, no es, por tanto, bella de veras, como indudablemente lo sería si luciera impecosa; o mejor dicho, como indudablemente lo hubiese sido, porque hoy, como a todos consta, y digámoslo con expresión garcimarquezana, ya se le ha entristecido la piel a esta dama que hace treinta años fue admirable lindura.

Signos de belleza son igualmente las muñecas delgadas, los tobillos finos, las pantorrillas torneadas, las cejas altas y delicadas (Margaux Hemingway no pasaría el examen), los muslos redondos y fuertes, las nalgas pronunciadas y abovedadas, los pechos tónicos, erguidos y redondos, pero no hipertróficos, el cutis fino, el cabello largo y abundante, la quijada inferior, pequeña y baja, y anchos los incisivos medios.

En todo esto no hay nada de subjetivo; todo es visible y mensurable; no se trata de la gracia ni de la simpatía, muy difíciles de definir e imposibles de medir. Se trata de cosas concretas; verbigracia: si la mujer es tetona, un punto menos; si luce rodillas esquinadas, aristadas y huesudas, como las de Brigitte Bardot, otro punto menos; y lo mismo si no es fino su talle, o si no son pequeñas y rectas sus clavículas, o si no tiene hueco el sacro ni redonda la garganta.




En cuanto al color de la cabellera, consideran los especialistas, y singularmente Stratz y Ellis, que la cabellera rubia es la más bella. Y aunque esto puede discutirse, lo cierto es que desde Homero, los escritores y artistas, y desde luego los poetas, han encomiado mucho más la cabellera rubia que la negra o la castaña. Se dice, además, siguiendo noticia constante en el libro de Marcela Olivas Weston, Peregrinaciones en el Perú, que la Virgen de la Puerta, de Otuzco, en el departamento de La Libertad, prefiere las pelucas rubias hechas con cabellos de niños.

Preguntémonos, finalmente, ¿es atractiva la mujer bella? Quiero decir, ¿es sexy? O para expresarlo con un cultismo, ¿es libidinógena, esto es, sexualmente apetecible o eróticamente estimable? O para decirlo de una vez como se debe: ¿Es arrechante la mujer bella? ¿Es incluible en el grupo de las que Palma llamaba "colchonables"? No; la mujer bella, que generalmente lo es con arreglo a cánones de la estética clásica, casi nunca tiene lo que se llama sex appeal; y al revés, la que tiene sex appeal carece por lo general de belleza.


Además de la mujer únicamente bella y de la que solo sabe despertar voluptuosidad, está la fisicoculturista o body builder, mujer que ostenta espléndido desarrollo corporal y que desde el punto de vista de la biología es definitivamente superior a los otros ejemplares femeninos, pero que desgraciadamente no tiene belleza ni sex appeal.

Lisa Lyon, por ejemplo, cuya anatomía es estupenda, tendrá (si acaso) lo que llamaremos seducción de la felinidad, pero belleza no, y atractivo sexual, menos. Ella se confiesa felina, no femenina ni masculina, razón por la cual es -o puede ser- felinamente seductora.






Denegri, Marco Aurelio. A ver, las concursantes, por favor, ¡desvístanse! En Domingo, suplemento dominical de La República (Lima-Perú), 29.05.2005 y 05.06.2005
mágenes: allposters.com, tapasdotcom.com, centromujer.es, gwendafne.wordpress.com

viernes, 21 de agosto de 2009

Los piojos

Ryunosuke Akutagawa (Tokio, 1892-1927), uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos, deslumbra al lector por la sencillez de su prosa, a la vez que profunda. En Rashomon y otros relatos encontramos ocho relatos de excelente factura, a través de los cuales nos muestra el egoísmo, la frivolidad, la miseria y degradación del ser humano. A continuación, presentamos dos fragmentos del estudio realizado por Kazuya Sakai acerca de Akutagawa, y el relato que da título a este artículo.



