lunes, 23 de marzo de 2009

El puerto de la muerte

El viernes 13 de marzo los periódicos peruanos informaban del fallecimiento de una de las más altas voces de la poesía peruana y latinoamericana: Blanca Varela. Su obra fue reconocida y premiada en el extranjero; sin embargo, el Estado peruano le mezquinó -como a otros grandes poetas- un merecido reconocimiento. El periodista César Hildebrandt le dedicó un entrañable artículo, que reproducimos a continuación.




Ha muerto Blanca Varela y lo ha hecho de puntillas, tan discretamente como vivió. Ha muerto en el misterio que ella misma había decretado desde hace muchísimo tiempo. Ha volteado la cara hacia la pared, como ella misma presentía que debía hacerse en el momento adecuado.

Que ganara en el 2001 el premio Octavio Paz, en el 2006 el Federico García Lorca y en el 2007 el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana son hechos que confirman su universalidad y, al mismo tiempo, su exilio.

Como no podía ser de otra manera, el Perú jamás la trató con delicadeza. Y cuando en 1996 perdió a un hijo en un accidente de aviación el azar alevoso se sumó a la habitual mezquindad de esta tierra que pare poetas para maltratarlos.

Varela, como gustaba que la llamaran, jamás necesitó halagos, felizmente. Y cuando venían, generalmente de otros lados, los consideraba tan excesivos como prescindibles.

Su poesía empezó con esa piedra fundadora que es "Puerto Supe", un poema que escribió en París y que aparecería en el libro que Octavio Paz prologó y tituló, a despecho del título original, "Ese puerto existe".

Pero a partir de ese momento deslumbrante, de esos endecasílabos que venían de la tradición pero que daban forma a una ruptura parricida con lo viejo, a partir de esa tristeza deslumbrante, la poesía de Blanca Varela cambió en un sentido pocas veces visto en el Perú.




Porque en esta tierra de la abundancia, Blanca Varela fue afilando el silencio y aprendiendo el arte de decir apenas. Su poesía, que había empezado siendo volcán en erupción, quiso ser -y lo logró- lava esculpida dispuesta a que la interpretaran, formaciones que la rabia y la providencia forjaban sin propósito aparente.

En un excelente ensayo sobre Varela, Rossella Di Paolo recuerda a Sartre hablando de la obra escultórica de Giacometti y rescata aquella frase genial con la que el francés intenta definir la parquedad formal del artista: "Los cuerpos de Giacometti no tienen más materia que la estrictamente necesaria para prometer". Rossella Di Paolo emparenta las brevedades de Giacometti y Varela y, como casi siempre, acierta.

Tuve la impresión de unas rocas lanzadas desde el infierno de la magma apenas leí a Blanca Varela. Siempre supuse que su tarea era la de adelgazar su sufrimiento y castigar su escritura hasta hacerla borrosa y sugerente.

En el país de los excesos, Varela eludía las facilidades del idioma y hasta su respiración. Parecía decirnos muy poco y aun tapándose la boca. La verdad es que decía mucho callándose el tundete.

No se oye bien a Varela, que huye de las sinfonías y que apela a chirridos y disonancias. Pero en el fondo de ese estanque sucio brilla algo vivo que no quiere presentarse con una forma definida y que es, en suma, una vibración, una intuición, casi una amenaza de sentido.

Venida del surrealismo sin aceptarlo del todo, Varela goteaba lo que escribía y escondía muchas cosas y rompía muchas otras. No puedo jurarlo pero algo me dice que hacía pedazos el papel que albergase un poema que no viniese de la materia oscura.

Al fin y al cabo, estamos rodeados de materia oscura. Y esta verdad estelar estaba de algún modo en la poesía de Varela. Ella era un observatorio que declaraba la imposibilidad de descifrar el universo. Había una especie de placer en ese reconocimiento, un modo honesto de ser un ser humano despojado de sus peores arrogancias. El goce de la sabiduría destituido por el goce de la insuficiencia.

En el testimonio de la venezolana Yolanda Pantin (1996) se cita a Blanca Varela diciendo "me da miedo caer en una retórica del horror". Lo que no hizo jamás fue caer en el horror de la retórica. La Pantin, que grabó largas horas de conversación durante una permanencia de Varela en Caracas, recuerda que la poeta nacida en Supe declaró su admiración por Francis Bacon y "esas figuras borradas". Esa afinidad está retratada en un solo verso que es toda una doctrina vareliana: "De lo inexacto me alimento/ y toda el agua de los cielos es incapaz de lavar/ esta ínfima y rebelde herida de tiempo que soy...".

Ayer, esa herida ha terminado de cerrarse. Para nuestro pesar.







César Hildebrandt, "El puerto de la muerte".
En: La Primera (Lima - Perú), 13.03.09
Imágenes: abc.es, bnp.gob.pe, juntos1201.spaces.live.com

jueves, 19 de marzo de 2009

El verdadero Shakespeare

Un grupo de críticos literarios ingleses recordó el aniversario de la muerte del Conde de Oxford, al que consideran el autor original de "Romeo y Julieta", "Hamlet" o "Macbeth".



Su verdadero nombre era Edward De Vere, conde de Oxford. Cuatrocientos años después de su muerte, una sociedad literaria que lleva su nombre afirmó en un comunicado que este casi desconocido autor inglés sería el hasta ahora no identificado genio que escribiera los geniales dramas y poemas bajo el nombre de "William Shakespeare".
"Es hora de reconocer que 'Shakespeare' era un seudónimo del verdadero genio literario", comentó un portavoz de la asociación, quien fundamentó que De Vere tenía una formación mucho más profunda, más viajes y mejores relaciones con la corte inglesa que el Shakespeare histórico, que murió en 1616 en Stratford upon Avon. Eso haría, según argumentan los expertos, que De Vere sea mucho más creíble como el autor de las geniales obras teatrales del teatro isabelino.

A pesar de que todo esto suena a superchería, los miembros de esta asociación no estarían tan despistados. Historiadores británicos coinciden que Shakespeare no fue sino un actor ignorante y de tercera, comerciante en granos y mercader de espectáculos teatrales de Stratford, cuyo nombre fue usado como seudónimo por el mencionado Conde de Oxford. En medio de la polémica identificación, los especialistas concuerdan en que el autor de "Hamlet" no pudo ser otro que un miembro de la nobleza, por el conocimiento tan preciso del mundo de la Corte que hay en sus obras, el mismo que no pudo haber obtenido un simple actor y empresario teatral de ascendencia campesina como Will Shakespeare, el personaje nacido en Stratford en 1564 y que, según los rastros de su vida conocidos, su testamento y muestras de su caligrafía y ortografía, fue todo menos un escritor, hasta el punto de que con su muerte en Londres en 1616 no aparece asociado ningún homenaje, como si sus contemporáneos no hubieran tenido noticias de sus obras y de su grandeza.


La hipótesis del seudónimo se explica porque en esa época el teatro era una actividad considerada de baja cultura, cosas del populacho que eran muy mal vistas por la Corona, y los hombres de la realeza no podían dar a conocer sus obras so pena de caer en desgracia y exponer a sus familias. El teatro isabelino estaba confinado a los sitios más tenebrosos de Londres, en donde, durante siete años tales obras shakesperianas fueron representadas sin su autoría, a nombre de la compañía teatral "Hombres del Rey", de la cual el actor Shakespeare era miembro y promotor.