Ryonosuke Akutagawa pertenece a la generación de escritores denominada "neo-realista", que surgió a fines de la Primera Guerra Mundial, reaccionando contra las escuelas en ese momento en boga: naturalista, esteticista y, en cierto modo, contra el Shirakaba (grupo humanista que postulaba la filosofía de Bergson y el ideal de Tolstoi). Genéricamente hablando, el estilo empleado por estos escritores, en particular los del grupo Shinshicho, al que perteneció Akutagawa, se singulariza por ser mucho más racional y constructivo que el de los naturalistas; no se dejan dominar por cualquier tipo de idealismo un tanto fantástico (como el grupo Shirakaba) y observan fríamente la realidad del universo y del hombre, señalando sus debilidades y contradicciones aguda e ingeniosamente con paradojas y aforismos que asombran por su lozanía.

Akutagawa fue considerado el maestro del cuento de todos los tiempos; como poeta, ensayista y crítico desarrolló una fecunda labor en los cortos años de su vida literaria que comenzó en 1914, cuando aún era estudiante universitario. Al siguiente año dio a conocer Rashomon; pero solo obtuvo cierto renombre en 1916 con la aparición de La nariz -publicado en Shinshicho-, que mereció el elogio de su maestro, el novelista Soseki Natsume (1867-1916), célebre autor de El pobre corazón de los hombres (Kokoro), de quien heredara su estilo literario. A partir de esa entrada triunfal a la edad de 24 años hasta su trágica desaparición, Akutagawa escribió fervorasmente diversas series de cuentos, novelas, poesías, ensayos, crónicas de viaje y crítica literaria.



El 26 del decimoprimer mes de 1864, los guerreros del feudo Kaga de la familia Maeda, encargados de guardar Kioto -la capital- al mando del comandante provincial Cho Osumi no Kami, zarparon desde la boca del río Aji, en Osaka, para incorporarse a la sedición en la provincia de Choshu(*).

La pequeña partida era conducida en dos barcos de unas 90 toneladas cada uno, capitaneados por los subcomandantes Tsukuda Kyudayu y Yamagishi Sanjuro, el primero llevando como insignia estandartes blancos, el segundo rojos. La partida de estos barcos Konpira (**), haciendo ondear sus estandartes rojiblancos mientras enfilaban hacia el mar abierto, se recuerda como una de las escenas más heroicas y emocionantes.

En cambio, los hombres que iban a bordo no se sentían ni lejanamente intrépidos. En primer lugar, cada barco era ocupado por 38 personas: 34 miembros de la partida y cuatro tripulantes; y por el tamaño de la embarcación, los guerreros apenas tenían espacio para moverse. Más aun, la cantidad de cubas de rábanos encurtidos que transportaban en la cubierta no dejaba lugar donde poner los pies, y debido a la falta de costumbre, los hombres sufrían náuseas cada vez que los asaltaba aquel hedor de rábanos.

Por otra parte, estando en el final del decimoprimer mes del calendario lunar, es decir, a principios de enero, el mar traía un viento helado que parecía cortar los cuerpos. Especialmente al ponerse el sol, el viento que bajaba del monte Maya se sumaba al frío del mar, haciendo castañetear los dientes a la gran mayoría, aun a los samurais jóvenes oriundos del norte.




Aparte de todo esto, los barcos estaban totalmente plagados de piojos. Y no eran de la simple clase que se oculta en las costuras de la ropa; pululaban en toda la extensión de la nave: en las velas, en los estandartes, en mástiles y anclas. Para decirlo crudamente, no se sabía si los barcos transportaban hombres o piojos. Era natural que en esas condiciones grandes cantidades de ellos anidaran en la ropa de cada uno de los guerreros. Al encontrar la piel, se prendían inmediatamente para picar con regocijo. Cinco o diez piojos se habrían podido controlar de alguna manera, pero cuando, como ya dijimos, eran tantos que se veían como sésamo blanco derramado por doquier no había esperanza alguna de deshacerse de ellos. Los samurais de los dos barcos, sin excepción, mostraban puntos rojos e inflamados en el pecho, el abdomen o cualquier otra parte del cuerpo, como si padecieran sarampión.

Pero si bien no había modo de dominar a los parásitos, peor era no hacer nada para remediar la situación; por lo tanto, los hombres se pusieron a cazarlos en la medida de lo posible. Todos, desde el comandante hasta los peones, se desnudaban, cazaban los piojos y los ponían dentro de la taza de té que cada uno de ellos llevaba. Imaginar tan sólo la escena de una treintena de samurais, desnudos salvo por un taparrabos, que tazas de té en mano hurgan afanosamente en todos los rincones, debajo de los cordajes o de las anclas, en esos barcos de velas iluminadas por el sol invernal, puede resultar cómico para cualquier persona; y sin embargo, en aquellos días del siglo XIX no era menos cierto que hoy el hecho de que a la luz de la necesidad, cualquier cosa se vuelve terriblemente seria. Así pues, los samurais desnudos que colmaban los barcos, semejantes ellos mismos a enormes piojos, se dedicaban cada día, con paciencia y diligencia a despecho del frío, a aplastar los piojos de la cubierta.



En el grupo Tsukuda había un hombre raro, un excéntrico de unos 50 años, de nombre Mori Gon'noshin. Era un oficial de infantería con cinco subordinados a su cargo y una asignación anual de setenta fardos de arroz. Extrañamente, era el único que no participaba en la caza y, por consiguiente, llevaba el cuerpo cubierto de piojos; mientras unos subían por su rodete, otros cruzaban el borde trasero y de su pantalón tipo falda. Mas él no les prestaba ninguna atención.

Sin embargo, es erróneo pensar que este hombre en especial no era asaltado por los piojos; igual que el resto de la tripulación, tenía el cuerpo cubierto de manchas rojas, como marcadas con monedas. Y por el modo de rascarse, no parecía inmune a las picaduras. Lo cierto es que le picara o no, se mostraba totalmente indiferente.

Si solo hubiera sido cuestión de indiferencia la cosa habría pasado; sucedía que además, cuando veía a los otros empeñados en combatir los piojos, les decía:
- Si los cazan, no los maten. Pónganlos vivos en las tazas de té, y entréguenmelos.
- ¿Y qué harás con ellos? -se asombró uno de sus compañeros.
- ¿Cuándo me los den? Bien, yo los criaré -dijo Mori con toda calma.
- Pues los cazaremos vivos y te los entregaremos.



Creyendo que Mori bromeaba, el amigo se dedicó durante medio día a llenar, con la ayuda de dos o tres compañeros, varias tazas con estos insectos. Pensó, al llevárselos, decirle: "Aquí los tienes, críalos", y el obstinado Mori se vería en un aprieto. Pero antes de que tuviera tiempo de decirle algo, fue el propio Mori quien preguntó impaciente:
- ¿Ya los tienen? Si es así me encargaré de ellos.

Sus compañeros enmudecieron.
- Pónganlos aquí -y, tranquilamente, Mori abrió el cuello de su kimono.
- No te hagas el héroe ahora, para luego no saber cómo librarte -le dijeron, pero él no los escuchaba.

Uno por uno pasaron, como arroceros midiendo el arroz, a voltear sus tazas repletas de piojos en el kimono de Mori, mientras éste, recogiendo los que caían afuera, murmuraba:
- Suerte la mía; con éstos, esta noche dormiré con calor -y sonreía con malicia.
- ¿Hacen sentir calor los piojos? -dijo el amigo oficial sin dirigirse a nadie en particular; todos se miraron, extrañados. Mori, ajustándose el cuello con esmero, los miró con sorna y explicó:
- Todos ustedes se han resfriado últimamente a causa del tiempo; pero ¿qué le ha pasado a Gon'noshin? Nada; no estornuda, no moquea. Tampoco ha tenido fiebre ni se le han helado las manos ni los pies. ¿Y a quién creen que se debe esto? Todo, todo, es debido a los buenos piojos.