El Comercio (Lima-Perú), 27.06.04
Imágenes: humphrysfamilytree.com,wilsonalmanac.com

jueves, 12 de marzo de 2009


El sí de las mujeres

En pleno siglo XXI, "era del conocimiento y de la igualdad de oportunidades", el Día Internacional de la Mujer cobra un significado especial: ella es, al igual que el varón, un ser humano con derechos, deberes, capacidades, intereses, etc. A pesar de los más de 100 años de lucha por el reconocimiento de los derechos de la mujer, en nuestra sociedad todavía persiste la iniquidad y los prejuicios hacia ella. Ejemplo de esto son la prostitución (ahora eufemísticamente llamado "trabajo sexual"), las inequidades de sueldo con los varones que cumplen la misma función que ellas, el uso de la mujer en los medios de comunicación como objeto sexual, el acoso sexual en las oficinas, etc. Y estos prejuicios no solo son alimentados por los varones, sino también por aquellas que dicen defender a la mujer, pero lo hacen contraponiéndola absurdamente con el varón, proclamando deshacerse de él y usándolo solo como "reproductor". Un mundo nuevo será aquel donde mujer y varón, en igualdad de condiciones, se complementen y puedan aportar productivamente al beneficio de su sociedad.



Hace casi cien años, en 1910, en Copenhague, Dinamarca, el Segundo Congreso Internacional de Mujeres Socialistas decidió llamar a celebrar el 8 de marzo de cada año el "Día Internacional de la Mujer".

El acuerdo, consagrado hoy a escala mundial, fue propuesto por las grandes revolucionarias alemanas Clara Zetkin y Käte Duncker. La idea acogía el proyecto de las socialistas estadounidenses, que querían homenajear a las 189 obreras asesinadas -sí, asesinadas- por el dueño de la fábrica textil Sirtwood Cotton de Nueva York.



Esas trabajadoras, que luchaban por aumento salarial y reducción de la jornada de trabajo a diez horas, murieron carbonizadas en el interior de la fábrica a causa de un incendio provocado por el patrón.
En todo caso, el acuerdo de Copenhague abrió una etapa en la lucha por los derechos de la mujer, como parte de la lucha del género humano por un mundo justo. La resolución explicaba que la agitación por los derechos femeninos debería servir para la lucha por la paz, la democracia y el socialismo.



Como se sabe, la sociedad patriarcal y la propia Iglesia Católica daban por supuesta la inferioridad de la mujer. Esa tradición fue rota por algunas mujeres -y también por algunos hombres-. Notable es el caso de la francesa Marie Gouze Aubry. Apenas se había secado la tinta de la Declaracion de los Derechos del Hombre y el Ciudadano (agosto 1789), cuando ella pidió, en 1791, que la Asamblea Nacional de Francia aprobara su propuesta de Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. No le hicieron caso, por supuesto. Pero las ideas que estampó en su proyecto eran una bomba de tiempo, que estalla ahora en el siglo XXI.

Proponía en el artículo primero: "La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Las distinciones sociales solo pueden basarse en la utilidad común". Y en el artículo 2: "El objeto de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales imprescriptibles de la Mujer y el Hombre. Estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión". ¡Vaya mujer osada, lúcida y visionaria!




Mucha agua ha pasado desde entonces bajo los puentes de París. Pero la propuesta conserva actualidad y exige acción enérgica. Aquello de a igual trabajo, igual salario, se incumple hasta en los países avanzados.

Ha aumentado en el Perú el porcentaje de mujers con instrucción superior, pero el analfabetismo castiga más a ellas que a ellos. La violencia familiar, el acoso sexual, los abusos patronales, los despidos, el desamparo de la madre y el niño, son plagas sociales que nos sobrecogen en cada calle. A pesar de eso, las mujeres luchan, trabajan, estudian, avanzan. Ellas nos enseñan que otro mundo, otra vida, sí es posible.




César Lévano, La Primera (Lima-Perú), 08.03.09
Imágenes: apcarguedas.blogspot.com

viernes, 6 de marzo de 2009


Alejandro Romualdo (IV)

Reproducimos la columna editorial que dedicó el periodista César Lévano al fallecimiento de Alejandro Romualdo (La Primera, 29.05.09).


La estremecedora soledad en que ha muerto Alejandro Romualdo Valle me suscita meditaciones sobre la relación entre la sociedad peruana y la cultura, y, sobre todo, entre el Estado y la cultura.

Porque el extraordinario poeta recién fallecido es en ese aspecto solo un caso. No puedo olvidar que Juan Gonzalo Rose, otro gran poeta, de la misma generación de Valle, fue despedido del Instituto Nacional de Cultura, donde ganaba un sueldo inferior al de los dignísimos choferes. El poeta tuvo entonces que vivir de las propinas que le allegaba su madre. En ese momento empezó la depresión final de Rose.

"Si César Vallejo hubiera vuelto al Perú, lo habrían matado, como a Javier Heraud", me dijo cierta vez Georgette, la viuda del cholo.

En la Revista Sí publiqué el testimonio de un comunista español que en una carta narraba cómo Vallejo se moría literalmente de hambre en París. Había días en que no salía de su casa para no gastar la suela de sus zapatos.

¿Y acaso Carlos Oquendo de Amat no tuvo que huir constantemente de la represión y vivir de los almuerzos que le obsequiaban los trabajadores del Mercado Central?

¿Y no me contó el mismísimo Jorge Basadre que estaba sometido a tratamiento ambulatorio (de una grave enfermedad que lo llevó a la tumba) porque no tenía dinero para internarse en una clínica?

El editor y librero Juan Mejía Baca me relató que cierta vez explicó a Basadre que estaba buscando en la Historia de la República cuál era el gobierno que más había favorecido a la cultura. "¡No siga", le replicó el historiador. "¡Ninguno!".

Claro que hay "liberales" que creen que es mejor así, porque, en caso contrario, el Estado coartaría la libertad de artistas e intelectuales.

Pero hay, sin duda, un terreno intermedio en el cual el Estado sí puede ayudar a la cultura. Por ejemplo, mediante premios anuales (que antes existían), becas en el exterior, ediciones, fondos para producciones de filmes o investigaciones científicas, pensiones por una larga vida creadora y fructífera. ¿Por qué no se pudo ayudar así, no como un favor, sino como un deber cumplido sin estrépito, a Romualdo?

Anna Seghers, la gran novelista y ensayista alemana, reflexiona en su libro Glauben an Irdische (= Fe en lo terreno) sobre los fermentos de barbarie que atormentaron a los escritores alemanes antes del siglo XX. "Hölderlin murió loco, Georg Büchner murió de enfermedad cerebral en el exilio, Karoline Günderode se suicidó, Kleist se suicidó... Eso, mientras en Francia transcurría el tiempo de Stendhal y luego de Balzac". Del Stendhal enamoradizo y el gozoso Balzac.

La cultura no es un lujo inútil, señor Gobierno. Puede ser un buen negocio. Lo demuestra Colombia con su florenciente industria editorial; Colombia, que hace treinta años producía menos libros que el Perú.



De "Poesía concreta" (1952)


A otra cosa

Basta ya de agonía. No me importa
la soledad, la angustia ni la nada.
Estoy harto de escombros y de sombras.
Quiero salir al sol. Verle la cara.

al mundo. Y a la vida que me toca,
quiero salir, al son de una campana
que eche a volar olivos y palomas.
Y ponerme, después, a ver qué pasa

con tanto amor. Abrir una alborada
de paz, en paz con todos los mortales.
Y penetre el amor en las entrañas
del mundo. Y hágase la luz a mares.

Déjense de sollozos y peleen
para que los señores sean hombres.
Tuérzanle el llanto a la melancolía.
Llamen siempre a las cosas por sus nombres.

Avívense la vida. Dense prisa.
Esta es la realidad. Y esta es la hora
de acabar de llorar mustios collados,
campos de soledad. ¡A otra cosa!

Basta ya de gemidos. No me importa
la soledad de nadie. Tengo ganas
de ir por el sol. Y al aire de este mundo
abrir, de paz en paz, una esperanza.



Así es

Lucha el instinto hasta la perfección.
Lucha la tentación hasta el pecado.
Lucha el espacio hasta la concreción.
Lucha la tierra hasta el acantilado.

Lucha la ley hasta la selección.
Lucha la penitencia hasta el morado.
Lucha la y hasta la conexión.
Lucha el amor hasta el enamorado.

Lucha el sonido hasta la melodía.
Lucha el estímulo hasta el elemento.
Lucha el engaño hasta la fantasía.

Lucha la lógica hasta el pensamiento.
Lucha el oxígeno hasta la agonía.
Lucha el cadáver hasta el sedimento.

Lucha el metal hasta la resistencia.
Lucha el derecho hasta la antigüedad.
Lucha la libertá hasta la conciencia.
Lucha la masa hasta la libertad.

Lucha el espíritu hasta la existencia.
Lucha la carne hasta la humanidad.
Lucha la idea hasta la consecuencia.
Lucha el deseo hasta la realidad.

Lucha el trabajo hasta la condición.
Lucha la magnitud hasta la horma.
Lucha el amor hasta la concepción.

Lucha la concepción hasta la forma.
Lucha la forma hasta la creación.
Lucha la creación hasa la norma.

Lucha la piedra hasta la transparencia.
Lucha la sombra hasta la claridad.
Lucha la nube hasta la consistencia.
Lucha el instante hasta la eternidad.

Lucha la flor hasta la inflorescencia.
Lucha el azar hasta la actualidad.
Lucha el propósito hasta la experiencia.
Lucha el guarismo hasta la cantidad.

Lucha la decadencia hasta la rosa.
Lucha el proyecto hasta la arquitectura.
Lucha el gusano hasta la mariposa.

Lucha el adiós hasta la despedida.
Lucha el dolor hasta la criatura.
Lucha la nada hasta la propia vida.



Palabra de hombre

Continuamente, pero
continuamente,
me pongo a creer en un gran pueblo
todopoderoso,
creador del cielo aquí en la tierra.
Y me dan ganas de salir gritando
por todas partes. Y por todo el mundo.

Creo en sus hombres libres, en sus sombras
llenas de sol, y en su único
sitio: nuestro dolor de parias humanísimos.
Lo creo firmemente. Totalmente
creo de buena fe. Creo y doy fe
de vida. Como el sol. Y espero.

En tanto, espero. Victoriosamente.
En tanto, creo. Ciegamente
creo en un día todo luminoso
y en él un sueño tal,
que halle en la piedra su vital apoyo.

Parado sobre escombros, ya lo veo.
Y sí lo creo. Salgo gritando a rayos
y centellas. Con toda el alma
grita el alma mía:
¡Creo en un pueblo
dulce y victorioso, constructor
de tu sueño y de mi sueño!

Continuamente,
pero heroicamente,
ya lo veo crecer. ¡Lo estamos viendo!



Los pobres también tienen sus castillos

También tienen los pobres sus castillos
en el hambre. Y levantan, claman, llaman.
Matan el tiempo con su vida. Muerden
manzanas con los ojos. También alzan

-a pura tumba- cruces contra el cielo.
Cierran los besos para siempre. Miran
con años de deseo. Avanzan, cuerpo
a tumba, con la muerte.

También tienen los pobres sus castillos
en la esperanza.
Los pobres ya no tienen qué ponerse
a vivir,
ni en qué valor caerse.
Hablan cómo les vienen las desgracias.

Dadles la luz. Y el pan de cada instante.
Porque de ellos es el reino vivo
de la tierra. Y el fruto de su vientre.



Perú en alto

Según mi modo de sentir el fuego,
soy del amor: sencillamente ardiendo.
Según mi modo de sufrir el mundo,
soy del Perú, sencillamente siendo.

Tierra del sol, marcada al negro vivo,
llorando sangre por los poros, sombra
a media luz del bien, a media noche
del día por venir. Yo estoy contigo.

Golpe, furia, Perú: ¡todo es lo mismo!
Saber, a ciencia incierta, lo que somos,
buscando, a media luz, otro destino,
con todo el cielo encima de los hombros.

Por eso quiero alzarte, recibirte
con los besos abiertos,
junto a la luz,
ardiendo de alegría.



Así estamos (1954)

No puede ser verdad lo que estoy viendo
con estos golpes, en la tierra mía.
No puede ser verdad lo que estoy siendo,
lo que seré, viviendo a la deriva.

Porque aquí estamos unos contra otros,
unos con otros. Vamos a la buena
de Dios. Como botellas o rastrojos
que arroja el mar. Al margen de la ley

vamos andando -¿a dónde? ¿a qué?- nos damos
unos con otros, unos contra otros,
a la mala de Dios. Y naufragamos
al margen de la luz. Hablo por todos,

estriada patria sin estrellas, tierra
estrellada. Y arriada por los sueños.
No puede ser verdad tanto rastrojo
al margen del amor. Pero lo vemos.

¡Ay tierra mía, cielo por los suelos!
Lo que serás seré junto contigo.
No puede ser posible. Esto se acaba.
No puede ser verdad. Pero hay testigos.




Imágenes: hablasonialuz.wordpress.com, latercera.cl,




lunes, 2 de marzo de 2009


¿Hay algo más razonable que un diccionario?

Un diccionario informa; y si nos molestamos en leerlo (y no solamente en consultarlo), también enseña, forma; sin largos discursos, sin vana retórica, distribuye el saber discretamente, democráticamente, a todo el que lo solicita. Y es que este objeto pesado -y hasta simplista, si consideramos la maraña de hechos, nociones y sustancias que componen el mundo- arrastra sin decirlo (pues no hay nada menos charlatán que un diccionario) los problemas más graves, los más candentes, y aun los más vertiginosos que haya conocido y debatido el espíritu humano.



El primero de todos atañe a la infinitud de las palabras de una lengua. Nadie sabe cuántas son las palabras que la forman. La lengua cambia minuto a minuto, sitio a sitio, al aire de las palabras inumerables que pronunciamos; a veces un vocablo nuevo (y ni siquiera: un simple balbuceo) se extiende, se propaga, "agarra", se deja capturar y verter en el diccionario (del que quizá, también, saldrá muy pronto). El diccionario lucha incansablemente contra el tiempo y el espacio (social, regional, cultural), pero es derrotado siempre, la vida es siempre más ancha, más rápida, la vida la desborda, no el lenguaje, pero sí sus códigos. Por eso hacen falta continuamente nuevos diccionarios. Por eso también, con cada diccionario, se ha de volver a una determinada idea de lo esencial: puesto que el número de las palabras es inasequible, hemos de decidir un enfoque (de materias o de público) que nos libere de la angustia de la infinitud y nos entregue un diccionario acabado, selecto: ¡qué seguridad poderlo manejar! Pero no nos engañemos: no es más que la delgada punta emergida del iceberg. Pero al menos, sabiéndolo, habremos entrevisto a través de este objeto, que para muchos no es más que un simple instrumento de verificación, el enigma fundamental del universo: su infinitud.