Según la teoría de Mori Gon'noshin, los piojos alojados en el cuerpo pican, y esto produce la necesidad de rascarse. Cuando uno es atacado en todo el cuerpo, naturalmente lo rasca también en toda su extensión. El cuerpo humano está hecho de un modo maravilloso; cuando más se rasca uno un lugar, más calor se produce en esa parte, tal como si estuviera afiebrada. Cuando se siente calor en el cuerpo, el sueño llega, y cuando uno tiene sueño, no siente la picadura... De esta manera, cuantos más piojos se tienen, mejor se duerme, y no hay peligro de contraer ningún resfrío; en consecuencia, según Mori, lo acertado era conservar los piojos y no matarlos.
- Conque así es la cosa -dijeron sus compañeros, aprobando el argumento que se les acababa de exponer.



Después de esto apareció un grupo que decidió seguir el ejemplo de Mori. Sus compañeros no diferían del resto en cuanto a dedicarse a buscar los parásitos no bien tenían un rato libre; la sola diferencia era que luego los guardaban celosamente dentro de sus ropas.

Pero es sabido que en cualquier país y en cualquier época la enseñanza de un precursor no siempre es aceptada como tal por todo el mundo, y también en este barco había muchos fariseos que disentían con Mori en la teoría de los piojos. El grupo de los disidentes era encabezado por un oficial de infantería, Inoue Tenzo, otro excéntrico que comía los piojos que cazaba. Al terminar su cena, ponía una taza de té frente a él y empezaba a masticar lentamente algo que parecía delicioso. Alguien, intrigado, miró dentro de la taza y descubrió que contenía piojos.
- ¿Qué gusto tiene? -le preguntó.
- Bueno... aceitoso, como arroz tostado, creo -fue la respuesta.

En cualquier parte se pueden encontrar personas que matan a los piojos con los dientes, pero ése no era el caso de este hombre. Como si fueran dulces para la ceremonia del té, él paladeaba con parsimonia su ración diaria de piojos. Fue el primero que se opuso a Mori.

Nadie lo acompañaba a Inoue en su apetencia de piojos; pero un número crecido de personas lo apoyaba en su oposición a Mori. Allegaban ellos que el cuerpo humano no se calentaba con la sola presencia de los piojos. Más aún, el Libro de la piedad filial (***) dice que nosotros recibimos nuestro cuerpo, los cabellos y la piel, de nuestros padres, y si el principio de la piedad filial radica justamente en no causarles daño, el dejarse picar voluntariamente por un insecto despreciable constituía una grave falta. Por consiguiente, era un deber cazar los piojos por todos los medios, pero nunca criarlos.



En esas circunstancias, se volvieron frecuentes las disputas entre ambos bandos, y todo estaba bien mientras quedaba reducido a argumentos; pero por último la situación tomó un giro inesperado y tuvieron que recurrir a las espadas.

El incidente se originó como sigue: un día Mori recibió de sus compañeros una cierta cantidad de piojos, los puso dentro de una taza de té que guardó celosamente, pensando en usarlos como era su costumbre; pero Inoue, aprovechando un descuido, se los comió. Cuando Mori fue por ellos, no quedaba uno solo. Esto hizo estallar al precursor. Con ojos encendidos y los brazos en jarras, interpeló al culpable:
- ¿Por qué comiste mis piojos?
- El hecho de criar piojos es estúpido -replicó Inoue con desdén. No parecía dispuesto hacerle caso.
- ¡Estúpido es comérselos! -gritó furioso Mori golpeando la cubierta- ¡Escúchame bien! ¿Hay alguien en este barco que no recibe beneficio de los piojos? ¡Cazar y comer estos animalitos es devolver las gracias con insultos!
- No creo ni remotamente haber recibido algún favor de los piojos.
- Está bien, pero aunque no te hayan hecho ningún favor, es imperdonable que se mate injustificadamente a un ser viviente.

Así intercambiaron otros dos o tres argumentos hasta que Mori, colérico, llevó su mano a la empuñadura -tallada y laqueada en rojo con diseños de langostinos- de su espada corta. Por supuesto, Inoue no se quedó atrás; empuñó la espada de vaina roja y se puso de pie.