Y ahora, un segundo vértigo. Reunimos palabras, las definimos: tenemos un diccionario. Reunimos cosas (nombradas, por cierto), las describimos: tenemos una enciclopedia. A veces, como aquí, se casan las dos operaciones. Se crea un diccionario de palabras y de cosas, un diccionario enciclopédico. Y aun cuando la complementariedad de ambas funciones -una normativa (establecer el uso de las palabras), otra objetiva (describir las particularidades de las cosas)- haya sido sentida entre nosotros desde el siglo XVII, creo que los diccionarios enciclopédicos son numerosos. Lo que no deja de ser paradójico; pues de hecho -y aquí surge un enorme debate filosófico- toda palabra llama a una cosa, o a una nebulosa de cosas, pero ninguna cosa puede existir humanamente si no es adoptada, consagrada, asumida por una palabra. ¿Que las palabras conducen a las cosas? Sí, pero también y simultáneamente, a otras palabras. La separación entre palabras y cosas, como dos órdenes distintos y jerarquizados, es, pues, un fenómeno ideológico, como ha demostrado M. Foucault. Esta separación implica plegarse a una filosofía realista, que postula la cosa en sí, fuera del sujeto que la habla, y convierte la palabra en mero instrumento de comunicación: visión a la que se oponía en la Edad Media una tradición nominalista, vencida, como se sabe, por el espíritu moderno. Desde la victoria del realismo creemos que, por un lado, se habla, por otro lado, se fabrica: que por un lado se discurre, se embellece, se idealiza: mientras que por otro se construye, se produce, se vende, se apropia: de un lado el arte (las palabras), del otro la ciencia (los hechos). El diccionario, que históricamente es producto de la razón burguesa, la hace vacilar ni bien se observa: pues para describir una cosa, para pasar de la palabra a la cosa, hacen falta más palabras, y así hasta el infinito. Y si no, veamos: ¿qué es el "rostro"? Una parte del "cráneo". Pero, ¿qué es una "parte", un "cráneo"? ¿Qué justifica el detenerse aquí más bien que allá? ¿Dónde terminan las palabras? ¿Qué hay más allá? El lenguaje no es solamente el privilegio del hombre, es también su cárcel. Eso es lo que nos recuerda el diccionario.



Por último, la sorpresa final de este objeto con fama de serio: el diccionario desborda su propia instrumentalidad. Creemos que es una herramienta indispensable para el conocimiento, es verdad; pero es también una máquina de sueños, va como engendrándose a sí mismo, de palabra en palabra, y acaba por confundirse con el poderío de la imaginación. Una página de diccionario, o varias páginas, si lo hojeamos (que es la tentación más frecuente), hacen desfilar ante el espíritu, o ante los ojos, si está ilustrado, los grandes objetos conductores de sueños: los continentes, las épocas, los hombres, los utensilios, todos los accidentes de la Naturaleza y de la Sociedad. Valiosa paradoja: el diccionario, a la vez se aclimata, exilia, hace divagar: afianza el saber y desmantela la imaginación. Cada palabra es como un navío: parece al principio cerrado en sí mismo, perfectamente compacto en el rigor de su armadura; pero se convierte fácilmente en viaje, se evade hacia otras palabras, otras imágenes, otros deseos: y es que el diccionario está dotado de una función poética. Mallarmé le atribuía un refinado poder de creación. La imaginación poética es siempre exacta, y es la precisión del diccionario lo que hace gozar a sus mejores lectores, los poetas y los niños.



A estas funciones filosóficas y poéticas, hay que añadir el papel destacado que el diccionario desempeña en una sociedad históricamente definida, como son las nuestras. Bajo formas diversas, el diccionario siempre ha estado metido en Francia en los grandes combates de las ideas. Nacido en el siglo XVI, es decir, en la aurora de los tiempos modernos, ha acompañado de manera dinámica, y a veces militante, la conquista de un espíritu de objetividad, y, por lo mismo, de tolerancia; mediador de un saber accesible a todos, ha contribuido a la constitución de un ejercicio democrático del conocimiento. Hoy, sin embargo, se plantea un problema nuevo. La difusión del saber ya no depende únicamente de los libros (y por tanto de los diccionarios), sino también (¿sobre todo?) de lo que llaman los mass-media; y como esta difusión es masiva, lábil y desenfocada (puesto que queda confiada a la palabra, y no a la escritura), el saber adquiere una especie de falsa naturalidad: se escucha (más de lo que se habla), se absorbe, se resbala de aproximación en aproximación sin jamás comprobar nada; las palabras se convierten en mitos inconscientes y se ponen al servicio de ese poder blando (casi anónimo) que hoy ostentan la prensa, la radio, la televisión: se nos habla más y más, y hablamos cada vez peor.



El diccionario nos llama al orden. Nos dice que no hay verdadera comunicación, que no existe un diálogo leal, si no es mediante un uso riguroso de las sutilezas de la lengua. Oigo a veces acusar a algún autor de escribir "en difícil"; me dan ganas de contestar, como Valéry: "¿es que usted es de esas gentes para las que el diccionario no existe?". El diccionario nos recuerda que la lengua no existe de una vez por todas y de manera innata; que nadie tiene por sí solo la norma de lo claro; que la buena comunicación no puede ser fruto de la pereza del lenguaje; en suma, que todos nos vemos obligados a luchar con el lenguaje, que se trata de una lucha interminable, que hacen falta armas (como el diccionario): tan vasto, poderoso y tortuoso es el lenguaje. La existencia obstinada y renovada de diccionarios, los cuidados que se ponen en concebirlos y en realizarlos, todo nos indica que hay en ellos como un voto, un deseo social: que si los conflictos humanos son inevitables (como dicen), por lo menos que no sea jamás por culpa de malentendidos sobre palabras. Las palabras no son verdaderas ni falsas, por desgracia; el lenguaje no tiene la facultad de probarse a sí mismo; pero pueden ser justas: y a esa música de las relaciones del lenguaje es a la que nos invita un buen diccionario.



Roland Barthes
Imágenes: internetculturale.it, unoesowordpress.com, pablobpando.com

lunes, 23 de febrero de 2009

Alejandro Romualdo (III)

A fines de mayo del 2008, Alejandro Romualdo fue hallado muerto en su casa de San Isidro (Lima-Perú). Autoridades, burócratas y escritores del establishment se apuraron a rendirle homenajes póstumos, después de que en vida se le mezquinó el merecido lugar que ocupa entre los grandes de la poesía peruana y se le negó una pensión para su vejez. Reproducimos el artículo que César Hildebrandt dedicó a Romualdo en el 2007 y que reprodujo en el diario La Primera (Lima) un día después del fallecimiento del poeta.