Si los guerreros desnudos que cazaban piojos no los hubieran separado de inmediato, la vida de uno de ellos habría estado en peligro. De acuerdo a un testigo de esta agitada escena, los dos hombres, aún sujetados por los otros, seguían gritando, con la boca llena de espuma: "¡Piojos! ¡Piojos!".




Y así, mientras estos samurais llegaban al borde de un hecho de sangre a causa de los piojos, los barcos Konpira, ajenos del todo al suceso, avanzaban más hacia el oeste. Con sus estandartes blancos y rojos agitados por el frío viento, bajo un cielo que anunciaba nieve, en pos del largo camino hacia la misión de Choshu.


(*) Se refiere a la sedición de 1864 en la provincia Choshu, cuatro años antes de la restauración de Meiji, que pone fin al feudalismo bajo el gobierno militar de los Tokugawa.
(**) Konpira (Kumbhira, en sánscrito), de origen hindú, es considerado en Japón com el dios protector de la navegación. También se denominan así los barcos que llevan peregrinos a este templo.
(***) Libro clásico del confucianismo, recopilación de las enseñanzas sobre el amor filial que Confucio dictó a su discípulo Ts'eng tzu.

jueves, 20 de agosto de 2009

Por qué el latín ha sido el lenguaje de la ciencia

Tomás Unger, divulgador científico peruano, nos explica las razones en el siguiente artículo.




Mediante la etimología (del griego 'etimos'=verdad y 'logos'= palabra) conocemos el origen de las palabras y además nos ayuda a comprender su significado. Uno de los motivos por los que muchos huyen de los temas científicos son las palabras 'difíciles'. Esto ha dado lugar a que muchos textos, por no traducir las palabras científicas o técnicas, resulten difíciles de leer y sean abandonados a mitad de camino. Un buen ejemplo es el de la mosquita de la fruta usada para experimentos genéticos por su breve tiempo de reproducción. Su nombre científico es 'Drosophila melanogaster', palabras provenientes del griego. 'Droso' es rocío y 'philo' es inclinación, preferencia o tendencia a; melano es negro y gaster es barriga. Por consiguiente 'Drosophila melanogaster' quiere decir "aficionada al rocío, con barriga negra". Usando la misma nomenclatura, una perra bóxer que tuve sería 'Ornitofila albogaster' (aficionada a comer ave, con barriga blanca).

Hay buenas razones por las que las ciencias emplean raíces griegas y latinas. Los primeros tratados científicos se originaron en Grecia y la terminología que utilizaron pasó a los romanos, cuyo vocabulario mantuvo muchas raíces griegas. En Europa, el latín fue la lengua universal utilizada por la Iglesia y fue el idioma en el que se hicieron los documentos, pues los pocos que sabían leer y escribir lo hacían en latín. Hoy nos puede parecer pretencioso que un español, un inglés o un francés hayan descrito sus investigaciones científicas en latín, pero en la Edad Media y el Renacimiento este era el único idioma en el cual podían entenderse todos, que tenía un vocabulario común y una ortografía aceptada.



Newton y Leibnitz, que inventaron el cálculo infinitesimal, lo describieron en latín. La primera física experimental, que se atribuye a Galileo, fue descrita en latín, como lo fue el discurso del método de Descartes y la física de Newton. Durante la Edad Media la ciencia en Europa pasó a segundo plano ante la religión y los eruditos se dedicaron a disquisiciones teológicas más que a las ciencias naturales. El vacío lo llenaron los árabes, que tradujeron los libros griegos y llevaron las matemáticas modernas a Europa. El nombre de álgebra viene del árabe 'Al jebr' que significa "unir partes rotas". El famoso tratado de Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi "Kitab al-Jaber W'al-Muqabala" es "El libro de la reintegración y reducción" que introdujo el álgebra y los números arábicos a Europa. Hasta hoy nos queda en castellano un impuesto municipal cuyo origen está en el título del libro: la alcabala.A los árabes también debemos 'alcohol', que viene de al-kuhul, un polvo usado por la mujeres para oscurecer los párpados (kahala = pintar), debido al proceso de destilación con que se asoció. La ciencia de la química viene de alquimia, al-kimiya, una combinación de árabe con la palabra griega 'khemioa', que al parecer viene de 'verter' (líquidos). En astronomía, los árabes, grandes navegantes del desierto, nos dejaron el nombre de muchas estrellas como Algol (al-ghul=el demonio) una estrella variable que cambia periódicamente de magnitud.