Alejandro Romualdo Valle tiene 81 años y jamás le ha pedido nada a nadie. Ni siquiera pidió recibir el Premio Nacional de Poesía en 1949.

Tampoco pidió ser considerado en México uno de los poetas más importantes de América Latina.

Ni ha nacido de él o de su entorno provocar esa admiración militante que muchos sentimos por lo que escribió de puro amor y rabia. Su Canto Coral a Tupac Amaru, por ejemplo, que algunos recitan en formato mutilado y sin citar al autor.

Romualdo no da entrevistas, no aparece en el vano oficio de la televisión alanista ni llama a los jefes de las secciones culturales para que lo nombren o comenten "Ni pan ni circo", su reaparición en las letras tras muchísimos años de silencio.

Romualdo, en suma, es un hombre que carece de "inteligencia social", ese invento que hoy nombra a la astucia para crear alianzas y que, en el caso de la literatura, apunta más bien al oportunismo rastrero y el padrinazgo con sucursal en Barcelona.

Chuncho, cuántas veces asqueado, recluido en la discreción -de la que fue raptado hace meses para un incomodísimo homenaje-, Romualdo es un poeta que sobrevivirá al juicio del tiempo y a la tacañería de sus contemporáneos. Porque buena parte de su poesía viene de la luz y es poderosa por lo que dice y sabia y original en las maneras. Y porque Romualdo mismo, como poeta y como persona, pertenece, como Lévano, a ese hemisferio decente y despoblado que está lejos de la sociedad del bombo mutuo, la antología por canje y la reseña de antemano.

Por esa y por otras razones Romualdo es, en muchos sentidos, un olvidado más. Y, colateralmente, y aunque sea temerario decirlo, una maltratado social más, una víctima de ese Estado que es filantrópico con las mineras y manirroto con los sinvergüenzas pero remoto y mudo con sus mayores y mejores. Por eso algunos están pidiendo -y quien escribe esto, modestamente, se suma- una pensión especial para quien no la solicita pero sí la merece y quizás hasta la necesite, una diminuta cuota de generosidad para un hombre que solo ha escrito, dibujado y pintado lo que le fue dictado por los forros, un hombre sin marketing ni agentes ni agenda social ni arreos de bandera. Un hombre que Lima no pudo planchar ni almidonar (ni perdonar).

Romualdo, como Gabriel Celaya en España, habló del mundo mal hecho y remediable y también de las cosas que no habría que cambiar jamás: el amor como locura, la memoria selectiva de la infancia, la ironía como arma del tiempo.

Fue Romualdo quien escribió este cuarteto que murmuro con mucha frecuencia para evitar la locura: ¡Ay tierra mía, cielo por los suelos!/ Lo que serás seré junto contigo./ No puede ser posible. Esto se acaba./ No puede ser verdad. Pero hay testigos./

Y salió del talento de Alejandro Romualdo Valle esta feroz e incontestable pregunta que hoy nos puede parecer tan pertinente: ¿Quién nos ha dado -mano despiadada/ en el juego material de nuestra vida-/ para ganar la Última Partida/ una espada sin filo y oxidada?/.

Tenía yo diecinueve años cuando salió la primera edición de "Como Dios manda". Han pasado los años pareciéndose y, sin embargo, no he podido olvidar la emoción (todavía vigente) de leer poemas como Puño y letra: "Pon la letra en el puño: Escribe, escribe, escribe,/ contra viento y marea, a contrasombra,/ contra toda esa horrible mascarada/ que cruza diariamente nuestros ojos..."

Han pasado los años y se han caído los muros y los ídolos, pero Romualdo no ha tenido que eviscerarse ni desmantelarse para seguir viviendo y escribiendo. Porque una cosa es actualizarse y otra, muy otra, venderse como un TLC.



A continuación, una selección de poemas de Alejandro Romualdo...

De "Mar de fondo" (1951)


Sagrada familia

Hermano hueso, hermana carne humana,
vamos cediendo de hora en hora. Vamos
hasta dar en el clavo. Y nos clavamos
una muerte carnívora y fulana.

Hueso, mi hermano. Carne humana, hermana.
Parientes perros. Familiares gamos.
Estamos hartos de correr. Ya estamos
ceros de todo y miles de singana.

Bestias a la redonda y a la larga.
Espaldas rotas. Lomos de tristeza.
Huesos que son una pesada carga.

Aquí me quedo. Aquí me planto. Pesa
mucho este siglo. Y con su lengua amarga
me lame del amor a la tristeza.



Metamorfosis

El toro en buey. El buey en instrumento.
El dios en cisne. El cisne en energía.
El río en mar. El mar en joyería.
En lamento el dolor. La voz en viento.

La muerte en fuego. El fuego en nacimiento.
El hombre en dios. El dios en agonía.
El llanto en pan. El pan en alegría.
El vino en agua. El agua en alimento.

Verás sobre la tierra o sobre el cielo,
romper con alas duras el macizo
aire de amor que Amor hizo a tu vuelo.

La misma voz que ordena, desordena.
El mismo amor que te hizo, te deshizo.
Y el hombre es lucha. Y en la lucha pena.



Tierra de nadie

Ni más muerte tu vida arrebatada.
Ni más fría tu luz ni más ardiente.
Ni más triste tu ser ni más sonriente.
Ni más metal tu penetrante espada.

Ni más fuerte tu voz ni más callada.
Ni más cristal tu río ni más fuente.
Ni más dulce tu estar ni más doliente.
Ni más fuego tu llama. Ni más nada.

Equilibrado ya y equidistante
(ni la sangre más fénix redivivo
ni el corazón más golpe sollozante)

muerto vital. ¡impávido te vivo!
No puede ser más rígido tu instante
ni más libre tu amor ni más cautivo.






Imágenes: alvarofelipe.wordpress.com, notasmoleskine.blogspot.com, generacion-cochebomba.blogspot.com

miércoles, 11 de febrero de 2009

La sonrisa de Maquiavelo (I)

Según la Real Academia Española de la Lengua, la persona "maquiavélica" es aquella que "actúa con astucia y doblez". Esta palabra deriva del apellido del florentino Nicolás Maquiavelo, autor de "El príncipe", texto considerado como la biblia del arte de gobernar y mandar, y que ha sido objeto de múltiples distorsiones (especialmente en la parte referida a "es mejor ser temido que amado"). Inclusive, en la actualidad se le usa en el ámbito empresarial para justificar una conducta inescrupulosa y calculadora en los negocios. Pero nada de esto es cierto, Nicolás Maquiavelo fue un adelantado a su época: proveniente de la pequeña burguesía, gracias a su talento pudo ascender hasta el cargo de ministro plenipotenciario. Príncipes, papas, ministros y demás gente poderosa reconocieron, no sin envidia, sus dotes para la diplomacia y la estrategia. En esta primera entrega presentamos extractos de la biografía de Maquiavelo escrita por Viroli, donde nos muestra a un hombre totalmente diferente a la imagen que ha llegado hasta hoy.




"... todas las cualidades de Maquiavelo: burlón, irreverente, dotado de una sutilísima inteligencia; poco preocupado por el alma, la vida eterna y el pecado; fascinado por las cosas y hombre dotados de grandeza".

"Bernardo no había podido darle riquezas ni poder, pero su hijo sintió cariño por él, y más aún, acaso precisamente por eso, experimentaba hacia él un sentimiento particularmente dulce, libre de la obsecuencia y del miedo que a menudo inspiran los padres poderosos".

"Bajo la guía de sus maestros antiguos y modernos, Maquiavelo se forjó un concepto de la vida enteramente personal, hecho de generosidad y de amor por las cosas grandes, pasiones intensas, respeto hacia la fragilidad de la vida, admiración por la belleza, alimentada sin embargo por un profundo sentimiento de la dureza de la vida y de la maldad humana".

"Tenía ideas que lo hacían parecer un profeta... Justamente por eso había de guardarse de las hostilidades de muchos que no son sabios, sino malvados, ambiciosos e ingratos".

"Una persona que obra bien, que sirve al interés público con absoluta dedicación y honradez, que se esfuerza por entender las causas de los males que afligen a su patria y señalar las soluciones necesarias, debería ser estimada y admirada por sus conciudadanos. Pero dado que los hombre son, en su mayor parte, envidiosos y mezquinos, casi siempre ocurre lo contrario; cuanto más actúa una persona para el bien común, con rectitud e inteligencia, más la miran los otros con desconfianza y rencor, y se afanan por hacerle daño y por impedirle proseguir su obra. Los honores y el éxito, en cambio, corresponden a quien sabe adular, lisonjear y servir a los poderosos".

"... Maquiavelo era incapaz de rogar y agradecer para obtener aquello que le correspondía por derecho y por mérito".

"A pesar de haber manejado tanto dinero, había servido a la República con una honradez impecable".

"Maquiavelo jamás ha enseñado que el fin justifica los medios o que para el político es lícito aquello que para los demás está prohibido: ha enseñado que quien se propone realizar una gran finalidad (...) no debe temer que se lo considere cruel o avaro sino saber llevar a cabo lo necesario para la obra. Así son los grandes, así quería que fuese un príncipe nuevo".

"Del 'vivir libre', como a Maquiavelo le gusta llamar a las repúblicas (...), nacen innumerables bienes: los pueblos crecen porque los ciudadanos traen de buena gana hijos al mundo, dado que confían en poder mantenerlos y saben que 'nacen libres y no esclavos', y que si son buenos ciudadanos y se distinguen por sus virtudes, podrán ser elegidos para los más altos cargos de la República".

"... para Maquiavelo es mucho más seguro confiar la defensa de la libertad al pueblo antes que a la nobleza, porque los nobles desean dominar, en tanto que el pueblo solo quiere 'no ser dominado' y, por tanto, 'vivir en libertad' ".

"... son 'infames y detestables', había escrito en una espléndida página de los Discursos, los hombres 'enemigos de las virtudes, de las letras y de cualquier otro arte que aporte utilidad y honor al género humano, como son los impíos, los violentos, los ignorantes, los pusilánimes, los ociosos y los cobardes".





Imágenes: homobonusperitusdicendi.blogspot.com, ebook2.wordpress.com


Alejandro Romualdo (II)

Continuando con el homenaje a este destacado poeta peruano, reproducimos la reseña aparecida en el periódico Perú21 (Lima, 29.05.2008). Además, incluimos otra breve selección de sus mejores poemas.

Romualdo nació en Trujillo, en 1926, pero su familia se trasladó a Lima cuando él tenía cinco años. Estudió en la Universidad de San Marcos y, en 1949, ganó el Premio Nacional de Poesía por su primer poemario, La torre de los alucinados.

En 1951 viajó a España, donde se relacionó con grandes poetas españoles, como Vicente Alexaindre, Diego Alonso y, sobre todo, Blas de Otero, quienes influyeron en sus versos. Regresó al Perú en 1953 y de 1965 a 1969 vivió en México.

Sus primeros textos tuvieron una fuerte influencia de Rilke y de Eielson. Sin embargo, España lo transformó. Fue una de las cabezas de la llamada "poesía social", que hacía frente a la "poesía pura". Libros como Edición extraordinaria (1958) dan cuenta de este cambio. También ejerció el periodismo y fue un gran caricaturista.

En los 60 y 70, su poesía regresa a sus orígenes: la fuerza de las imágenes y el lirismo, a la vez que plantea sus inquietudes vanguardistas y el ordenamiento "espacial" de los textos (el diseño gráfico como parte del ejercicio poético). Destacan Como Dios manda (1967), Cuarto mundo (1972) y En la extensión de la palabra (1974). Poesía íntegra (1986) reúne su obra poética.

Es famosa la personalidad arisca de Romualdo. Su gran amigo Reynaldo Naranjo nos dice que le dolía el país y su ingratitud. Varios gobiernos le negaron una pensión. "Pero se fue en plena actividad: pintando y escribiendo". Alejandro, no podrán matarlo.



De "Mar de fondo"


Control remoto

Anónimo, social y combativo,
mi tácito antropoide se levanta.
Come conmigo. Fuma. Silba. Canta.
Enamoro con él. Padezco y vivo.


Siempre corrije todo lo que escribo.
Siempre intuye el dolor. Y se agiganta.
Veloz, fuga de mí: se me adelanta.
Brutal, me empuja todo lo lascivo.

Desde su límite animal, suspira.
Desde su límite animal, me mira
el pobre: taciturno, humanizado.

¡Ah, mi civil, angélico antropoide,
paga en metal y cobra en metaloide
su derecho a vivir encarcelado!



Fe de vida

Puedo morir de rabia y de dulzura.
Morir de hueso en hueso hasta el tobillo.
Arrancarme la piel con un cuchillo.
Quemar vivos mis sueños, mi ternura.

Puedo morir de risa, de amargura,
atorado, revuelto y amarillo.
Romper de amor mi hueso, mi estribillo.
Partir en dos mi vértebra más dura.

Puede lograr mi muerte lo que quiero:
hacer que en la extensión que me consigne
pazca y trisque el dulcísimo cordero.

Puedo morir como un violento cisne
de guerra. Proclamado, y prisionero,
una canción vital, un cuello insigne.

Imagen: eltiempo.com.pe

martes, 13 de enero de 2009

La isla de Robinson Crusoe

Como muchas novelas, la de Daniel Defoe se basa en un hecho real: la historia de supervivencia del marino escocés Alexander Selkirk en una isla del Pacífico sur. Pero, como sucede en muchas ocasiones, la ficción supera la realidad y los personajes literarios quedan grabados en la memoria de la gente como si fueran seres de carne y hueso, desplazando al olvido a quienes fueron su fuente de inspiración.


Casi todo el mundo ha leído o, al menos, sabe de la existencia de la novela de Daniel Defoe cuyo título original es Vida y extraordinarias aventuras de Robinson Crusoe, de York, navegante, pero que comúnmente es denominada Robinson Crusoe, a secas. No obstante, poca gente está enterada de la existencia de una isla que lleva el nombre de ese personaje; entre estos pocos, la mayoría la imagina situada en el Mar de las Antillas, que fue el elegido por el novelista inglés como escenario de las principales andanzas de su héroe. Pero sólo una reducida minoría sabe que la isla está ubicada en el Pacífico sur, en jurisdicción chilena, a 600 kilómetros de Valparaíso.

En realidad, desde el mismo comienzo de su historia, ese pequeño territorio insular se halla ligado a un curioso encadenamiento de circunstancias casuales.