Quien más hizo por la nomenclatura de la ciencia fue el botánico sueco Karolus Linnaeus, más conocido por Linneo, el padre de la taxonomía moderna (taxonomía del griego 'taxis'=ordenar y 'nomos'=administrar o nominar). En 1735 publicó el "Systema Naturae", el primer ordenamiento de la naturaleza en reinos, clases, órdenes y especies. Linneo usó principalmente el griego para describir los organismos, pero también el latín y hoy ambos se encuentran en la nomenclatura. Tenemos un rinoceronte (en griego, cuerno en la nariz) y un carnívoro felino (gato que come carne, en latín).Actualmente a los nombres descriptivos se suele añadir el de su lugar de origen o del científico que lo descubrió o clasificó. Así tenemos desde el microbio de la encefalitis, el 'Tripanosoma gambiensis' (soma = cuerpo y trepano=en forma de taladro, de Gambia) hasta la chinchilla de los Andes ('Abrocoma bennetti') por el señor Bennett que la descubrió. Así se han clasificado cientos de miles de organismos, cuyo nombre generalmente consta de dos partes: la descriptiva en griego o latín, y la segunda, más específica, un sustantivo o el nombre de un lugar o persona.Si bien los documentos científicos se escribían en latín y Linneo estableció el uso de las lenguas clásicas, algunas palabras científicas se originaron en idiomas locales. El elemento potasio (K) tiene dos orígenes. Los alquimistas lo llamaron 'pot ash', ceniza de olla en alemán e inglés. El símbolo K viene de kalium, potasio en latín. El 'saltpeter', salitre o nitrato de potasio, es "sal de piedra" en latín.

Los principales elementos conocidos en el siglo XVIII fueron bautizados por Antoine Lavoisier, considerado el padre de la química, quien publicó su "Método de nomenclatura química" en 1787. Lavoisier usó terminología griega para describir las características de los elementos, así el hidrógeno (del griego agua y generar) es el que "hace agua", el oxígeno "hace óxidos" y el nitrógeno "hace nitratos" (del griego, nitrón, cuyo origen se cree que viene de Egipto para describir el salitre).



Paralelamente a la nomenclatura de los organismos vivientes surgió la necesidad de describir los fenómenos físicos y biológicos, los instrumentos y las condiciones patológicas de la medicina. La nomenclatura, que se había iniciado en griego y latín, continuó usando los idiomas clásicos y desde la geometría hasta la medicina fueron ampliando su vocabulario con raíces griegas y latinas, así tenemos la trigonometría (del griego gonos=ángulo, que "mide triángulos") y la tangente (del latín tangere = tocar; la línea que toca el círculo). Cuando se estableció el sistema métrico bajo Napoleón se acordó usar el griego para las unidades y el latín para las fracciones. Así tenemos decámetro, hectómetro y kilómetro (diez, cien y mil en griego) y tenemos el decímetro, centímetro y milímetro (décima, centésima y milésima en latín). Los instrumentos también adquirieron nombres griegos: barómetro (del griego baro = peso y metrón = medir). Tacógrafo (velocidad y escribir), es un aparato que registra la velocidad. El crecimiento acelerado de las ciencias durante el siglo XX dio origen a muchos nuevos nombres. Desde la astronomía hasta la medicina, pasando por la biología, la geología y la antropología, vieron descubrimientos trascendentales que requirieron nuevas nomenclaturas. La física y la nueva tecnología, agotaron los nombres griegos y tuvieron que apelar a la literatura y la imaginación para bautizar las nuevas partículas subatómicas.




Tomás Unger. En elcomercioperu.com.pe