Por ejemplo, su descubrimiento (en 1573) fue fortuito. Juan Fernández, navegante español que cubría habitualmente el trayecto de Valparaíso a El Callao, en Perú, zarpó del puerto chileno y una tempestad lo desvió de ruta. Su buenaventura hizo que pudiera salvar las naves al encontrarse con un conjunto de pequeñas islas volcánicas, a cuyas dos mayores denominó "Más a Tierra" y "Más Afuera", tomando como referencia la proximidad o lejanía de la costa.

Algunos historiadores, empero, sostienen que en realidad Juan Fernández intuía la existencia de tierra en las proximidades de Valparaíso debido al peculiar movimiento de las corrientes marinas, y que por lo tanto su descubrimiento no habría sido tan casual. Estas fuentes aseguran, asimismo, que el hecho se produjo en 1572 durante una travesía de El Callao hacia Chile, y que el desvío provocado por la tempestad le permitió -meramente- confirmar sus teorías.

Sea como fuese, lo real es que con relación a esta historia la casualidad aparece una y otra vez.

En 1703 partió de Inglaterra el galeón Cinque Ports, llevando como piloto al escocés Alexander Selkirk; al llegar a Brasil el capitán murió y asumió el mando Thomas Stradling. En un año de navegación surgieron conflictos entre éste y Selkirk, al punto que la convivencia se hizo materialmente imposible. El problema se resolvió al modo de la época: el rebelde piloto fue desembarcado con su escopeta, algunas municiones y pocos víveres en una isla desierta, precisamente la Más a Tierra.
No hubiera resultado sorprendente que el pobre marinero escocés terminara sus días sin pena ni gloria en la desolada isla, pero su obstinada capacidad de supervivencia y el casual recalado de un barco corsario, cuatro años y cuatro meses más tarde, evitaron una muerte que parecía segura. En efecto, en 1709 el navío Duke, al mando de Wooden Rogers, rescató a Selkirk y lo llevó hasta Inglaterra.

Como es imaginable, su experiencia en la lejana isla desierta fue escuchada con asombro y pronto publicada en varias formas. Además de un relato de autor anónimo aparecido en 1710, con éxito notable, la odisea de Selkirk fue recogida en otras dos obras muy populares, ambas en 1712: Navegación alrededor del mundo, testimonio del propio Wooden Rogers, y Viaje al Mar del Sur, del capitán E. Cooke. La amplia difusión que tuvieron estos libros y el paso del tiempo hicieron que hacia 1719 la aventura perdiera casi todo interés; el asunto, en ese sentido, parecía concluido. Pero...

Daniel Defoe, entonces escritor no profesional y escasamente conocido, decidió retomar el tema; su propósito no era solo narrar las aventuras vividas por Alexander Selkirk, sino -como expresamente lo señala en el prefacio- ofrecer una "ejemplarización religiosa". Este enfoque era muy lógico en la perspectiva del autor (puritano, comerciante, agitador político) y estaba presente en obras anteriores, en las que unía consejos prácticos a enseñanzas de tipo moral o religioso, tal el libro en que indicaba cómo actuar en casos de peste bubónica (Diario del año de la peste).

Pero no obstante las modestas intenciones del autor, Robinson Crusoe (nombre que le puso al personaje inspirado por Selkirk) tuvo consecuencias sorprendentes.

Por un lado, el naciente mundo burgués lo tomó como uno de sus pilares literarios, al extremo que Jean-Jacques Rousseau la señaló como la primera de las obras educativas indicadas para la juventud. Por otro lado, incidió decisivamente en la novelística británica con su estilo espontáneo y el total descuido ante las formas.


En su Historia de la literatura inglesa, Hippolyte Taine expresó: "Una sola vez y por acaso, con un soplo de genio, Defoe pudo fundir una gran estatua, figura original y racial, de un tipo aparte, que es el retrato de él mismo y la más viva efigie de su nación". Y Ramón Setantí aseguró en La novela inglesa que Defoe "halló un estilo perfectamente adecuado, claro, preciso, de una vivacidad incomparable, y que dejó de adornar literariamente para destinarlo tan solo a ser -¡pero en qué grado!- un perfecto modo de expresión. En una palabra, halló el estilo definitivo de la gran novela moderna".

Por lo demás, fue gracias a ello que la aventura del escocés Selkirk -pobremente narrada en los relatos anteriores- se hizo célebre en todo el mundo y que una pequeña isla chilena lleva el nombre no de quien protagonizara el hecho real sino del imaginario personaje de su versión literaria.


Beorlegui, Beatriz. "La isla de Robinson Crusoe". En: Revista de geografía universal. Edición peruana. Año 2, vol. 4, Nº 4.

Imágenes: espacioblog.com, islamyal-andalus.org, malvarezonline.com, squidoo.com

sábado, 10 de enero de 2009

Errores cerebrales

En la era informática se ha pretendido asimilar el funcionamiento del cerebro al de la computadora y, en muchas ocasiones, se le ha desmerecido al creerlo tan limitado como ella. En el artículo que leemos a continuación, César Hildebrandt revisa esta clásica comparación y nos muestra que si el cerebro fuera una máquina, sería un producto mal diseñado: irracional, capaz de autodestruirse y de matar por diversión.



El cableado cerebral decide el destino de los humanos y marca la naturaleza de sus relaciones con la gente y las cosas.

¿Cableado? ¿Chicotería? Sí, el cerebro es, fundamentalmente, una organización electroquímica, una planta hemoeléctrica, un sistema que produce respuestas frente a los estímulos y desafíos del exterior.

Esta máquina de extremas complejidades tiene, sin embargo, gruesos errores de diseño. Y hay quienes piensan que buena parte de la sangre derramada a lo largo de la historia procede de esta ingeniería insuficiente.

No estamos hablando de los desperfectos que algunos se empeñaron en llamar psicopatías. Estamos hablando de cerebros que funcionan al ciento por ciento.

Por ejemplo, es una certeza neurológica más o menos aceptada que la percepción del mundo exterior nos ha llegado como un presente griego de la evolución. Lo que quiero decir es que el cerebro envía, por lo general, información insuficiente o desfigurante a las redes que se encargan del descifrado. Y esto conduce a que el objeto exterior sea "leído" incorrectamente. Lo que a su vez lleva implícito el error primordial de la identificación del objeto.

¿Cómo se come este enunciado? Muy simple: "vemos" lo que muchas veces queremos ver. El almacenaje de memorias asociativas, la tendencia del cerebro a economizar energía, nos empujan, por ejemplo, a "leer" en una barba crecida el desaliño, la dejadez y el fracaso que otras barbas crecidas nos pudieron confirmar en el pasado. Pero eso casi no es "ver" sino, más bien, retrotraer.

Blas Lara, catedrático emérito de la Universidad de Lausane, Suiza, apunta que percibir al otro como lo que quizás no es, es una tendencia "de estos estereotipos culturales que son abstracciones almacenadas en el neocórtex como etiquetas simplificadoras".

Las funciones cerebrales tienen algo de reacción en cadena (aunque estas reacciones pueden ser varias a la vez y ocurren en las distintas redes en línea del sistema). Pero si la información primaria viene distorsionada, lo que pasa muchas veces es que las instancias que podrían "corregir" esa percepción errónea -la límbica y la cortical- asumen el error como propio y lo dejan pasar. El paso siguiente es que esos errores producirán, al final, programas de respuesta inadecuados.

Desde ese punto de vista modernamente químico-cerebral, un exceso, verbal o fáctico, es hijo remoto de una información contaminada. Y como acabamos de ver, hasta la memoria puede jugarnos una mala pasada al querer meterse en el presente tiñendo negativamente una experiencia actual que no tendría por qué parecerse a las experiencias guardadas en nuestro disco duro.

Todos los últimos avances en torno a la máquina cerebral parecen coincidir en una verdad que el narcisismo antropocéntrico habrá de admitir aunque mucho le duela: el "autocontrol social" del sistema cerebral humano es frágil y la capacidad de imponer razones y frenos en las barreras límbica y del neocórtex desaparece con mucha más frecuencia y facilidad de lo que imaginábamos. De allí vienen todas las sangres del terrorismo religioso y de Estado y todas las matanzas "doctrinarias" que en el mundo han sido.

En resumen, el cerebro de este "lóbrego mamífero" que somos no es ni de lejos la máquina perfecta que soñó el racionalismo. Si el cerebro humano fuese la maravilla impecable que nos contaron, ¿cómo explicarse el hedonismo de entrega inmediata de la drogadicción se haya convertido en un problema masivo? Si la computadora neuronal tuviese un antivirus enérgico, ordenaría, en ese caso, que el lector de peligros del neocórtex impusiese su punto de vista. Para no hablar de los mares de estupidez que vemos crecer todos los días a nuestro alrededor y que amenazan con inundarlo todo.

Las fallas de fábrica del cerebro humano y la nueva comprensión en relación a sus orígenes nos permiten decir ahora que esta masa grasienta de un kilo cuatrocientos gramos -membranosa, surcada y protegida por la bóveda craneana-, es más una laptop escolar que una IBM de última generación.

Y es por eso que resulta imperativo cargar a esa computadora esencial con muchos programas que mejoren su rendimiento, refinen sus respuestas y creen barreras adicionales para el espía software simiesco que siempre aspira a adueñarse de sus circuitos. Y eso es lo que, en términos simples, se llama educación. Educación y un poquito de tolerancia (que casi son sinónimos).




Hildebrandt, C. Errores cerebrales. En La Primera (Lima-Perú), 09.06.08
Imágenes: cosassencillas.wordpress.com, wikio.es, conexionismo.com, spacemonkey.info

viernes, 2 de enero de 2009


La infinita estupidez humana

Los grandes pensadores de la humanidad siempre se han percatado de la infinita estupidez humana que está detrás de la guerra, los dogmas y la injusticia. Leamos lo que nos dicen y reflexionemos.





"La inhumanidad del hombre hace que el mundo se mantenga de luto". Robert Burns


"Hay hechos que no tienen forma y sufrimientos que no tienen lengua". Percy Shelley


"Es más seguro interesar a los hombres por medio de lo absurdo que por medio de ideas justas". Napoleón Bonaparte


"Ojo por ojo, y el mundo acabará ciego". Mahatma Gandhi


"Lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas e invocar solemnemente a Dios antes de lanzarse a exterminar a su prójimo". Voltaire


Imagen: blog.pucp.edu.pe

Alejandro Romualdo (I)

Alejandro Romualdo (Trujillo, 1926-Lima, 2008) fue escritor, periodista, dibujante y poeta. Aunque menos publicitado, constituye junto con Vallejo, Eielson, Westphalen, Belli y Varela una de las grandes voces de la poesía peruana. Julio Ramón Ribeyro, cuentista peruano, comenta sobre el poemario "Edición Extraordinaria": "... me parece un libro muy interesante. Para apreciarlo es necesario situarse en la perspectiva que ha escogido Romualdo al escribirlo; la de una poesía simple, construida con las palabras de todos los días, y tan despojada de elementos 'literarios' que da la impresión de no ser poesía. El camino seguido por Romualdo no es 'el' camino de la poesía: es solamente 'un' camino. Y uno de los más arriesgados. La democratización de la poesía acarrea, a menudo, su emprobrecimiento. Creo, personalmente, que quedan dos caminos igualmente interesantes, por donde sacar a la poesía de la encrucijada donde actualmente se encuentra: incorporándola al teatro o confundiéndola con la canción. El libro desorienta al lector cultivado, indigna al burgués, saca de sus casillas al exquisito. He allí un mérito enorme que hasta los surrealistas envidiarían".



De "La torre de los alucinados"
(Premio Nacional de Poesía - 1949)


Función de gala

Estoy solo entre cortinas, entre ojos ausentes,
pintado por un niño inocente y sanguinario,
solo, bajo un cielo remendado, soñando en mi gloria.
Mi máscara se enciende a tu paso, a tu recuerdo
mas estoy solo, ahogado en aserrín y música,
solo como un piano en medio del mar.
No hay nadie, nada, ni un silbido en la sala,
ni una palabra en el aire, llamándome.
Un columpio en la brisa puesto para que vuelvas,
un disco diluyendo una antigua melodía que cantábamos,
mas estoy solo, esperando aquella bofetada que adoro,
escuchando los idiomas del aire, apagándome,
brillando, rojo y verde, azul y amarillo, en esta sala
donde no hay nadie, nada, ni un espejo que haga de mí
un damero para que tú juegues o lo destruyas.



Diálogo del cisne y la rosa

En puro dialogar de cisne y rosa
enciendes, amaploa, luz perdida;
conocida y también desconocida
en puro dialogar de cisne y rosa.

Blandamente situada y vagorosa,
el perfil de una luna dolorida;
encontrada y también desvanecida
en puro dialogar de cisne y rosa.

Verde nube de sueño despabila
al conjuro de su voz almibarada
mas la rosa se va tornando lila...

(¡Oh la tarde en su capa colorada
un estoque de luna me perfila
para hundir en mi sueño la estocada!)



Estreno de lujo

Por primera vez he visto, por vez primera mis ojos,
mis manos, mi cuerpo, mil veces brillando, saltando
del mar a la luna, del cielo a la boca del lobo.
Por vez primera mis labios hundiendo sus labios,
su mirada en mis ojos, en mi nariz, en mi ombligo,
como un payaso, brincando de gozo, llorando, riendo,
como un papagayo alocado, cantante y sonante.
Por primera vez soñando, con su cuerpo a solas,
sudando, mirando el reloj, el espejo, escuchando
pisadas, cerrando la puerta con su cuerno de oro.
¡Circo de la tarde, payasos del sol y la luna, payasos
pintados a golpes! ¡Qué gozo! ¡Qué dicha! ¡Qué amarga alegría!
No cortes el hilo, muñeca ambulante, virgen corrompida,
niña de agua gaseosa, no huyas, estropajo de mi ternura.
Mujer que llevas tu vida como una escoba en un dedo,
juguemos de nuevo a los dados, fantasma de sábanas,
juguemos de nuevo, por primera vez he visto tu cuerpo
como ola, moviéndose al hilo del sueño, jadeando y cantando.
Por primera vez he visto, por vez primera mis ojos
cuajados de frío, mis manos chorreando rocío, mis labios
cerrados, en un cajón llorando, mirando un museo marino,
una pista remota de aserrín mojado, por vez primera en el trapecio
nuestra muerte colgada, nuestro amor en un hilo.
Imagen: blogs.elcomercio.com.pe